La importancia de implementar políticas públicas enfocadas en el bienestar emocional.


El año pasado, Chile cerró con cifras alarmantes: 390.229 cirugías y más de 2,6 millones de consultas pendientes en el sistema público, de las cuales 534.122 corresponden a esperas por atención dental. La espera promedio es de 238 días, y alrededor de 4 millones de adultos tienen 20 dientes o menos.

No se trata solo de estadísticas, sino de vidas suspendidas. Cada cifra representa dolor, frustración y oportunidades perdidas. En este mar de espera, la salud bucal se encuentra en la penumbra de la agenda política.

Las elecciones presidenciales de 2025 prometen, pero falta una sonrisa. En medio de la efervescencia electoral, los programas presidenciales presentan conceptos atractivos como “bienestar” y “seguridad”. Jeanette Jara habló de derechos sociales para un Chile más justo; José Antonio Kast se centró en deporte, disciplina y eficiencia fiscal. Sin embargo, en ambos planes, la salud bucal no se menciona como un asunto relevante.

La incómoda pregunta persiste: ¿cómo puede un país hablar de salud, calidad de vida y justicia social mientras ignora la salud bucal? Paradójicamente, la sonrisa queda invisible en la política. En odontología, entendemos que la salud bucal no es un lujo estético, sino un eje esencial del bienestar. El Plan Nacional de Salud Bucal 2021-2030 lo reconoce, pero sigue siendo letra muerta ante las interminables listas de espera.

La salud bucal impacta en múltiples aspectos, como la autoestima, ya que una dentadura dañada afecta la seguridad personal y limita cómo nos relacionamos. También incide en la empleabilidad; quienes sonríen con una dentadura saludable tienen más oportunidades laborales y sociales. Además, influye en la vida sexual y las relaciones afectivas. Problemas dentales están asociados con enfermedades como diabetes, problemas cardiovasculares, partos prematuros y deterioro cognitivo. Las listas de espera no solo causan dolor físico; también aíslan y marginan socialmente a las personas.

Mientras los candidatos se centran en discursos sobre seguridad y crecimiento económico, la salud oral sigue sin ser considerada. Al ignorar la salud bucal, también ignoramos a quienes esperan atención. No se trata solo de tratar caries o colocar prótesis; se trata de devolver dignidad y oportunidades. Un país que no invierte en la sonrisa de sus ciudadanos está comprometiendo su capital humano. ¿Cómo hablar de productividad, innovación y futuro cuando millones de chilenos no pueden sonreír sin vergüenza?

Un próximo gobierno debería priorizar la salud bucal en la Atención Primaria mediante un convenio público-privado. Es fundamental integrarla como un derecho garantizado y no como un beneficio opcional. Necesitamos programas preventivos desde la infancia hasta la adultez mayor, con un enfoque territorial para eliminar inequidades. Implementar campañas masivas de atención dental en escuelas, liceos y comunidades, involucrando a empresas en la estrategia.

Además, las metas deben ser concretas y medibles. Se podría seguir la estrategia del 80-20 (tener 20 dientes a los 80 años) como un horizonte de dignidad. Para lograrlo, es esencial establecer un financiamiento específico y sostenido, otorgando créditos con aval del Estado para tratamientos dentales complejos. Se requiere una política dental consciente, con presupuestos reales y evaluaciones anuales que aseguren la continuidad de la salud.

La política a menudo olvida que las soluciones más simples son las más transformadoras. Una boca sana no es un lujo, sino esencial para la autoestima, la empleabilidad, la salud integral y la calidad de vida. Chile necesita que el próximo gobierno comprenda que la sonrisa es asunto de política pública, no solo cosmético. La odontología debe ser vista como una inversión en capital humano y movilidad social. La deuda con las listas de espera no se soluciona con palabras, sino con decisiones audaces que reconozcan lo evidente: sin sonrisa, no hay futuro.

Con Información de www.elperiodista.cl

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