El poeta palestino Marwan Makhoul expresa: “Para escribir poesía que no sea política, debo escuchar a los pájaros, y para oír a los pájaros, los bombarderos deben permanecer en silencio”. Siento algo parecido: en vez de centrarme en las mineras que arrasan glaciares o en la vulneración de derechos, preferiría enfocar mi energía en el suave temblor de la cordillera nevada al recibir los primeros rayos del sol.
Un nuevo solsticio de invierno nos trae la noche más larga en tiempos de guerras, explotación de la naturaleza, desamor y polarización. Es esencial abrirnos a experiencias más profundas. Necesitamos detenernos, sentir el murmullo de lo esencial y escuchar la voz de la Tierra para habitar este momento con una mente abierta.
La transformación no tiene un solo rostro ni un único camino. Hay quienes marchan y denuncian, quienes tejen redes y sostienen, quienes sanan, pintan, enseñan y siembran. Y también están quienes simplemente sobreviven cada día, un acto radical de existencia. Todos esos gestos son significativos y necesarios. Cada una de estas formas de estar en el mundo es un sí a la vida.
Quizá lo urgente sea preguntarnos con sinceridad: ¿Qué mundo estoy ayudando a construir con mis acciones diarias? ¿Desde qué lugar actúo? ¿Aporto al caos o a la armonía? ¿Contribuyo al miedo o al amor?
El mayor acto de valentía puede ser permanecer en medio de la tormenta, sin huir ni reaccionar por inercia. Es aprender a reconocer nuestras propias sombras, creencias y automatismos que perpetúan el daño, y a elegir transformar lo que debe cambiar, para devolverlo al mundo en una forma más hermosa y sabia.
La presencia radical nos invita a habitar la incomodidad y a entender que nuestra interioridad está entrelazada con los sistemas que habitamos: tanto los que destruyen como los que regeneran. Por eso, tal vez hoy no necesitemos más control o acción ciega, sino rendición, vulnerabilidad y ternura. Ahí podría residir la verdadera valentía.
Diversas tradiciones ancestrales afirman que vivimos en un tiempo donde se delgada el velo entre lo visible y lo invisible. En el dolor del parto surge la oportunidad de sentir la gran trama que nos sostiene y de cocrear desde una conciencia amorosa.
La respuesta no está en Marte, ni en la desesperanza, la apatía o el individualismo. Necesitamos respirar profundamente en medio del ruido, recordar que somos parte del bosque, del río, de la manada. Que no estamos solos ni separadas. Tal vez, volver a vibrar unidos entre especies y mundos sea el acto más revolucionario de todos.
Con Información de www.elperiodista.cl