Por Marcelo Trivelli
En la acusación constitucional contra el juez Antonio Ulloa, surgió una idea que resonó: “todos lo hacen”. Esta frase, tan común como peligrosa, encapsula una mentalidad que ha permeado tanto la vida pública como privada en Chile. Se convierte en la justificación ideal para lo inaceptable. En términos filosóficos, se trata de una falacia ad populum: asumir que algo es correcto solo porque es comúnmente aceptado, dicho o realizado por muchos.
Esta falacia impregna el discurso político y electoral, donde las candidaturas apelar a la emoción en lugar de la razón, repitiendo frases que, por su popularidad, se confunden con verdades: “cerrar la frontera”, “expulsar a los migrantes irregulares”, “combatir la delincuencia con mano dura”. Estas expresiones pueden provocar aplausos, pero no ofrecen soluciones. La mayoría promete abordar grandes problemas del país —salud, educación, seguridad o vivienda— sin detallar cómo lo hará.
Al asumir el poder, el elegido se encontrará con un Estado que responde con su propia versión del ad populum: “siempre se ha hecho así”. Esta inercia institucional, junto con las defensas corporativas del ámbito político, son los principales obstáculos para transformar el país.
En el caso de Ulloa, su defensa y parte de la Corte Suprema argumentaron que su conducta —la búsqueda de influencia en nombramientos judiciales— era “un actuar tolerado por el mundo político desde hace años”. En otras palabras, no se niega la falta, se normaliza. Pero entre la tolerancia y la corrupción o el tráfico de influencias no hay línea clara: solo se necesita un paso, y en Chile hemos cruzado esa frontera con demasiada frecuencia.
Para tener éxito, el próximo gobierno deberá desafiar esa lógica. No basta con declarar una intención de cambio; debe liderar a su coalición, convocar a la oposición y, sobre todo, confrontar una cultura que se justifica con el “así siempre se ha hecho”. Gobernar no puede limitarse a administrar costumbres, sino a retarlas. Un político que no desafía lo establecido está destinado a la mediocridad o al fracaso.
Un ejemplo reciente es Gendarmería de Chile: en pocos días, salieron a la luz fiestas con alcohol en cárceles, doce gendarmes formalizados en Iquique y la incautación de un celular a un interno acusado de triple homicidio. No se trata de hechos aislados, sino de síntomas de una cultura institucional y política que confunde tolerancia con impunidad.
Todos aseguran que combatirán la corrupción, pero pocos detallan cómo. La corrupción no inicia con grandes sobornos, sino con pequeños actos de indulgencia: mirar hacia otro lado, justificar lo injustificable, aceptar que “todos lo hacen”. Si nos hubiéramos atrevido a confrontar esta cultura de corrupción, quizás no habríamos llegado al fallo de la Corte Suprema que condenó a Codelco a pagar $17 mil millones a una empresa en la trama de la Muñeca Bielorrusa.
Chile no necesita más consignas ni populismos. Requiere un liderazgo ético, pensamiento crítico y valentía para desafiar la inercia. Porque en política, como en la vida, lo que todos hacen no siempre es correcto, y lo que nadie se atreve a cambiar es, precisamente, lo que más urgentemente necesita ser transformado.
Con Información de www.elperiodista.cl