Periodista y editora internacional.
El Consejo Nacional Electoral (CNE) de Honduras proclamó a Nasry ‘Tito’ Asfura como presidente electo, cerrando una de las contiendas más disputadas en la historia del país, con apenas 0.72 puntos de diferencia frente a su principal oponente, Salvador Nasralla, del Partido Liberal.
Este proceso estuvo marcado por cuestionamientos mutuos, acusaciones, fallos técnicos, conteos paralelos y la cobertura de prensa internacional, además de comunicadores ciudadanos que monitorearon cada votación y cada declaración, todo bajo la supervisión de observadores internacionales. Entonces, ¿qué sucedió en Honduras que, a pesar de las señales de alerta y las medidas implementadas para salvaguardar la transparencia del proceso democrático, Asfura fue declarado ganador 24 días después de las elecciones, mientras cerca del 60% del electorado puso en duda el resultado?
¿Legitimidad cuestionada o soberanía bajo ataque?
Los problemas se gestaron antes del 30 de noviembre. Su ascenso está vinculado a la injerencia abierta de Estados Unidos: el expresidente Donald Trump y otros miembros del Partido Republicano, como la congresista María Elvira Salazar y varios empresarios, lo respaldaron públicamente antes de las elecciones, advirtiendo que «solo trabajarían con él», y amenazando con indultar al expresidente del Partido Nacional de Honduras, Juan Orlando Hernández.
Después de la votación, el colapso del sistema de conteo generó incertidumbre en el país. Nasralla y su partido, Libre, denunciaron constantes casos de fraude. En medio de este caos, Trump ejecutó el indulto, a pesar de que Hernández estaba condenado en Estados Unidos por traficar 400 toneladas de cocaína y armas; mientras tanto, la presión militar estadounidense aumentaba en el Caribe y el Pacífico, inicialmente para combatir el narcoterrorismo y luego para «recuperar el petróleo» en la operación Southern Spear.
Estos eventos destacan la compleja red de intereses detrás de la intervención estadounidense en la región. En el caso hondureño, se suma otro factor que vincula a Trump y Hernández: Próspera, un proyecto tecnocapitalista de la empresa venezolano-estadounidense Honduras Próspera Inc., en Roatán, una zona económica con autonomía, que se desarrolló mientras ambos lideraban sus respectivos países. Su objetivo era crear empleos y atraer inversiones, pero también eludir el control estatal. Sin embargo, con la llegada de Xiomara Castro al gobierno, se derogó la ley que habilitó su funcionamiento; Próspera respondió con una demanda de 11 mil millones de dólares contra el Estado hondureño, lo que podría llevar al país a la bancarrota.
¿Es Honduras el ejemplo más extremo del giro a la derecha en América Latina? Nasry Asfura asumirá el cargo el 27 de enero de 2026, no solo invocado por «la voz del pueblo»; lo hará bajo la atenta mirada de Washington y en un contexto regional favorable, pero también con la desconfianza de una parte significativa de la población. Su mayor desafío será navegar estas peligrosas aguas. Su historia personal como inmigrante exitoso se enfrenta a la cruda realidad de un país donde el poder, el narcotráfico y los intereses geopolíticos se entrelazan, y el desenlace es incierto.
¿Cómo se perfila el 2026?
El año 2026 comenzará sin un centro de gravedad unificado en América Latina. La amenaza del uso de la fuerza y la coerción estratégica en el Caribe, la parálisis institucional y la desconfianza democrática en Centroamérica, así como la competencia entre modelos antagónicos en Sudamérica, incrementan la probabilidad de estallidos sociales inesperados, en un contexto donde actores extra-regionales tienen intereses económicos en esta de las regiones más ricas en recursos naturales del planeta.
Este modelo de ajustes económicos rápidos, como el que implementa Rodrigo Paz en Bolivia, o el realineamiento «democrático» con Washington en Honduras, apoyado por un bloque conservador latinoamericano que aplica medidas similares, podría enfrentar una prueba crítica este año. El éxito o fracaso en gestionar el descontento popular, resultante de estas políticas, determinará la viabilidad y sostenibilidad de este nuevo enfoque, siempre que Trump mantenga el control en Washington. Pero esto será motivo de otro análisis.
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