Desde RomanSpace, México
La transformación política del antisemitismo
Hubo un periodo —aunque no tan remoto como puede parecer, pero sí lo suficiente para generar malestar— en el que el antisemitismo se definía de manera relativamente clara. Designaba un odio reconocible, con un objeto bien definido y consecuencias tangibles: la exclusión social, la persecución política, la violencia física y el exterminio de los judíos. Era un término significativo y al mismo tiempo estable, comunicando algo verificable sobre quien lo ejercía.
Este periodo ha llegado a su fin.
Una frase de Joseph Sobran, vinculado al conservadurismo estadounidense, captura este cambio con una ironía mordaz: “Un antisemita solía ser alguien que odiaba a los judíos. Hoy en día, es alguien a quien los judíos odian.” Más allá de su provocación, esta frase señala algo que raramente se expresa abiertamente: el término ha dejado de ser un descriptor de actitud para convertirse en una señal de posición dentro de una relación de poder. Y este poder, antes de manifestarse en instituciones o acciones, aparece en el lenguaje, en la forma en que se nombran, y limitan, las realidades.
Este cambio tiene implicaciones significativas. Donde antes el antisemitismo servía como diagnóstico de una enfermedad social, hoy funciona, cada vez más, como un mecanismo de control político del discurso. Deja de identificar el odio; comienza a gestionar la legitimidad. No protege a individuos; protege conductas. En vez de describir una ideología, impone una perspectiva.
Este fenómeno no es meramente fruto de confusión o retórica arbitraria. Responde a una necesidad concreta: immunizar ciertos actos políticos y militares ante la crítica, vistiéndolos con el lenguaje de la memoria histórica y del trauma absoluto. Así, el término antisemitismo se convierte en un escudo moral preventivo, y no en una herramienta analítica.
El resultado es una inquietante paradoja. Cuanto más se expande el significado del concepto, menos capaz se vuelve de cumplir su propósito original. Al abarcar todo, pierde su capacidad discriminatoria. Al emplearse para silenciar debates políticos, pierde eficacia para señalar el verdadero odio cuando este emerge.
Lo que surge, por tanto, no es un incremento del antisemitismo clásico, sino una redefinición política del término. Esta mutación acompaña —y facilita— un cambio más profundo: el paso de un sujeto históricamente vulnerable a un actor pleno en capacidad de ejercer poder. Cuando esta transformación se materializa, el lenguaje también se adapta. No para describirlo, sino para volverlo impronunciable.
El escudo de la “víctima eterna”
“Todo tiene su tiempo,
y hay un momento para cada cosa bajo el cielo.”
— Eclesiastés 3:1
La redefinición política del antisemitismo no ocurre en un vacío. Se apoya en una premisa fundamental, tan arraigada que rara vez se enuncia explícitamente: la concepción del judío como víctima histórica perpetua. No como un pueblo que ha padecido —hecho innegable—, sino como sujeto cuya identidad política está fijada, a pesar de las advertencias históricas, en esa condición.
El axioma es simple y efectivo. Si un actor es fundamentalmente víctima, toda violencia que ejerza solo puede interpretarse como defensiva, reactiva o accidental. Nunca como un proyecto, nunca como política, ni como ejercicio soberano del poder. Bajo dicha lógica, la discusión sobre la proporcionalidad, la intención o la continuidad histórica pierde validez. No se argumentan actos, se juzgan intenciones atribuidas al crítico.
Este mecanismo político tiene una consecuencia notable. Al posicionar al judío exclusivamente en el rol de víctima, se le niega —paradójicamente— su capacidad de actuar como un agente histórico pleno. Se le despoja de responsabilidad para protegerlo de la culpa. La violencia que ejerce no se examina; se exime. La que sufre no se contextualiza; se absolutiza. La historia queda congelada en una única imagen.
Sin embargo, toda identidad inmutable acaba sirviendo a un propósito más allá de la memoria. En este caso, actúa como un escudo narrativo. Un pueblo definido solamente por su sufrimiento pasado queda, por definición, excluido de ser percibido como una potencia presente. Y cualquiera que intente hacerlo incurre, automáticamente, en una falta moral.
La pregunta incómoda, entonces, no radica en si el pueblo judío ha sido víctima —esa es cuestión de evidencia histórica—, sino en si esa condición puede transformarse en un atributo ontológico perpetuo, inmune al paso del tiempo y a los cambios de entorno político. ¿Puede una historia de persecución convertirse en una licencia interpretativa ilimitada? ¿Puede el trauma operar como un certificado de inocencia perpetua?
Este es el punto de inflexión. Y es aquí donde el archivo empieza a incomodar.
El archivo incómodo
“Los judíos hirieron a todos sus enemigos a filo de espada, matando y destruyendo; hicieron a sus adversarios lo que quisieron.”
