Las elecciones del domingo 16 de noviembre presentan un dilema para nuestro país: ¿deberíamos continuar en el camino del progresismo, con sus avances, a pesar de algunas críticas y fracasos? Estos avances han beneficiado a la sociedad en general, especialmente a aquellos sectores más golpeados por las fuerzas empresariales y la postura negacionista que hoy abrazan ciertos ideales ultraderechistas que amenazan con desmantelar los logros alcanzados.
Quizás ya es demasiado tarde para considerar que el cambio de gobierno podría haber sido diferente, ya que estamos experimentando un momento histórico que revela cómo hemos alimentado la mentira y dado cabida a la ultraderecha, la cual se prepara para lanzar su ataque. La diferencia entre un error y una mentira es clave: cuando alguien miente, lo hace con plena conciencia para manipular una situación, como afirman Ximena Vidal y Humberto Maturana en «La Revolución Reflexiva». Esta es la cuestión que debemos resolver para el 14 de diciembre.
El análisis de Antonio Cortés Terzi en 2003 señala que el progresismo en Chile ha descuidado la dimensión cultural de la política, lo que ha supuesto un costo significativo: el crecimiento de una hegemonía cultural conservadora, junto con la fragmentación y debilidad de las culturas progresistas. Además, no se ha observado adecuadamente la transformación de los estilos de vida, en relación con la revolución del consumo, que permite un desarrollo de los derechos y deseos individuales, como indica Gilles Lipovetsky en «La Era del Vacío».
No permitamos que la desesperanza nos embriague, ya que debemos involucrarnos en este proceso, que no será fácil, para ayudar a aquellos que aún ven nublado el paisaje actual de mejoras sociales y derechos en Chile. Nuestra realidad y confianza están en juego: es una ruleta, y no queremos que los «verdaderos chilenos» se lleven el premio mayor, como lo hicieron con el proceso de cambio constitucional. Un aspecto positivo de la reciente elección es que los grupos ultraconservadores no lograron el control total del Congreso, aunque aún sentimos una inquietud en nuestra democracia.
Estamos enfrentando cambios epocales que hemos ignorado, llevándonos a una contienda caótica, con propuestas que siembran miedo y nos dejan al borde del abismo. La desilusión de nuestros ideales ha generado más angustia y pesimismo, como señala Gilles Lipovetsky. Levantarnos será complicado, ya que debemos reconstruir la confianza y señalar a los responsables de la ruptura entre lo político y lo social, entre los ciudadanos y el poder. La historia es cíclica, y las vueltas suelen ser dolorosas.
Aristóteles dijo que asegurar el bienestar de una persona es bueno, pero asegurar el bienestar de una nación es algo mucho más noble y divino. Esa debe ser nuestra convicción al final del día.
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