Cuando a un niño se le da la oportunidad de preguntar, explorar y cometer errores, su creatividad florece. En cambio, si se le exige obediencia sin reflexión, aprende a evitar riesgos, lo que ahoga el deseo de descubrir.
En Chile, la educación jerárquica y normativa sigue favoreciendo lo segundo. En muchas aulas, la regla implícita es “no te salgas del cuaderno”: memoriza, repite, cumple. Este enfoque marchita la curiosidad y convierte la innovación, que surge de la duda, el juego y la experimentación, en una rareza.
Este problema no es solo pedagógico; también es un freno económico. Los ganadores del Premio Nobel de Economía 2025 —Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt— demostraron que el progreso sostenido proviene de ecosistemas que fomentan la innovación. Según la comunicación oficial de nobelprize.org, el premio se otorgó “por explicar el crecimiento económico impulsado por la innovación”, reconociendo a Mokyr “por identificar los requisitos para un crecimiento sostenido a través del progreso tecnológico” y a Aghion y Howitt “por la teoría del crecimiento sostenido mediante la destrucción creativa”.
Mokyr, desde una perspectiva histórica, argumenta que las sociedades que transforman el conocimiento en prácticas sociales —preguntar, experimentar y compartir— logran un desarrollo sostenible. Aghion y Howitt, por su parte, evidencian que el crecimiento se produce cuando nuevas ideas reemplazan a las antiguas y cuando las instituciones promueven la competencia, la difusión del conocimiento y el aprendizaje continuo.
El debate económico chileno, influenciado por una cultura empresarial centrada en la renta y una riqueza vinculada a la minería extractiva, está atrapado en un mantra que repiten como dogma: menos impuestos, más flexibilidad laboral y menor regulación. Sin embargo, la evidencia indica que el crecimiento no depende de lo barato que sea producir, sino de nuestra capacidad para generar nuevas ideas. Ninguna reforma tributaria puede reemplazar una cultura que valore la imaginación, la cooperación y la iniciativa.
Si anhelamos un país innovador, debemos empezar por las aulas. Requerimos seguridad psicológica, donde el error sea visto como una oportunidad de aprendizaje, no como motivo de vergüenza. También necesitamos autonomía guiada que permita a los estudiantes llevar adelante proyectos reales y pensar de forma independiente. Igualmente, debemos proporcionar tiempo para la curiosidad, sustituyendo la burocracia y el exceso de contenido por más investigación, arte y exploración. Hay que transitar del profesor que “controla” al que orquesta, y del estudiante que “cumple” al que crea.
Mientras otros países promueven ecosistemas abiertos y colaborativos, en Chile continuamos evaluando mediante pruebas estandarizadas y temiendo el cambio. Los premiados de este año advierten que la innovación florece solo cuando el conocimiento se difunde y la competencia es justa. La clave no está en desregular sin medida, sino en diseñar instituciones que fomenten tanto la creatividad como la equidad.
Chile no avanzará por decreto ni incentivando fiscalmente. Crecerá cuando las relaciones cotidianas en hogares y escuelas cambien de dirección: menos miedo, más confianza; menos jerarquía, más diálogo; menos castigo al error, más iteración.
Porque la innovación no surge del control ni del miedo. Surge del asombro y la curiosidad.
Y el asombro y la curiosidad… se educan.
Con Información de www.elperiodista.cl