— Libro de Ester 9:5
La escena es bien conocida, pero raramente leída en su totalidad. El relato del Libro de Ester suele presentarse como una narración de astucia política y salvación providencial: un complot frustrado, una reina que interviene a tiempo, un pueblo que evita su aniquilación. Esa versión es funcional y tranquilizadora. Sin embargo, no es el final del texto, sino solo su antesala.
El desenlace bíblico es mucho menos acomodado. Con respaldo legal del poder persa, los judíos llevan a cabo una masacre sistemática de sus enemigos en las provincias del rey Asuero. El texto establece la cifra —setenta y cinco mil muertos, más los ejecutados en Susa— con una precisión que no busca justificación ni contexto. No hay tono defensivo ni arrepentimiento posterior. No es una metáfora ni un desbordamiento retórico. Es una violencia llevada a cabo, autorizada y completada.
Ese resultado no se archiva en silencio ni se diluye en explicaciones morales posteriores. Se institucionaliza. El texto ordena que esos días sean recordados “de generación en generación”, y de este mandato surge Purim. No como un recordatorio del sufrimiento, sino como una celebración del triunfo. Purim conmemora no solo la evasión del exterminio, sino también —y esto es inseparable— la eliminación de los enemigos. No es una liturgia de duelo, sino de victoria. El recuerdo no se organiza alrededor de la herida, sino en torno al reordenamiento efectivo de la relación de poder.
Nada de esto constituye una anomalía dentro del archivo judío. Al contrario, se inscribe en una tradición más amplia en la que la violencia no se presenta como una negación de la identidad, sino como una de sus formas históricas de expresión al existir poder, legitimidad y horizonte político. Mucho antes de Ester, la Biblia hebrea ya había incorporado la conquista y el exterminio como lenguajes normales de la historia.
En el Libro de Deuteronomio, la violencia se legisló. “No dejarás con vida a nada que respire” no es una hipérbole poética ni una licencia literaria; es una orden. La aniquilación deja de ser un exceso para convertirse en un procedimiento. La moral no suaviza la orden: la orden redefine la moral. La violencia se integra así a una pedagogía del poder y de la supervivencia colectiva.
En este contexto, Amalec no aparece como un enemigo circunstancial, sino como el enemigo ontológico, cuya existencia misma resulta intolerable. En el Primer Libro de Samuel, Dios instruye a Saúl: “Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene; no te apiades de él.” El mandato no admite matices. No hay espacio para la proporcionalidad ni para la clemencia. Cuando Saúl preserva parte del botín y deja con vida a su rey, su error no consiste en haber matado, sino en no haber matado lo suficiente. La moderación se convierte en pecado; la aniquilación incompleta, en desobediencia.
Este patrón se repite en el Libro de Josué, en la conquista de Jericó: “Y los destruyeron a filo de espada, todo lo que en la ciudad tenía aliento; no dejaron a nadie con vida.” Aquí no hay defensa ni reacción a una amenaza inmediata. Hay conquista territorial con legitimación divina explícita. El pueblo judío aparece como un agente colonizador armado, ejecutor de un orden que se impone por la fuerza y encuentra justificación en un mandato.
Leídos en continuidad, estos textos desmantelan una ficción posterior: la noción de que la violencia judía ha sido siempre reactiva, excepcional o forzada por circunstancias extremas. El archivo muestra lo contrario. Cuando hay promesa de soberanía —o cuando esta se ejerce— la violencia se organiza, se gestiona y se normaliza como un instrumento legítimo de la historia. No se oculta. No se niega. Se transmite como enseñanza.
Siglos después, en el Primer Libro de los Macabeos, esta lógica resurge de otra manera. La revuelta armada contra el poder seléucida no se recuerda como tragedia, sino como liberación. La espada no es un recurso lamentable; es la base de la soberanía recuperada. De esta victoria nace Janucá, otra festividad cuya narrativa espiritual a menudo eclipsa su núcleo histórico: la violencia exitosa como cimiento del orden restituido.
A esta historia de violencias externas se suma una dimensión aún más incómoda y raramente mencionada: la violencia interna. La historia judía no es una secuencia armoniosa de unidad frente a un enemigo, sino una densa trama de conflictos entre facciones, sectas y proyectos incompatibles. El periodo del Segundo Templo está marcado por guerras civiles, purgas y asesinatos políticos. Fariseos, saduceos, zelotes y sicarios no solo discuten sobre interpretaciones de la ley: se matan entre sí. Flavio Josefo describe a Jerusalén no solo asediada por Roma, sino desangrada desde dentro, con judíos matando a otros judíos en nombre de visiones opuestas de poder, ley y legitimidad.
