El organismo que señala a otros de comportamiento parasitario.

Cristián Valenzuela tituló su columna “Parásitos” en La Tercera, dirigiendo su crítica hacia operadores políticos y funcionarios públicos que, según él, se benefician del Estado sin ofrecer valor a cambio. Esta denuncia moralista, sin embargo, se vuelve un reflejo de su propia situación. De acuerdo a su propia definición, él también forma parte del ecosistema que condena.

Valenzuela ha construido su carrera bajo el amparo del poder político y estatal. Como abogado de la Universidad Católica, exdirigente gremialista, asesor legislativo, exjefe de gabinete y académico en una universidad privada con fuertes lazos políticos, además de operador profesional de la derecha, su influencia no proviene de logros individuales ni del sector privado, sino del mismo aparato político que hoy critica por ser parasitario.

Fue jefe de gabinete de Rodrigo Álvarez, un diputado y ministro en el primer mandato de Piñera; colaboró en la Fundación Jaime Guzmán, un laboratorio ideológico del gremialismo; participó en las campañas presidenciales de Lavín, Golborne y Kast; y actualmente dirige Ideas Republicanas, un think tank del Partido Republicano financiado en parte por recursos públicos o donaciones con exenciones tributarias.

Valenzuela vive de la política: la analiza, la formula y la comunica. No produce, maneja poder. Esto no es intrínsecamente condenable, pero sí lo es cuando se usa para predicar superioridad moral. Es sencillo criticar a los “parásitos del Estado” desde un escritorio, cobrando un salario público o disfrutando de la visibilidad que proporciona la maquinaria institucional que se critica.

Su rol como principal consejero de José Antonio Kast lo respalda: es el intelectual detrás del relato, el autor de los mensajes y el arquitecto del discurso sobre orden, patria y mérito. En resumidas cuentas, es un operador político, precisamente lo que dice detestar.

Valenzuela encarna ese doble rasero característico del nuevo moralismo conservador: condenar los privilegios ajenos sin cuestionar los propios; abogar por la austeridad mientras se nutre del mismo sistema que critica; y señalar a otros como parte del “Estado gordo” mientras avanza en su propia carrera y poder dentro de él.

El verdadero problema no radica en ser parte del engranaje político —la democracia requiere operadores, asesores y técnicos—, sino en pretender estar por encima de él.

Si vivir de la política, influir en decisiones públicas y mantener redes de poder sin rendir cuentas equivale a parasitismo, entonces Cristián Valenzuela no es un cazador de parásitos: es uno de ellos. Un parásito con formación, discurso y programa de televisión, pero un parásito al fin y al cabo.

Con Información de www.elperiodista.cl

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