Periodista y editora internacional.
El 7 de noviembre de 2025, al aterrizar el avión presidencial chileno en El Alto, Gabriel Boric cruzará hacia una etapa histórica entre Chile y Bolivia. Se convertirá en el primer presidente chileno que asiste a la toma de posesión de un mandatario boliviano desde la visita de Ricardo Lagos a Evo Morales en 2006. Estos diecinueve años han estado marcados por tensiones y desconfianza entre ambos países.
La imagen de Boric y Rodrigo Paz —un líder chileno progresista y un boliviano liberal— dándose la mano en la plaza Murillo tendrá un peso simbólico trascendente. Representa la posibilidad de que dos naciones con una historia de conflictos y una geografía interdependiente decidan verse como vecinos y no como rivales.
La visita de Boric posee un significado que excede un simple acto de diplomacia; puede ser el comienzo de una rehabilitación de la relación entre Chile y Bolivia, estancada desde 1962, cuando el entonces presidente de Bolivia, Víctor Paz Estenssoro, rompió relaciones con Chile debido al conflicto por el río Lauca.
¿Por qué es relevante este gesto? Para entenderlo, es necesario explorar la geopolítica detrás de la acción, la economía de la región andina y la política de la memoria.
La geopolítica del gesto: cuando lo simbólico se torna estratégico
En el ámbito de la diplomacia, los gestos tienen peso: son formas de actuación. La decisión de Boric de ir a La Paz —tomada «a última hora» tras un análisis interno que comenzó antes de eventos como el Bicentenario de Bolivia— prioriza la política estatal por sobre la afinidad ideológica. En un contexto donde las democracias enfrentan polarización, la presencia física de un mandatario en la toma de posesión de otro es una manera de validar y reconocer mutuamente.
Este gesto llega en un momento crucial de cambio geopolítico. América Latina enfrenta un avance de gobiernos de derecha, como Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Jerí en Perú, y ahora Paz en Bolivia. La asistencia de Boric es una forma de “proteger” la relación entre los dos países de las fluctuaciones ideológicas y enviar un mensaje a la élite boliviana: “Chile continúa aquí, sin importar el gobierno.” También responde a la creciente preocupación por la influencia de potencias ajenas.
China ha expandido su diplomacia de infraestructura en Bolivia, mientras que Rusia establece acuerdos en litio y energía. La ausencia chilena podría haber dejado espacio para que otros actores lo ocupen. Boric lo comprende: Chile precisa ser parte del futuro energético y logístico de Bolivia, lo que supone una visión de cooperación a largo plazo.
La cordillera como puente, no como barrera
La frontera entre Chile y Bolivia representa una herida geográfica. La pérdida del territorio marino boliviano en 1904 dejó a Bolivia sin acceso soberano al Pacífico y a Chile con un enclave territorial poco integrado. Esta geografía encarna tanto el pasado común como el futuro compartido. Los Andes, que dividen, también conectan, y la economía ha comenzado a trazar rutas que la política aún no ha explorado, lo que deja una ventana para la acción.
Bolivia busca crecimiento; Chile, puertos. Bolivia quiere dólares; Chile, energía. Los intereses comerciales son claros y han sido bloqueados por la política durante décadas. Sin embargo, un circuito informal está emergiendo, que, con voluntad y visión binacional, podría transformar el gasoducto de Sica Sica en la entrada de Bolivia al mercado asiático y convertirla en un hub energético interesante para Chile.
Bolivia posee el 23% de las reservas de litio mundial, mientras que Chile es el segundo productor a nivel global. Ambos países han competido por atraer inversiones, pero Paz puede invertir esta lógica proponiendo una cadena de valor binacional que incluya a Perú en una especie de “OPEP” del litio, como sugirió un político chileno anteriormente. Soñemos juntos: el litio boliviano podría procesarse en plantas chilenas, cerca de los puertos, y exportarse como carbonato o hidróxido. China ya realiza algo similar con Argentina. ¿Por qué no podría Chile hacerlo con Bolivia? Boric, defensor de una “alianza del litio” sudamericana, podría encontrar en Paz a un inesperado socio.