Este dato no contradice la tradición; la complementa. Muestra que el conflicto no es una anomalía externa, sino una dinámica recurrente de una comunidad marcada por la soberanía, la norma y la disputa por el orden. La violencia no solo se manifiesta como respuesta al perseguidor, sino también como un mecanismo interno de definición política.
Leído sin omisiones, el archivo es claro. La tradición judía abarca no solo la persecución y el exterminio sufridos, sino también la conquista, la aniquilación ejercida, la violencia normativa, la violencia fundacional y la violencia entre hermanos. No oculta. No suaviza. Lo registra.
Por tanto, el problema no radica en el texto. El problema es la lectura selectiva que decide qué partes pueden ser recordadas y cuáles deben permanecer no dichas.
El nuevo antisemitismo como censura del poder
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!”
— Libro de Isaías 5:20
La exploración del archivo no es un ejercicio erudito ni una provocación retrospectiva. No busca reescribir la historia ni redistribuir culpas morales. Cumple una función más precisa, y por ello más incómoda: revelar aquello que hoy no puede ser dicho sin reprensión. Porque el verdadero problema contemporáneo no es la existencia de esos textos —que siempre han estado ahí—, sino la creciente imposibilidad de nombrar lo que implican sin ser desplazado al terreno de la sospecha moral.
En ese punto preciso, el término antisemitismo deja de funcionar como una categoría descriptiva y se convierte en un dispositivo de cierre. Ya no identifica un odio discernible; indica una posición discursiva inaceptable. La importancia radica más en el hecho de enunciar que en lo que se dice. El lenguaje se anticipa al argumento para desactivarlo.
Así, el reconocimiento del pueblo judío como un actor histórico completo —capacitado para ejercer violencia, establecer soberanía, administrar fuerza y disputar poder tanto internamente como externamente— se vuelve, por definición, ilegítimo. No por ser falso, sino porque quiebra el axioma sobre el cual descansa toda la arquitectura moral contemporánea: el de la víctima eterna.
Esta operación es tan eficiente como silenciosa. La descripción de una relación de poder se traduce automáticamente en animosidad identitaria. La crítica a una política específica del Estado de Israel se reinterpreta como odio étnico. El análisis histórico se desnaturaliza en patología moral. El lenguaje deja de ser herramienta para pensar la política y se convierte en un medio de disciplina del discurso.
En esta transformación, el antisemitismo se convierte en una categoría expansiva, elástica, capaz de absorber cualquier enunciado que no se ajuste a la narrativa única del sufrimiento perpetuo. No importa la evidencia, el archivo o la genealogía del argumento; lo que cuenta es haber tenido el valor de leer hasta el final. El archivo no se refuta, se vuelve impronunciable.
Este es el punto en que el concepto deja de proteger a personas concretas —judíos reales, que aún enfrentan odio real— y empieza a resguardar políticas, decisiones y estructuras de poder. Ya no cumple su función primordial de alerta frente a la deshumanización, sino que se convierte en un escudo preventivo frente a la crítica. Al hacerlo, despoja de sentido su función original y, paradójicamente, debilita su capacidad para señalar el verdadero antisemitismo cuando realmente surge.
La paradoja es profunda. Un término creado para denunciar la deshumanización termina siendo utilizado para deshumanizar al disidente, relegándolo a una caricatura moral antes de que su argumento sea siquiera considerado. El lenguaje deja de distinguir; inmuniza. Ya no describe la realidad; la gestiona.
Nada de esto sería factible sin la previa amputación del archivo. Sin la exclusión sistemática de los episodios que muestran al pueblo judío ejerciendo violencia, soberanía y poder —tanto contra otros como entre sí—, la acusación perdería eficacia. La censura contemporánea no se sustenta en el olvido, sino en una memoria selectiva, cuidadosamente administrada, que decide qué fragmentos de la historia pueden ser recordados y cuáles deben permanecer fuera de la escena.
Por esta razón, el llamado “nuevo antisemitismo” no se configura como una ideología coherente ni un movimiento identificable. Es una técnica discursiva. Una forma de cerrar el debate antes de que este comience. Un mecanismo para declarar ilegítima toda interpretación que se niegue a congelar la historia en una única posición moral.
Aceptar que un pueblo puede haber sido víctima en un periodo y ejercer violencia soberana en otro no es odio. Es historia. Reconocer que una tradición puede haber sufrido exterminios y, al mismo tiempo, haber practicado la aniquilación no es antisemitismo. Es lectura completa del archivo.
La definición ha cambiado porque la posición ha cambiado. Y cuando el poder se desplaza, el lenguaje siempre se apresura en hacer invisible ese cambio.
Ahí reside la trampa. Y ahí, también, la razón por la cual hoy se denomina antisemitismo no al odio, sino al acto de nombrar el poder como poder.
Con Información de desenfoque.cl