Académica Escuela de Ciencias Políticas y RRII
Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Junio es conocido como el mes del orgullo, con actividades en universidades, en la televisión y en celebraciones repletas de colores del arcoíris. Desde que tengo memoria, el concepto de “orgullo” ha estado vinculado a disputas políticas, y la marcha-carnaval ha sido criticada por reflejar lógicas liberales e influencias extranjeras. Su liderazgo ha estado en manos de organizaciones cuestionadas, mientras la violencia persiste, dejando poco para celebrar.
Sin embargo, más allá de este debate esencial, solo puedo pensar en la vergüenza. No la de sentirme inferior o querer ocultar algo que me desagrada, sino una vergüenza incomoda. Recuerdo a los 7 años, cuando un niño descalzo me robó el helado que acababan de comprarme. “Él no puede comprar uno”, me dijeron, y agaché la cabeza.
Hace un año, mi hermana Anaclara Vidaurrazaga, quien ya no es pequeña pero tenemos una diferencia de 15 años, fue despedida de su trabajo en el colegio “Ecosistema Arrayán” en Linares. No fue por falta de capacidad o reducciones laborales, sino por su orientación sexual.
Una profesora organizó una salida escolar para ver la obra “El regalo”, que trata sobre homofobia, incluyendo el curso que ella dirigía. Durante la presentación, un personaje masculino mencionó un amor de infancia, lo que provocó la salida de algunos padres de la sala. El resultado fue una carta a la dirección del colegio y el despido de la docente organizadora y de mi hermana, cuya única “culpa” fue llevar a sus alumnos y ser lesbiana, algo que ya era conocido en el colegio.
Al reflexionar sobre esto, rememoro injusticias que he vivido, pero nunca temí perder mi trabajo por amar a alguien del mismo sexo ni reprimí gestos de afecto en público. Siento la misma vergüenza que cuando ese niño me robó el helado por pura necesidad.
Mi hermana fue muy esperada y querida. Cuando era pequeña, ella jugaba vendiendo huevos imaginarios y nosotros le pagábamos con besos. Recordar eso me avergüenza del país en el que vive y del privilegio que he tenido de ser quien soy. Ella no es la única; todos los días hay personas como Isabeles, Emmas, Borises, Eves, Fernandos y Ells, que se ven obligados a adaptarse y cuidar sus palabras para protegerse. Cada día hay Samueles, Nicolaces y Damianes que luchan por sentirse cómodos en sus cuerpos, teniendo que justificar su lugar en el mismo espacio que yo habito.
Entiendo la importancia de reivindicar el orgullo. Tal vez para aquellos que crecieron enfrentando miradas de juicio, llegar al punto de decir “no me importa lo que piensen, esto soy yo” es gratificante. También comprendo las críticas, ya que celebrar es complicado cuando la violencia es una realidad diaria, y los derechos individuales se discuten como si fueran asuntos ajenos a problemas colectivos, especialmente cuando las organizaciones a la cabeza tienen historias de agresión patriarcal y autoritaria.
Puedo entender tanto el orgullo como la rabia. Pero en este mes, en el que mi hermana -la misma que repartía huevos invisibles- se enfrenta a un despido solo por amar a otra mujer, lo único que siento es vergüenza.
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