La dualidad entre la grandeza y la crueldad en la historia

Certainly! Here’s a rewritten version of the content:

El sonido de la lluvia golpeando el techo de latón resuena con gran fuerza. Al cerrar los ojos, uno puede imaginar el torrente de agua deslizándose por las ventanas azules del sur de Chile. Humberto y Mariquita, sus abuelos maternos de origen suizo, quienes asumieron el rol de padres, junto con la casa de techo rojo que construyeron cerca del Lago Panguipulli, rodeada de densa vegetación en el corazón de La Araucanía. Un mundo blanco que apenas se toca con el mapuche, el indígena oprimido que ha perdido sus tierras y lucha incansablemente por su dignidad. La casa está impregnada del aroma de manzanas guardadas y de grandes hogazas de pan horneándose en la cocina. Un hogar que evoca gloria y abundancia.

María Eugenia Bravo Calderara, conocida en su infancia como Pelusa, recuerda vívidamente esa niñez feliz, luminosa y protegida, un espacio que solo conocía la inocencia. Era una niña alta, delgada y tímida, amante de la música, quien tocaba el piano. Con frecuencia, tenía sueños que parecían predecir ciertos acontecimientos. “Otras veces, simplemente ‘veía’ algo que luego sucedía, o de repente ‘sabía’ que algo grave iba a ocurrir”, rememora.

La elaboración de sus memorias, tituladas La casa del techo rojo, es una invitación a acompañar a quienes han perdido su voz, esperanza, fe y alegría. Compartir la palabra alivia y actúa como un gesto de sanación. La autora no cuenta con otra herramienta que la palabra, ni con otra riqueza que su memoria. A pesar de la más dura adversidad, sobrevive a la barbarie y, página tras página, abraza su historia, libre de resentimientos y odios.

“Son dos casas”, afirma la autora, “cada una con su techo rojo: una es el refugio donde uno se siente amado y protegido. La otra, la casa del Cerro Chena, es donde se tortura y asesina a las personas. Allí estuve desde el 12 de octubre de 1973 hasta que la cerraron a fines de ese mes. Fui prisionera política durante septiembre y octubre, interrogada y torturada por un equipo del ejército que perseguía a los partidarios del presidente Allende. Conocí el horror y el terror en su máxima expresión.”

En su libro Lejos de Casa. Memoria de chilenas en Inglaterra, escribe: “Mi padre era mestizo chileno-mapuche y, por esa mezcla genética, desde muy pequeña comprendí que era diferente: cuando actuaba bien era chilena, y cuando me portaba mal, india.”

Chile, un país marcado por la pobreza, la desigualdad, el aislamiento, el machismo y el clasismo. María Eugenia recuerda su primer encuentro con la pobreza chilena: “Niños en harapos, descalzos, algunos incluso desnudos. Llenos de piojos, sucios, con la piel cubierta de gérmenes.”

Hacia finales de la década del 50, comienzan a surgir vientos de cambio. En ese contexto, conoce a su futuro esposo, Rafael Moreno. Su relación duraría diez años, aunque estuvieron separados durante dos, mientras él se encontraba en Checoslovaquia con una beca para estudiar Economía. Tras finalizar sus estudios en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, donde se graduó entre los tres mejores de 1965, una enamorada María Eugenia lo sigue, se casan y tienen a su hija Isabel. La vida en Praga estuvo llena de claroscuros: aunque escaseaba la comida, la vida cultural era vibrante. Hizo amistades, enseñó español, trabajó en la agencia Prensa Latina, aprendió sobre el tarot y fue testigo, el 20 de agosto de 1968, de la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia.

Con su matrimonio fracasado y su corazón roto, María Eugenia regresa a Chile en diciembre de 1971 con su hija, ansiosa de participar en el proceso de la Unidad Popular. Asume trabajos académicos en varias facultades de la Universidad de Chile. En mayo de 1973, el presidente Allende le propone liderar un importante proyecto: la creación de una universidad para países en desarrollo, con una reunión programada para el 15 de septiembre. Ella debía presentar su examen de grado el 11 de septiembre. Tenía 33 años.

