Por Fernando Abrego, cofundador de Vedata
El 7 de agosto, OpenAI presentó GPT-5, su modelo de inteligencia artificial más avanzado hasta la fecha. La promesa era clara: mayor rapidez, precisión y menos “alucinaciones” —esa palabra elegante que usamos para referirnos a cuando la IA genera información falsa con total seguridad. Y, en términos técnicos, efectivamente lo logra: razona mejor, programa con mayor fluidez, redacta con mayor coherencia y ofrece consejos de salud más útiles.
Sin embargo, lo que pocos anticiparon fue el “vacío emocional” que dejó. Al poco de lanzarse, foros y redes sociales se inundaron con quejas: los usuarios pedían el regreso de GPT-4o, la versión anterior. ¿La razón? Aunque el nuevo modelo es más inteligente, también resulta más frío. “Se siente distante, sin chispa, sin humor”, comentaba un usuario en Reddit. La situación generó tanto revuelo que Sam Altman, CEO de OpenAI, tuvo que prometer la vuelta de 4o, y efectivamente cumplió.
La experiencia de uso ha evolucionado notablemente. GPT-5 ahora determina automáticamente si se requiere una respuesta breve o un razonamiento más exhaustivo, lo que facilita la interacción y optimiza resultados. Además, incorpora un modo de estudio que guía al usuario en tareas complejas, perfecto para el aprendizaje activo. También permite personalizar la experiencia con personalidades predefinidas como “Cínico”, “Oyente” o “Nerd”, e incluye opciones estéticas para cambiar el aspecto del chat. Quizás lo más destacado es que ya no requiere plugins para trabajar con voz, texto e imágenes, ya que la multimodalidad está integrada de manera nativa. Además, se ha integrado con Gmail y Google Calendar, pensado para usuarios Pro que quieren automatizar su agenda y correos.
En las pruebas más rigurosas, GPT-5 superó a sus predecesores en codificación, razonamiento lógico y percepción visual. No solo piensa; ahora también entiende múltiples contextos simultáneamente, con una memoria ampliada de hasta un millón de tokens (equivalente a varios libros completos).
El problema radica en que, aunque ganó en precisión, perdió en calidez. Lo que la gente extraña no son datos, sino la personalidad. GPT-4o contaba con un tono más conversacional y chispeante, más cercano. En cambio, GPT-5 responde como un asistente competente pero monótono, similar a un profesor que sabe todo, pero nunca hace un chiste.
Esto dio lugar a una discusión inesperada: ¿por qué nos importa tanto la “voz” de una máquina? La respuesta reside en la antropomorfización; tendemos a atribuir características humanas a aquellos que se comunican con fluidez, a pesar de saber que son algoritmos. Y cuando estas cualidades desaparecen, sentimos que hemos perdido a un “alguien”.
Un ensayo reciente se refiere a esto como el “fantasma dentro de la máquina”. No hablamos con código; interactuamos con lo que percibimos como un interlocutor, un compañero o incluso un “amigo digital”. Por eso, la pérdida de esa chispa ha sido percibida como un quiebre emocional.
Lo que viene
OpenAI ya ha tomado nota y se comprometió a que GPT-5 presentará una personalidad más cálida y amigable, añadiendo detalles sutiles como respuestas tipo “buena pregunta” o “gran comienzo”. Puede parecer trivial, pero esas micro-expresiones son las que nos hacen sentir escuchados, aun sabiendo que detrás solo hay estadísticas matemáticas.
Al final, GPT-5 subraya un aspecto fundamental: no es suficiente que la IA sea más inteligente; también debe aproximarse más a lo humano en su interacción con nosotros. Porque lo que buscamos no solo es información, sino también compañía, empatía y complicidad.
La tecnología avanza, ciertamente. Pero la gran pregunta que deja este episodio es otra: ¿preferimos máquinas que piensen como doctores… o que conversen como amigos?
Con Información de desenfoque.cl