¿Es necesario preocuparse por el declive demográfico? Un análisis del fenómeno global de la baja natalidad desde la perspectiva de Chile.

Chile, al igual que muchas otras naciones, está experimentando una transformación silenciosa pero significativa: la tasa de natalidad ha disminuido notablemente. Durante el primer semestre de 2025, se registraron solamente 73.966 nacimientos en el país. A primera vista, este dato podría parecer solo una cifra técnica, pero cobra relevancia al compararlo con el mismo período de 2015, cuando nacieron 124.784 niños. En consecuencia, la natalidad en Chile ha disminuido un 40% en solo diez años.

Este descenso ha suscitado preocupaciones en diversos sectores, desde el Ministerio de Salud hasta el Ministerio de Hacienda, generando un intenso debate en los medios y en el ámbito académico. Las razones son evidentes: un menor número de nacimientos implica, a medio y largo plazo, una reducción en la fuerza laboral, menor consumo, menos cotizantes y una mayor presión sobre los sistemas de salud y pensiones. Una población que envejece y se reduce tiene efectos económicos, sociales y políticos que ya estamos comenzando a percibir.

Sin embargo, ¿es realmente tan alarmante esta caída en la natalidad? ¿Deberíamos entrar en pánico ante la perspectiva de un mundo (y un país) con menos habitantes?

De la sobrepoblación al temor por una implosión

Durante gran parte del siglo XX, el miedo predominante era la sobrepoblación. En 1968, el libro La bomba demográfica predecía hambrunas masivas y un planeta incapaz de sustentar a su creciente población. Sin embargo, esa predicción no se materializó. Por el contrario, la producción de alimentos se ha multiplicado, la pobreza extrema ha descendido y muchos países ahora enfrentan el fenómeno de una natalidad en declive.

En la actualidad, dos tercios de la población mundial reside en países que están por debajo de la tasa de reemplazo, es decir, que no generan suficientes nacimientos para mantener su tamaño poblacional. Esto no se limita solo a Europa o Japón; por ejemplo, Bogotá ya presenta una tasa de fertilidad inferior a la de Tokio.

En Chile, la situación es análoga. De acuerdo con proyecciones del Ministerio de Hacienda, la población alcanzará su punto máximo en 2041, con 20,5 millones de habitantes, y luego comenzará a decrecer. Esta disminución ya se refleja en el mercado inmobiliario, en la reducción de matrículas escolares y en un sistema de salud que, paradójicamente, debe adaptarse tanto a la creciente población de adultos mayores como a la falta de nuevos nacimientos.

¿Un país menos poblado es necesariamente más pobre?

No necesariamente. Aunque es verdad que menos personas implican una menor mano de obra y un número reducido de cerebros disponibles, la tecnología y el incremento en la longevidad están redefiniendo las normas del juego. Por ejemplo, la inteligencia artificial puede cubrir parte del déficit laboral. Además, la esperanza de vida saludable ha aumentado: una persona de 70 años en la actualidad posee capacidades cognitivas similares a las de una de 53 años en el año 2000, lo que extiende su vida productiva y alivia parte de la carga.

Japón es un ejemplo claro. Su población ha disminuido durante casi dos décadas, pero su nivel de vida ha aumentado. ¿La clave? Adaptación: automatización, eficiencia y mejor aprovechamiento del capital humano.

Chile tiene la oportunidad y la obligación de seguir este camino. No obstante, para lograrlo es necesario repensar su modelo de desarrollo, eliminando las barreras que impiden la plena participación de las mujeres en el mundo laboral, fortaleciendo el sistema de cuidados, integrando de manera efectiva a los migrantes y dirigiendo la inversión pública hacia una economía menos dependiente del crecimiento poblacional.

El futuro no está predeterminado

Algunos abogan por implementar políticas pronatalistas agresivas, convencidos de que otorgar suficientes incentivos económicos por hijo revertirá la tendencia. Sin embargo, la evidencia a nivel internacional es clara: esto no resulta efectivo o tiene un alto costo. Incluso en países como Hungría, que destina el 6% de su PIB a este tipo de políticas, no han logrado regresar a la tasa de reemplazo. En el mejor de los casos, logran que las parejas adelanten su decisión de tener hijos, pero no que tengan más.

Por lo tanto, el verdadero desafío no radica en detener la caída, sino en aprender a vivir en una sociedad diferente: más longeva, más urbanizada, más diversa y con prioridades renovadas. Una sociedad donde el bienestar no se mida solo por la cantidad de nacimientos, sino por la calidad de vida, la equidad y la sostenibilidad.

Adaptarse a un planeta —y a un país— con menos habitantes no será sencillo, pero es posible. No estamos ante un apocalipsis demográfico, sino ante una transición compleja que requiere políticas inteligentes, planificación a largo plazo y, sobre todo, una perspectiva que combine realismo con optimismo.

Como bien resalta The Economist en un artículo sobre este tema, hay razones para estar atentos, pero no para caer en el pánico.

Con Información de www.elperiodista.cl

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