
Estamos a las puertas de una nueva elección presidencial. Las opciones son claras y los nombres para la segunda vuelta también, aunque en este electorado tan variable, siempre puede surgir alguna sorpresa.
Más allá de las preferencias personales, lo crucial es que votemos informados. Sin embargo, al escuchar los debates y las franjas, me preocupa el bajo nivel de discurso de los candidatos. Tanto en contenido como en la forma de expresarse, hay una notable pobreza.
Es evidente que ninguna de las propuestas presidenciales se dirige efectivamente al país. Cada candidato habla para su propia base, y aquellos que intentan atraer a otros votantes lo hacen desacreditando a sus oponentes, a veces incluso recurriendo a mentiras o distorsionando la verdad.
Ya sabemos cómo terminó el mundo tras la frase de Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. El discurso se vuelve agresivo y, en lugar de unir voluntades, contribuye a la separación y división de una sociedad que ha estado marcada por la desconfianza. Aún somos testigos de guerras y genocidios sustentados en mentiras discursivas.
Las palabras crean realidades, y nuestros políticos son conscientes de ello, aunque lamentablemente el discurso electoral no se construye sobre verdades. Pero, ¿se han dado cuenta del pobre nivel de los mensajes? ¿Dónde quedaron aquellos políticos que dominaban el arte de la comunicación?
Los políticos cultos y preparados, capaces de articular discursos coherentes y con argumentos sólidos, parecen ser cosa del pasado. Hoy, las respuestas son vagas y, en lugar de clarificar, confunden con un bombardeo de conceptos sin sentido.
La propuesta de una tesis social y argumentos claros para posicionar ideas brillan por su ausencia. No hay un análisis profundo capaz de inspirar confianza sobre el futuro que deseamos para el país.
Así estamos: este es el panorama y tampoco exigimos algo mejor, porque nos hemos acostumbrado a votar por el “menos malo”. Los electores también somos parte del problema, pues a menudo nos informamos de manera superficial.
Muchos que leen esto probablemente lo han hecho tras ver uno que otro video viral en redes sociales que más que informar, venden pura imagen y emoción. Al final, este fenómeno refleja la sociedad que hemos construido, donde el control de la palabra recae en personajes superficiales cuyas verdades se sustentan en su figura de autoridad, pero no en su capacidad intelectual o moral.
Sin importar su ideología política, la falta de contenido e ideas es generalizada. Lo alarmante es que hace unos años eran una minoría; hoy, parecen ser la norma.
Con Información de www.elperiodista.cl