Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
La reciente pérdida de la primatóloga Jane Goodall, ocurrida el 1 de octubre de 2025 a los 91 años, no solo marca la despedida de una de las voces más influyentes en la defensa de los derechos de los animales y de la naturaleza, sino que también desafía nuestra forma de entender el planeta y la vida, invitándonos a cuestionar los cimientos de la civilización humana.
Goodall, al demostrar que los chimpancés poseen emociones y sociedades complejas, ofreció una crítica contundente al pensamiento antropocéntrico que considera a los seres humanos como el centro del universo. Su defensa de la biodiversidad y el reconocimiento de los animales como seres sintientes son parte de esta crítica significativa.
Este argumento contra la depredación ecológica y la negación del estatus de los animales no humanos como seres con derechos no es solo un acto de rebeldía contemporáneo; es un proceso que ha estado activo en los últimos milenios, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia que, en muchos aspectos, ha intentado borrar un periodo anterior en el que los seres humanos convivían de forma más sostenible con su entorno.
Goodall abordó este tema en sus reflexiones por el Día de la Tierra, resaltando cómo las comunidades de cazadores-recolectores vivían en armonía con la naturaleza, en contraste con el impacto ambiental devastador generado por la civilización que comenzó en Mesopotamia y que nos ha llevado a una crisis ambiental sin precedentes.
Esta problemática se ha intensificado con la llegada de la modernidad, el capitalismo, la Revolución Industrial y, más recientemente, la era digital, generando una acumulación y destrucción de la naturaleza que nos sitúa al borde del colapso.
La pandemia de COVID-19 ha evidenciado las fallas de sistemas económicos insostenibles que invaden los espacios naturales, propiciando la aparición de nuevos virus y evidenciando nuestra falta de capacidad para aprender de esta crisis y cambiar nuestro estilo de vida.
Sin embargo, Goodall nunca pretendió que volviéramos a un estilo de vida nómada, sino que nos instaba a comprender que nuestra huella ecológica no es un destino inevitable. Ella veía en las comunidades indígenas a los guardianes de la biodiversidad, resaltando la profunda conexión con la naturaleza que ellas mantienen, algo que se ha perdido en la vida moderna.
Hoy, seguimos presenciando los efectos de prácticas destructivas, justificadas por conceptos coloniales de progreso. Esto es palpable en América Latina, donde el extractivismo ha generado graves impactos socioambientales y ha costado la vida de defensores del medio ambiente, como el caso de Julia Chuñil, una mujer mapuche asesinada por proteger el bosque nativo y las tierras ancestrales en Chile.
En este contexto, la partida de Jane Goodall debe servir no solo para reconocer su labor científica y su compromiso con la causa animal, sino también como un llamado urgente a la acción colectiva. Es momento de cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde.
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