La influencia de los algoritmos en la estrategia de campaña de la nueva derecha radical.

Existen fenómenos políticos que avanzan silenciosamente, como corrientes subterráneas invisibles que, de repente, arrastran todo a su paso. El ascenso de la extrema derecha es uno de ellos. Más allá de los discursos grandilocuentes y las disputas en el Congreso, su crecimiento tiene un motor más inquietante y menos evidente: los algoritmos de plataformas como TikTok y X (anteriormente Twitter), donde la política se convierte en espectáculo y la desinformación circula más rápido que cualquier corrección.

Es sorprendente cómo, en cuestión de segundos, un video puede establecer una idea, moldear una emoción y crear un ambiente. Las plataformas son conscientes de ello; su modelo de negocio depende de esto. Dado que el enojo instancia más atención que la calma, los algoritmos tienden a premiar lo que provoca estallidos internos: rabia, miedo, indignación. En este entorno caótico, la derecha más radical ha encontrado su escenario ideal. Mensajes simples y confrontacionales, llenos de certezas absolutas. Sin matices ni dudas. El objetivo es captar la atención, no profundizar.

Un caso reciente en Chile ilustra esto perfectamente: la campaña digital contra Evelyn Matthei, donde una discusión legítima se desdibujó entre ataques impulsados por bots y trolls vinculados a sectores republicanos. De la noche a la mañana, su nombre se vio envuelto en una tormenta artificial, como si hubiera surgido un rechazo masivo que, en la realidad, nadie percibía. Es asombroso cómo un pequeño grupo de cuentas automatizadas puede simular un clima político inexistente fuera de la pantalla.

Una situación similar enfrenta Jeannette Jara, candidata presidencial, quien sufre acoso digital casi a diario. Videos descontextualizados, comentarios coordinados, memes hirientes y una obsesión por caricaturizarla antes de que logre establecer su agenda. No se trata solo de crítica política —que siempre es válida—, sino de una operación digital diseñada para desgastarla, sembrar dudas y convertirla en blanco constante. Es una batalla desigual: mientras una candidatura intenta comunicar sus ideas, el otro lado moviliza un enjambre de cuentas falsas que repiten consignas de forma incesante.

El gobierno de Gabriel Boric también es blanco de esta maquinaria. Desde su comienzo, ha sido blanco de rumores, fake news y relatos exagerados que se difunden con una velocidad envidiable para cualquier medio tradicional. A veces, un video manipulado, una frase malinterpretada o un tuit malintencionado son suficientes para crear la percepción de caos en horas. Y cuando esta sensación se repite lo suficiente, termina por parecer verdad.

Lo preocupante es que detrás de todo esto no hay espontaneidad. Hay una estrategia diseñada con precisión. Existen granjas de bots, trolls entrenados, editores de desinformación, y una comprensión exhaustiva de cómo operan estas plataformas. La derecha radical ha comprendido antes que otros que hoy la política se juega no solo en el ámbito físico, sino también en el digital, donde un video de 15 segundos puede tener más impacto que una franja completa de publicidad.

Además, TikTok posee una lógica casi hipnótica. Su velocidad no permite una reflexión profunda; se siente. Y cuando se comunica desde la emoción, cualquier narración polarizante tiene ventaja. En X, en cambio, prevalece un combate constante. No hay espacio para la duda ni para un diálogo honesto: es una batalla virtual donde quien grita más alto triunfa, no quien argumenta de manera más convincente.

El problema central es que esta dinámica erosiona la posibilidad misma de un debate democrático. Si la conversación pública está dominada por perfiles falsos, campañas coordinadas, bots entrenados y contenidos manipulados, ¿cómo podemos dialogar en serio? ¿Cómo construimos consensos? ¿Cómo votamos sin caer en la trampa?

Es un momento en el que ya no podemos mirar hacia otro lado. Necesitamos un replanteamiento urgente: establecer normas claras para este mundo digital que se nos ha escapado, promover una alfabetización efectiva y fortalecer medios que puedan operar en un ecosistema donde la información se distorsiona y desaparece. Porque, si no despertamos ahora, serán los algoritmos —no las personas— quienes decidan qué creemos, de qué hablamos e incluso qué imaginamos como sociedad. Y eso, seamos sinceros, es una derrota disfrazada de modernidad.

Ya no es solo una discusión de ideas, es una batalla sin guantes. Y si continuamos permitiendo que los bots, mentiras recicladas y algoritmos sedientos de escándalo definan el debate, la democracia terminará hablando con la voz de sus peores imitadores. La extrema derecha lo ha entendido y está jugando sucio sin vergüenza. La cuestión es sencilla y directa: ¿vamos a reaccionar ahora o solo cuando ya no quede nada que proteger?

Con Información de desenfoque.cl

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