Un capítulo crucial es el Golpe de 1973 y la larga pesadilla que lo siguió. Chile se fragmenta ese fatídico 11 de septiembre, una mañana soleada interrumpida por el estruendo de balas que cruzan el país como una locomotora descontrolada. Los chilenos pierden la inocencia y cientos de miles quedan a la intemperie, como un árbol arrancado de raíz. Al inicio de la dictadura, María Eugenia se une a un equipo de trabajo en defensa de los derechos humanos, que posteriormente se organizaría como la Vicaría de la Solidaridad. Su activismo se detiene cuando ella y su hermano son detenidos en su hogar, y pasa nueve meses en cautiverio, sufriendo torturas, amenazas y contraiendo tuberculosis. Días dolorosos y turbulentos, donde la solidaridad internacional es fuerte, pero la dictadura se mantiene inmóvil.

“En medio de aquella oscuridad,” relata ella, “en momentos intensos de escritura secreta, la poesía me encontró y decidió quedarse a vivir conmigo. Era una poesía de testimonio y sufrimiento, que luego puse al servicio de la lucha por los derechos humanos.” Por esos poemas, la Municipalidad del Gran Londres le otorgó un premio literario, y más tarde pudo publicar una colección bilingüe titulada Prayer in the National Stadium (Oración en el Estadio Nacional).

Salió al exilio el 10 de septiembre de 1975, muy enferma, con su pequeña Isabel y cien dólares en el bolsillo. Al aterrizar en Londres, una ciudad de escasa luz y calles adoquinadas por la lluvia reciente, deambula por los hermosos parques de la ciudad, aún con el alma marchita. Pero Inglaterra la acoge, ofreciéndole una mano amiga. Años más tarde, obtendrá grados de maestra y doctora en Filosofía en la Universidad de Oxford, donde se le reconoce como una perseguida política de Chile, y se le expresa el orgullo por su presencia.

Los primeros días se dedican a adaptarse a una sociedad desconocida. Todo es nuevo e incierto. Las heridas que nadie ve, siguen abiertas. Sin embargo, está alejada del sufrimiento y del olvido. A salvo. Sola, pero a salvo. Con el tiempo, este país se convierte en su segundo hogar y, eventualmente, se atreve a pronunciar la palabra futuro.

La vida sigue, y por razones misteriosas, Pinochet reaparece en su vida. El senador vitalicio es detenido en la London Clinic el 16 de octubre de 1998. Tras 503 días de detención, sus intentos de ser extraditado a España fracasan, y regresa a Chile.

Después de 16 años con la “L” en su pasaporte, la prohibición se levanta y María Eugenia regresa a su patria por un mes. Llega el mismo día en que Patricio Aylwin asume la presidencia. “Vine desesperada por regresar, por recargar mis energías chilenas. Ver a mi gente, estar con mi hermano y su familia, disfrutar de pulmay de Concepción y las prietas y longaniza de Loncoche,” confiesa la autora.

Recorrer ciertos lugares de Santiago revive antiguas heridas. La memoria del cuerpo la transporta, de forma inesperada, a tiempos de terror que precedieron su partida.

Regresa a Inglaterra

La democracia llega, aunque tambaleándose. Comenzamos a redescubrir nuestras voces. Aclaramos la garganta, levantamos la mano y nos miramos en el espejo, tras tanto tiempo de opacidad. Emprendemos la misión de rescatar nuestra identidad como personas y como patria arrebatada. Es difícil precisar el momento en que la autora comienza a susurrar estas memorias, tal vez fue mucho antes de que pensara en plasmarlas. En todo caso, es un esfuerzo valioso, un testimonio único de su experiencia como chilena, poeta, escritora y víctima de represión feroz; una protagonista de una vida fascinante. En su obra se siente la misión, la convicción de que una vida tan rica debe ser registrada. Sus versos, más tarde, serán compartidos y leídos en inglés y español, trascendiendo las fronteras del Reino Unido como un legado colectivo, un mosaico que refleja, con talento y rigor, un Chile en constante transformación, al igual que la autora.

Feel free to make any additional adjustments if needed!

Con Información de desenfoque.cl

Previous Post
Next Post
Advertisement