Impacto de la política de “cuidado alternativo” en la vida psíquica de niños y adolescentes
Por Claudia Molina B.
Artículo de análisis sobre infancia y salud.
Crecer en una residencia no es un paréntesis neutro en la vida de un niño; es una vivencia que influye en su forma de relacionarse, confiar y experimentar el mundo. Este artículo analiza el efecto emocional de la institucionalización infantil en Chile y cómo las decisiones, y a menudo las omisiones, de la política pública dejan marcas duraderas en la vida de niños, niñas y adolescentes.
Desde pequeños, los niños aprenden quién está presente y quién no. Reconocen si alguien responde a su llanto, si hay un rostro conocido al despertar, si se cumplen las promesas de “mañana”. En una residencia, esa certeza es rara vez una realidad. Los adultos cambian constantemente, los nombres se confunden y las despedidas carecen de explicación. Para el sistema, es organización; para el niño, es una experiencia de cuidado inestable donde el afecto puede desaparecer sin aviso. Así, se forja una manera de existir marcada por la alerta constante, la adaptación forzada y, a menudo, el silencio.
Cuidado intermitente: un apego frágil
La evidencia sobre el desarrollo infantil es clara: los niños requieren adultos disponibles, sensibles y estables para construir una seguridad emocional. Esto no es un ideal, sino una necesidad básica para el apego, la regulación emocional y la confianza.
La forma en que actualmente se institucionaliza dificulta este proceso desde su diseño. La rotación de cuidadores, los cambios de residencia y la fragmentación de responsabilidades obstaculizan la creación de vínculos protectores. No es sorprendente que la literatura internacional indique una mayor prevalencia de apego inseguro y desorganizado en niños institucionalizados, con efectos que persisten hasta la adolescencia y la adultez.
En términos simples: cuando nadie se queda, el niño aprende a no esperar. Cuando el cuidado es intermitente, la confianza se convierte en un riesgo.
Traslados: aprender a no encariñarse
El traslado rara vez se siente como una decisión técnica. Para el niño, es una pérdida más. Le dicen que debe irse: “será mejor”, “es por tu bien”, “es solo un cambio”. No hay espacio para el duelo. Se despide de un cuidador en quien había comenzado a confiar, de un compañero que conocía su historia, de una rutina que, aunque precaria, ya parecía suya.
Empaca su vida en una mochila. Aprende nuevos horarios, reglas y adultos que le piden que “se porte bien” sin conocer su historia. Aprende nuevamente que nada es permanente, que el afecto no está garantizado y que vincularse puede causar dolor.
Desde fuera, el sistema lo ve como una derivación, pero desde dentro, el niño confirma algo vital: no hay un lugar fijo que realmente le pertenezca. Con el tiempo, muchos dejan de preguntar y de esperar, no porque no necesiten amor, sino porque han aprendido que el apego conlleva costos.

Primera infancia: cuando el daño se produce antes de poder expresarlo
En bebés y niños pequeños, lo emocional no se recuerda, se estructura. Constituye la base sobre la que se organizan el estrés, la regulación y los vínculos. Por eso, la institucionalización temprana es extremadamente perjudicial.
La presencia de lactantes y menores de tres años en residencias no debe ser un detalle administrativo, sino una señal de alerta ética. En esta etapa, la falta de una figura estable no se manifiesta en tristeza visible, sino en alteraciones más profundas y silenciosas como dificultades en la regulación emocional, hipervigilancia, reclusión o desorganización emocional.
Cuando el Estado normaliza que bebés crezcan en sistemas de cuidado rotativos, acepta un costo que la evidencia muestra como extremadamente dañino. No es solo una medida transitoria, sino una intervención que deja huella.
La audiencia judicial: repetir para ser creído
La audiencia es fría. El niño se sienta ante adultos desconocidos, en un lenguaje que no es el suyo. Le piden que narre lo sucedido, una y otra vez. A veces lo hace por tercera, cuarta o quinta vez. Cada adulto formula preguntas ligeramente diferentes, busca coherencia, evalúa gestos y mide silencios.
El niño aprende rápidamente que su relato será observado, juzgado y cuestionado. Debe recordar hechos que preferiría olvidar con precisión. Si se equivoca, contradice o se fatiga, su historia puede perder valor.
Para el sistema, es un proceso legal adecuado. Para el niño, es una revictimización. Cada repetición no sana, sino que reabre heridas. Cada audiencia no protege, sino que expone. Así, la institucionalidad que se dice cuidar termina por enseñar una lección peligrosa: que hablar duele y que el silencio puede ser más seguro.
El egreso: cumplir 18 es similar a un abandono
El egreso no siempre tiene un ritual. A veces, es simplemente una fecha. Se cumplen los 18 años y la residencia ya no es una opción. El discurso cambia abruptamente: se espera autonomía, responsabilidad y un proyecto de vida, pero nadie enseña a sostenerse cuando nunca hubo un fundamento sólido. El joven sale con una carpeta de documentos, tal vez un bolso y una historia marcada por la institucionalización. Se le exige independencia sin haber garantizado estabilidad, y se le pide madurez a quien pasó su infancia adaptándose a decisiones ajenas.
Para muchos, el egreso se siente como una repetición del abandono original, pero con otro nombre. Ya no hay medidas de protección, ni cupo, ni un adulto responsable. El Estado, que estuvo presente de manera fragmentada durante años, se retira de manera abrupta. El cuidado fue temporal, pero las consecuencias perduran.
La institucionalización no es neutral: es una decisión emocional
A veces, el debate público se reduce a la pregunta incorrecta: “¿Residencias sí o no?”. La pregunta adecuada es: ¿qué tipo de experiencia ofrecemos cuando el cuidado se vuelve institucional, rotativo y sin continuidad afectiva?
Las decisiones políticas no son neutrales. Definir cupos sin asegurar vínculos es definir daño. Prolongar medidas sin un proyecto de egreso es perpetuar la incertidumbre. Permitir traslados como practica habitual enseña que nadie permanece.
¡Lo emocional también es política pública!!
Cuando un Estado institucionaliza a un niño, no solo le brinda un lugar donde vivir, lo transforma. Modela su forma de confiar, de pedir ayuda, de relacionarse y de imaginar su futuro. Por eso, las acciones y omisiones en política pública tienen repercusiones que no siempre se ven en estadísticas, pero que se evidencian a lo largo de los años en biografías fracturadas.
Chile, en su contexto post-electoral y tras las promesas, necesita plantearse una pregunta incómoda: ¿qué infancia estamos creando cuando el cuidado se organiza sin estabilidad emocional? Y aún más, ¿cuánto de este costo estamos dispuestos a seguir considerando “inevitable”?
Porque la institucionalización puede quedarse en el papel, pero en la realidad de los niños, sus efectos perduran.
Con Información de factos.cl