
Las elecciones son momentos cruciales en la vida democrática, aunque no deberían ser el centro de todo. Es natural que cada cierto tiempo se reinicie el ciclo: algunos ganan, otros pierden, y muchos simplemente siguen la corriente. Todo esto puede mejorarse, y es el propósito de ciertas filosofías políticas en las que algunos trabajamos; sin embargo, por ahora, eso es lo que hay.
A menudo se vuelve a hablar del “voto útil”, que en esencia implica elegir a un candidato para evitar que otro gane. Se menciona también el concepto de “cordón sanitario” o “barrera republicana”. Este tipo de posiciones se fundamenta principalmente en el miedo y la repulsión: “todo menos” un candidato específico. Otra forma de entender esto es a través de la teoría del “mal menor”.
Si analizamos esto de manera abstracta, sin asociarlo a nombres o ideologías políticas concretas, observamos que esta dinámica se aplica a ambos lados. Cada grupo tiene sus propios demonios: mientras unos son anticomunistas, otros son antifascistas. La preferencia por el “mal menor” se basa en su viabilidad, se realizan cálculos para la primera vuelta y especulaciones para la segunda, o se anticipa lo que ocurrirá en el próximo período.
A pesar de no definir un bando, se puede argumentar que este razonamiento es problemático. ¿Cómo esperar que gobierne alguien que no nos convence, simplemente para evitar que asuma quien nos desagrada aún más?
Desde una perspectiva de principios, es importante recalcar que esto va en contra de la esencia de la democracia: el voto debe expresar una preferencia personal. Si el resultado refleja una aversión, se olvida que se le está entregando el gobierno del país (el país de todos) a alguien que en principio no deseamos que gobierne. No es sorprendente que, con el tiempo, se genere una sensación de decadencia en el ámbito político, donde el desencanto y la indiferencia se instalan. Es fundamental considerar qué mensaje se está enviando a los jóvenes que aún no votan; ¿qué interés puede generarles la política si lo que observan son cálculos, pesimismo y decisiones tomadas a regañadientes?
Esta actitud puede considerarse una trampa, no en el sentido de fraude electoral, que hoy en día es prácticamente imposible, sino como una trampa hacia uno mismo y hacia la democracia.
Frente a esto, el cálculo puede ser válido, pero la elección equivocada.
A nivel estratégico, se ha demostrado que esta táctica no funciona. Más concretamente, si la intención es evitar el ascenso de la extrema derecha, eligiendo a la derecha tradicional o una tecnocracia neoliberal. En Francia, hemos visto varias secuencias electorales de este tipo; desde que un 80% votó “a regañadientes” por Jacques Chirac en 2002 para impedir que J-M. Le Pen ganara. Luego, lo mismo ocurrió en dos ocasiones con Macron, con porcentajes cada vez más bajos; hasta que este recurso deje de funcionar. Finalmente, lo que se deseaba evitar ocurre de todos modos.
Otro ejemplo es Argentina, donde se vota por aversión al kirchnerismo. Los resultados de esa estrategia son evidentes.
¿Realmente tiene sentido posponer algo que sucederá de todas formas durante algunos años? Quizás se gana tiempo. Pero, ¿tiempo para qué? Si no se utiliza ese tiempo para preparar un cambio importante capaz de alterar el rumbo inevitable (algo que el “mal menor” no logrará), lo que realmente se consigue es que, cuando finalmente ocurra el cambio que se deseaba evitar, sea de manera más violenta.
Si la izquierda se dedica a “proteger”, “preservar”, “defender” o “consolidar”, lo que se observa es un fenómeno de “mundo al revés” (una izquierda conservadora y una derecha que anhela cambios). Es evidente que esta situación no se sostendrá por mucho tiempo.
Una prolongada lucha en la que nunca se logra una victoria real, sino solo la posibilidad de una derrota menos severa, conduce inevitablemente a un desánimo generalizado y a la falta de interés en la política y en la sociedad. Individualismo, indiferencia, narcisismo y superficialidad son síntomas de este fenómeno.
La democracia electiva pierde su valor si no se vota con esperanza, deseo, e incluso amor.
El único “voto útil” es aquel que expresa una preferencia, un deseo, una voluntad. Rousseau ya mencionaba “la voluntad popular”. El supuesto voto útil, en cambio, se convierte en una contra-voluntad, una voz impopular.
Es cierto que la democracia enfrenta amenazas en muchas partes del mundo, como se puede observar en los EE. UU., así como en varios países europeos. Las ambigüedades, el conservadurismo de las “izquierdas” (merecedoras de comillas), y el cinismo de las derechas están contribuyendo a la decadencia democrática.
¿Por qué sorprendernos entonces de que las generaciones futuras opten por algo distinto a esta democracia?
Ahora no es momento de reflexiones profundas (que deberán llegar si queremos un futuro) sino de convicción; siempre que las convicciones se expresen sinceramente, y no a través de cálculos engañosos, que prevalezcan el deseo sobre el miedo, la preferencia sobre el odio.
La entrada Sobre la inutilidad del «voto útil» fue publicada primero en El Periodista.
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