Economista, Instituto Igualdad
Los sectores de ultraderecha han llevado su empeño a niveles extremos para desmantelar logros de administraciones pasadas, sin ofrecer alternativas viables, salvo la promesa de mayor seguridad a través de medidas represivas y estados de excepción que buscan incluir a las Fuerzas Armadas en asuntos de orden interno. Esto se lograría utilizando recursos presupuestarios que actualmente apoyan programas sociales esenciales, poniendo en riesgo beneficios como la PGU, el salario mínimo, la reducción a 40 horas laborales, y mejores pensiones, entre otros.
Hay indicios de que un posible gobierno de ultraderecha podría intentar implementar decretos de ley sin la intervención del Parlamento. Si cuenta con un Poder Legislativo favorable, estaremos ante un momento crítico, donde una derecha hegemónica podría ejercer un control absoluto, apoyada por poderes fácticos, especialmente del sector empresarial conservador en asuntos sociales y culturales.
Está en juego una visión unidimensional y autoritaria frente a una perspectiva multidimensional que se alinea con la democracia que necesitamos hoy. La resolución de problemas sociales en un mundo diverso requiere diálogo y flexibilidad, condiciones que se ven amenazadas con un gobierno de la extrema derecha, como los que representan Kast y Kaiser.
A corto plazo, debemos prepararnos para enfrentar desafíos que trascienden lo local, con orígenes externos y sistémicos que ningún país, por poderoso que sea, puede resolver solo. Temas como el cambio climático, las migraciones, los conflictos geopolíticos, el armamentismo, el control de la información y el uso de la inteligencia artificial, así como el narcotráfico y la seguridad alimentaria son solo algunos ejemplos.
Abordar estos desafíos requiere que los países coordinen sus esfuerzos y recursos, establezcan normas y las respeten, empatizando con las problemáticas de las naciones más vulnerables y de sus poblaciones. Es fundamental ver el mundo como un sistema integrado e interdependiente, que colabore en la búsqueda del progreso y la paz global.
La ultraderecha en el poder, en varios países, no ha respondido al desafío de la supervivencia del planeta ni a la paz, especialmente las grandes potencias que han ignorado los principios fundamentales de la ONU, los cuales podrían ayudar a resolver conflictos y problemas críticos que enfrenta el mundo.
Hoy, la derecha está liderada por sectores regresivos que creen que la solución a los problemas es retroceder en la historia, reconstruir imperios a través de la fuerza, con un dominio sobre armas nucleares y un control de la información y el conocimiento a través de la inteligencia artificial, que podría convertir a las personas en esclavos del consumismo.
El gran capital, actualmente en manos de unos pocos multimillonarios de la tecnología digital y la industria militar, ha llevado a una concentración de la riqueza y el poder económico sin precedentes. Estas empresas han logrado infiltrarse en el Estado, operando como si fueran parte del mismo, y convirtiéndose en un poder supranacional que puede controlar, a través de capacidades digitales y nucleares, a la población y a los gobiernos.
Con un gobierno de derecha, Chile perderá soberanía, entregándola sin reservas a EE. UU., lo que restringirá o eliminará su libertad para enfrentar los desafíos del futuro, especialmente en el contexto geopolítico actual que exige una mayor cooperación e integración territorial hacia un comercio internacional más equitativo.
Un gobierno ultraderechista marcaría un cambio drástico en el ejercicio del poder, concentrándolo en un reducido grupo de políticos de derecha dura y un gobernante con tendencias neonazis o fascistas, comprometidos con desmantelar los avances sociales logrados por administraciones de centroizquierda.
La derecha busca retornar al poder para establecer un régimen autoritario similar al de Pinochet, creyendo que esta es la única forma de acabar con la delincuencia y el narcoterrorismo. No ofrecen otra alternativa más que un regreso a un pasado dictatorial que consideran necesario, desestimando la democracia.
Además, con el pretexto de combatir la delincuencia, la ultraderecha planea implementar un sistema que limite y reprima cualquier movimiento social que busque ampliar derechos y oportunidades para las mayorías. Kast se inspira en figuras como Trump, Bukele y Bolsonaro como modelos a seguir, lo que llevaría a que Chile esté en manos de una oligarquía antidemocrática que desprecia al pueblo y desconfía de sus organizaciones sociales, convirtiendo al país en un lugar invivible.
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