El silencio en torno al suicidio infantil es un lamento desgarrador que pone de manifiesto la crisis de nuestra civilización
La Herida Invisible: Cómo el Trauma Temprano Fragmenta el Ser y Afecta a la Sociedad
Un síntoma que ignoramos
La creciente incidencia de suicidios en niños de 7, 8 y 9 años, así como en adolescentes y jóvenes —con un alarmante 40% de estudiantes universitarios mostrando ideación suicida— es el testimonio más impactante de la profunda crisis que atraviesa nuestra sociedad. Estos niños, que por naturaleza tienen toda la vida por delante, optan, trágicamente, por terminar con su existencia. Chile es un caso paradigmático, con un 38% de prevalencia de trastornos mentales en niños y adolescentes, muy por encima del 14% reportado globalmente por la OMS. Esto equivale a aproximadamente un millón y medio de niños chilenos que padecen estos trastornos, confrontándonos con una realidad desgarradora que cuestiona los cimientos de nuestro modelo civilizacional.
Datos sobre el Suicidio en Adolescentes y Jóvenes Chilenos
Entre 2000 y 2017 se contabilizaron 6.292 suicidios en la población juvenil de Chile. Un análisis de las tasas de mortalidad en este período revela las siguientes cifras promedio:
· Para el grupo de 10 a 24 años, la tasa fue de 8.5 por cada 100.000 habitantes.
· Entre jóvenes de 10 a 19 años, la tasa alcanzó los 5.4 por cada 100.000.
· La tasa más elevada se dio en el grupo de 20 a 24 años, con 14.7 por cada 100.000.
Se observa una notable desigualdad de género: el riesgo de suicidio es 3.5 veces mayor en hombres que en mujeres adolescentes y jóvenes. Asimismo, hay importantes disparidades geográficas, con las tasas más altas concentradas en las regiones de Aysén, Los Lagos, Magallanes y Los Ríos, siendo Aysén la región con el doble de riesgo en comparación a la media nacional.
Cifras sobre Ideación e Intentos de Suicidio
La ideación suicida es una señal de alerta fundamental. Los estudios reflejan cifras inquietantes en diversos grupos de edad:
· Entre universitarios: Un estudio de 2023 con 1.511 estudiantes indicó que el 40.6% presentaba riesgo suicida, ideación o había intentado suicidarse, siendo la depresión y la ansiedad los principales predictores.
· Durante la pandemia: En un estudio que analizó a 125 jóvenes de 14 a 18 años atendidos por SENAME, el 29.9% reportó ideación suicida durante el confinamiento, el 29.2% había planeado quitarse la vida y el 18.2% indicó haberlo intentado en ese período.
· En niños más pequeños: Datos preliminares de una tesis doctoral en estudiantes de entre 10 y 14 años revelaron que un 27.6% había experimentado ideación suicida en las dos semanas anteriores.
· Atenciones en salud pública: Las atenciones urgentes por ideación suicida en la red pública aumentaron drásticamente, pasando de 0.03 por 10.000 habitantes en 2020 a 5.8 por 10.000 en 2022. La mayor proporción de estas atenciones corresponde al grupo de 15 a 64 años.
Detrás de estas cifras escalofriantes se proyecta una realidad aún más perturbadora: el trauma temprano como herida fundamental que fragmenta la psique y enferma el cuerpo. Como indica Boris Cyrulnik, el suicidio infantil actúa como un espejo de disfunciones sociales, similar a un canario en minas de carbón que alertaba sobre el aire contaminado tras su muerte.
La tríada fatal: No ser deseado, no ser amado, no ser protegido
El modelo de Franz Ruppert brinda una visión profunda sobre la estructura del trauma temprano. Según su enfoque, la psique se quiebra ante lo que denomina la «tríada fatal» del trauma:
1. No ser deseado: La experiencia de ser visto como una carga o inconveniente.
2. No ser amado: La falta de amor incondicional, aceptación auténtica y cuidados.
3. No ser protegido: La incapacidad del entorno para ofrecer seguridad física y emocional.
Esta tríada es una amenaza existencial para un bebé, cuya supervivencia depende completamente de sus cuidadores. El dolor emocional que produce —el desamor, el rechazo o la negligencia— activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico. Evolutivamente, el aislamiento social se equiparaba a una muerte segura, de modo que el cerebro aborda el dolor de un corazón «roto» con la urgencia de una herida física.