El ferrocarril que nunca murió
El ferrocarril de Arica-La Paz, inaugurado en 1913, sigue siendo la infraestructura más ambiciosa que ambos países construyeron en conjunto. Hoy en día está subutilizado, ya que los camioneros bolivianos prefieren la ruta terrestre, más costosa pero más veloz. Paz ha mencionado la posibilidad de “relanzar el tren del Pacífico”. Boric podría ofrecer financiamiento chileno para modernizar la vía y extenderla hacia Santa Cruz, transformando a Arica en el puerto natural para la soja boliviana. Este proyecto, con un costo estimado de 2.500 millones de dólares, podría financiarse mediante bonos verdes y un modelo de participación público-privada. La geografía que separa también puede unir, como sucedió a inicios del siglo XX con el ferrocarril del norte y su papel fundamental en conectar todo el país hasta Puerto Montt.
La política de la memoria: desenterrar el pasado sin revivirlo
La relación bilateral entre Chile y Bolivia está cargada de memoria histórica como ninguna otra en Sudamérica. La Guerra del Pacífico del siglo XIX es un relato vigente que alimenta los discursos políticos en ambos lados de la frontera. Bolivia conmemora el “Día del Mar” cada 23 de marzo, mientras que Chile realiza ceremonias militares en Iquique. Este tema es recurrente durante las campañas políticas, y últimamente, Chile no ha sido una excepción. La memoria, como herramienta política, puede ser una trampa peligrosa.
En 2013, Bolivia llevó a Chile ante la Corte Internacional de Justicia, exigiendo una “obligación de negociar” para obtener un acceso soberano al mar. En 2018, el tribunal falló a favor de Chile, determinando que no existía tal obligación legal. Aunque esto fue una victoria jurídica para Chile, representó una derrota política en la relación bilateral, reabriendo viejas heridas. Chile se sintió traicionado y Bolivia, humillada. Sobre esta base, no se puede construir un futuro.
Sin embargo, Paz ha manifestado que no busca llevar el tema a la CIJ, aunque tampoco descartó esa posibilidad. Es importante recordar que esta reivindicación tiene sustento constitucional en Bolivia, una estrategia heredada de Carlos Mesa que busca “desjudicializar” el conflicto y “regionalizar” la solución. ¿Qué implica esto? Convertir la cuestión marítima boliviana en un tema de cooperación regional: un corredor bioceánico que conecte a Bolivia con el Pacífico y a Chile con el Atlántico. Boric podría plantear, por ejemplo, una “soberanía compartida”: un puerto chileno, tal vez Iquique, administrado de manera binacional. Pero mejor dejar esos asuntos a los expertos.
Del trauma histórico al “capitalismo para todos”
Durante muchos años, la política exterior boliviana fue dominada por la élite paceña, que intensificó la narrativa de la pérdida marítima. Paz —descendiente de una importante familia política, educado en varios países, incluido Chile, y con un enfoque pragmático— representa una generación que no vivió la guerra, pero sí experimentó el colapso económico. Para esta élite, el acceso al mar se interpreta desde el ámbito económico y logístico. Boric, en contraposición, encarna a una generación chilena que no siente herencia de la victoria, pero sí responsabilidad en el vecindario. El encuentro entre estas élites, unidas por oportunidades comerciales, podría ser el inicio de una desactivación del conflicto ideológico que ha sido largo e improductivo.
La visita de Boric a La Paz no es una respuesta; es una pregunta: ¿podrán dos países con un conflicto histórico forjar una alianza del siglo XXI? Nos plantea la cuestión sobre si la geografía puede prevalecer sobre la historia y si el pragmatismo económico es capaz de neutralizar los arranques nacionalistas y fortalecer las democracias.
La historia de Sudamérica está llena de gestos que no prosperaron, como la fotografía de Menem y Fujimori en 1997 que no logró la integración; o la reunión de Chávez y Uribe en 2010 que no detuvo la crisis de las FARC. Sin embargo, hay también ejemplos exitosos, como la foto de Alfonsín y Sarney en 1985 que dio origen al Mercosur, o la de Lula y Chávez en 2003 que estableció la UNASUR. La visita de Boric podría ser parte de la primera lista… o quizás iniciar una nueva. Dependerá de que la política no traicione a la geografía; que la memoria no secuestre al futuro y que el gesto no sea simplemente un acto vacío sin intención de avanzar.
Al despegar el avión de Boric de El Alto hacia Santiago el 8 de noviembre, quedará grabada en nuestra memoria la imagen de dos presidentes representando a dos pueblos hermanos que pueden, como nunca antes, transformar la cordillera de un muro a un puente. En América, la distancia no existe; lo que prevalece es el olvido, y por primera vez en décadas, Chile y Bolivia tienen la oportunidad de no olvidarse.
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