Ex concejal y ex director laboral del Banco del Estado.
Con la llegada al poder de José Antonio Kast y su coalición de derecha extrema, se abre un nuevo capítulo político en Chile. En los próximos cuatro años, es probable que las condiciones sociales empeoren para la mayoría de la población.
Este pronóstico no es casual; se fundamenta en las propuestas de Kast, que incluyen recortes de gasto social, debilitamiento del rol del Estado en la economía, negación de los problemas ambientales ocasionados por el productivismo excesivo, y desprotección de los trabajadores, todo ello en favor del empresariado. A esto se añade un conservadurismo religioso en temas de género y una inclinación hacia la extrema derecha en el ámbito internacional.
La ascensión de este sector político en Chile representa una erosión de la noción de libertad individual sin justicia social, donde las libertades se convierten en privilegios de unos pocos. Estas libertades solo serán efectivas si están respaldadas por derechos sociales que aseguren educación, salud, vivienda y seguridad ante la precariedad. Sin embargo, en un sistema económico tan concentrado como el chileno, enfrentar la desigualdad estructural será un reto monumental que no podemos eludir.
Por lo tanto, existe la posibilidad de un retroceso en los derechos, incluyendo una involución del Estado de derecho consolidado tras la dictadura. La polarización política incrementará, y el resentimiento social, derivado de las desigualdades, aumentará al no atenderse las demandas de la población ni canalizarse sus aspiraciones en un proyecto nacional que ofrezca soluciones concretas y alcanzables. La teoría del chorreo y el fanatismo no resolverán estos problemas.
Superar estas desigualdades requerirá políticas sostenidas y deliberadas: impuestos progresivos, regulación del capital, acceso universal a educación y salud, y una efectiva protección laboral. Estas medidas son vistas con recelo por muchas derechas a nivel global.
La lucha por la igualdad material está profundamente ligada a la creación de una cultura solidaria. La educación y la educación cívica, los medios de comunicación y el lenguaje político desempeñan un rol crucial al dejar de promover el éxito individual como el único modelo de valor social, y comenzar a celebrar logros colectivos y la cooperación diaria.
En resumen, se trata de reemplazar la narrativa del mérito aislado por otra que enfatice la corresponsabilidad y el cuidado mutuo, dentro de instituciones que persigan el bien común y prioricen el “nosotros” como base de una vida digna y sostenible.
Hay un amplio espacio para la innovación y la co-creación política que debemos trabajar, ya que las teorías abstractas rara vez se concretan en la realidad social. La cultura solidaria se nutre de espacios donde la acción colectiva genera resultados visibles. Cooperativas, organizaciones comunitarias, sindicatos y redes de apoyo demuestran que lo común puede proporcionar nuevas formas de interacción social, desafiando la cultura del lucro que permea nuestra sociedad.
De estas experiencias surgen aprendizajes sociales, estableciendo la solidaridad como una vivencia y no como un simple imperativo ético. Esta es la tragedia de Chile, porque el neoliberalismo ha fortalecido la disolución de los lazos sociales durante décadas.
Si hay una debilidad en el progresismo y la izquierda, es su creencia errónea de que las acciones bien intencionadas del Estado son suficientes para generar avances. Desafortunadamente, esto no es suficiente; el Estado es solo una parte de un todo mucho más complejo.
El ciclo que se cierra indica que, sin un pueblo comprometido, no habrá cambios significativos. Esta es una lección que la izquierda y el progresismo deben asimilar, pues aunque se han enfocado en disputas políticas dentro de las instituciones estatales, deben reconectar con la realidad. Un pequeño margen en una elección puede afectar los resultados internos de los partidos, pero no tiene impacto en el panorama político en su conjunto.
¿Cómo entonces enfocarse en construir el proyecto político que nos garantice salir de la crisis y superar las injusticias sociales, cuando las circunstancias políticas son difíciles?
Es legítimo y necesario que las fuerzas políticas actuales reevaluen sus diagnósticos, hagan un balance de los años recientes, reconozcan sus aciertos y errores, y se preparen para el futuro.
A partir del 11 de marzo, el objetivo principal debe ser proteger las conquistas sociales logradas en las últimas décadas, recomponer fuerzas y definir un proyecto político unificado y pluralista que articule la fuerza social y política hacia un futuro prometedor. Existen experiencias de convivencia que se han desarrollado en el ejercicio del poder.
Ahora es el momento de demostrar que la convivencia puede ir más allá del poder. Las ideas, el intercambio sincero y los valores deben prevalecer, priorizando lo colectivo por sobre los intereses individuales, y entendiendo que cualquier futuro sostenible debe basarse en la defensa de los derechos humanos y sociales alcanzados. Recuerda, sin un pueblo comprometido, no habrá cambios duraderos.
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