Ante esta experiencia insoportable, la psique infantil se fragmenta como un acto de supervivencia desesperada, generando tres partes diferenciadas:
· La parte sana: El núcleo esencial de la identidad, capaz de comprender la realidad y autorregularse.
· La parte traumatizada: Donde se encierran emociones insoportables del evento original (terror, ira, desesperanza).
· Las estrategias de supervivencia: Mecanismos como la disociación, complacencia excesiva o la creación de un falso ser.
La biología del trauma: Cuando el cuerpo lleva la cuenta
Bessel van der Kolk ha demostrado que el trauma no es simplemente un recuerdo del pasado, sino un estado físico presente. Los recuerdos traumáticos son fundamentalmente diferentes de los comunes; mientras que estos últimos son representaciones que se desvanecen, el trauma implica una irrupción literal del pasado en el presente, capaz de provocar efectos fisiológicos independientemente del recuerdo consciente del evento.
Investigaciones en neurobiología muestran que en individuos con estrés postraumático crónico, las áreas cerebrales dedicadas a la autoconciencia (córtex prefrontal medio) y la conciencia corporal (ínsula) están reducidas. Esta contracción es la respuesta adaptativa de un sistema nervioso abrumado, como si ante la imposibilidad de escapar del trauma, el colapso se vuelve la única salida viable. El cuerpo, entonces, se mantiene en un estado de alerta crónica, reviviendo la amenaza de un peligro que ya no existe.
La Teoría Polivagal de Stephen Porges proporciona el marco neurofisiológico para entender cómo nuestros sistemas nerviosos constantemente evaluan la seguridad y el peligro. Según esta teoría, existen tres sistemas regulatorios organizados jerárquicamente:
1. Sistema vago ventral: Facilita la conexión social, la calma y la comunicación segura.
2. Sistema simpático: Prepáralo para la lucha o huida ante amenazas inminentes.
3. Sistema vago dorsal: Induce colapso, desconexión o parálisis ante percepciones de amenaza vital.
Apego inseguro y rigidez del yo: La incapacidad para experimentar la individualidad auténtica
La teoría del apego de John Bowlby se entrelaza con el modelo junguiano para explicar cómo los patrones relacionales tempranos condicionan nuestra capacidad de experimentar la autenticidad. En los apegos inseguros (ansioso, evitativo, desorganizado), el Yo desarrolla mecanismos rígidos para protegerse del dolor emocional:
· Apego ansioso: El Yo se hiperenfoca en la aprobación externa, adoptando una máscara complaciente que oculta las necesidades auténticas.
· Apego evitativo: El Yo se fortalece tras un muro de autosuficiencia, negando la vulnerabilidad y bloqueando el acceso al inconsciente.
· Apego desorganizado: El Yo fragmenta su percepción, alternando entre acercamiento y huida, lo que impide una narrativa coherente de sí mismo.
Esta rigidez del Yo obstruye la individualidad junguiana, entendida como el diálogo entre el Yo consciente y el inconsciente colectivo. Los apegos inseguros generan un Yo rígido que controla en lugar de fluir, confunde a la persona con el Sí-mismo y niega la sombra, limitando la integración del inconsciente personal y colectivo.
Patriarcado y trauma: La dimensión sistémica de la herida
La violencia estructural hacia las mujeres y la perpetuación del patriarcado descansan en esta dinámica traumática. Según Rita Segato, el patriarcado opera como un sistema político que se basa en el control y la disciplina a través de narrativas morales variadas. El mandato de masculinidad no solo oprime a las mujeres, sino que también perjudica a los hombres, quienes deben demostrar constantemente su virilidad y poder de dominio.
La mayor tragedia del patriarcado es que se reproduce al no respetar al bebé como un Otro legítimo, desde su nacimiento e incluso antes. Esta es la raíz del ciclo intergeneracional de violencia: aquellos que sufren violencia sin procesarla adecuadamente tienen una probabilidad significativamente mayor de convertirse en agresores, perpetuando un ciclo que puede extenderse a lo largo de generaciones.
Hacia una sanación integral: Del yo fragmentado al self integrado
Ante esta complejidad, la recuperación de una auténtica seguridad —tanto individual como colectiva— exige una acción simultánea en múltiples niveles:
Reconexión con la sabiduría corporal
Dado que el trauma se almacena predominantemente como memoria implícita en el cuerpo, los enfoques que se basan únicamente en la palabra suelen ser insuficientes. Van der Kolk destaca que el verdadero autoconocimiento requiere sentir las pulsaciones físicas, notar cómo el cuerpo se tensa y se contrae, y observar cómo emergen las emociones conforme se incrementa la conciencia interior. Técnicas como la terapia somática, el yoga informado por el trauma y el Somatic Experiencing permiten que el sistema nervioso complete respuestas que quedaron «congeladas».
Integración de las partes fragmentadas
La Terapia de Psicotrauma Orientada a la Identidad de Ruppert sugiere un proceso de autoencuentro donde la persona puede entablar un diálogo interno entre las partes sana, traumatizada y sobreviviente. Esto permite procesar emociones originalmente insoportables desde la capacidad reguladora del adulto actual, desactivando gradualmente las estrategias de supervivencia que ya no son necesarias.
Reparación del apego a través de relaciones seguras
La relación terapéutica constituye una experiencia correctora donde el cliente puede internalizar un modelo de vinculación más seguro. A través de la resonancia límbica —sincronización neuroafectiva entre terapeuta y cliente— se crea un campo de seguridad que facilita la regulación co-regulada del sistema nervioso.
Reconexión con la comunidad
Como menciona Cyrulnik, «lo que mejor protege a un niño es un ‘pueblo’». La recuperación de rituales comunitarios y la construcción de redes de apoyo social son cruciales para contrarrestar el aislamiento y la fragmentación que caracterizan a la modernidad tardía.
Conclusión: Del trauma a la resiliencia colectiva
Los alarmantes índices de suicidio infantil y trastornos mentales en jóvenes no son mera anomalía, sino la consecuencia lógica de una sociedad que ha desatendido las necesidades emocionales fundamentales de sus miembros más vulnerables. El trauma temprano —esa herida invisible que se transmite intergeneracionalmente— forma el sustrato de las patologías individuales y sociales que enfrentamos.
La sanación de estas heridas exige un cambio de paradigma que anteponga el cuidado de los vínculos tempranos, la protección de la infancia y la creación de comunidades verdaderamente sostenibles. Como sostiene Gabor Maté, requerimos de una sociedad «informed by trauma» que reconozca que muchas conductas disfuncionales son estrategias de supervivencia ante un dolor insoportable.
La auténtica paz —tanto individual como colectiva— no surge de la capacidad de dominar, sino del valor de ser vulnerables juntos. Al reconocer y sanar nuestras heridas primarias, podemos establecer condiciones que permitan a las futuras generaciones desarrollar selves cohesionados y resilientes, capaces de enfrentar la complejidad de la existencia sin recurrir a la autodestrucción.
Como recuerda Cyrulnik, «cuando se lleva a cabo una intervención, la evolución es a menudo favorable». La resiliencia, esa capacidad humana de superar traumas y heridas, difícilmente puede desarrollarse en soledad, pero florece en el terreno fértil de relaciones auténticas y comunidades solidarias.
Bibliografía
· Ruppert, F. (2012). Trauma, vínculo y constelaciones familiares: La terapia del trauma orientada a la identidad.
· Van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma.
· Porges, S. (2017). La teoría polivagal: Fundamentos neurofisiológicos de las emociones, apego, comunicación y autorregulación.
· Bowlby, J. (1989). Una base segura: Aplicaciones clínicas de la teoría del apego.
· Cyrulnik, B. (2014). Cuando un niño se da «muerte».
· Maté, G. (2022). El mito de la normalidad: Trauma, enfermedad y sanación en una cultura tóxica.
· Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres.
· Jung, C.G. (2012). Obra completa.
· Hellinger, B. (2014). Órdenes del amor.
· Levine, P. (1997). Curar el trauma: Un programa pionero para restaurar la sabiduría del cuerpo.
Humberto del Pozo López es Magíster en Psicología (UNAM) y Magíster en Economía (UCL)