El fenómeno del populismo: Análisis de los factores que influyen en el comportamiento electoral.

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Desde RomanSpace, México

La política tras la empatía

La abrumadora victoria de la ultraderecha en las elecciones presidenciales chilenas no debe ser interpretada, como afirman algunos análisis apresurados, como un cambio drástico. Es, en realidad, una confirmación. Una validación de una tendencia que se ha ido consolidando en las democracias occidentales durante más de una década, sorprendiendo únicamente a aquellos que ven la política como un acontecimiento aislado, en lugar de como una reorganización fundamental del sentido común. Chile no ha iniciado nada nuevo; simplemente ha llegado, en un momento incómodo, a un punto por el que otros ya han pasado.

La inmediata tentación es atribuir este resultado a un fallo puntual: una campaña ineficaz, una candidata inadecuada, un ambiente emocional negativo. Esto sería una manera de mantener viva la ilusión de que el orden anterior sigue estando a nuestro alcance. Es una justificación comprensible, pero errónea. Las sociedades no cambian de manera abrupta sin una acumulación previa de frustraciones, adaptaciones y renuncias. Cuando la ultraderecha obtiene la victoria, no irrumpe: consolida. No rompe un equilibrio; revela que dicho equilibrio ya no existía.

Aún así, es crucial hacer una distinción. En los países donde esta tendencia aún no ha llegado a dominar, es posible contemplar alternativas como opciones estratégicas, como disputas abiertas con resultados indeterminados. En aquellos donde ya se ha consolidado, esa alternativa deja de ser una preferencia ideológica y se convierte en una necesidad de acción. No actuar ya no es prudente; es una aceptación pasiva del nuevo orden.

El progresismo, la centroizquierda y la izquierda han reaccionado ante este desplazamiento con una reacción conocida: más sensibilidad, más educación, más promesas. Han mejorado su capacidad para narrar el sufrimiento cotidiano— los salarios que no alcanzan, el alquiler inalcanzable, las deudas crecientes —pero no han conseguido convertir esas narraciones en estructuras de acción. Escuchan mejor que nunca, pero actúan menos que nunca. Han confundido la empatía con poder y la presencia simbólica con capacidad de transformación.

Este error no es moral ni comunicacional. Es operativo. La política se ha acostumbrado a representar la realidad en lugar de organizarla. Mientras tanto, la vida diaria continuó funcionando como un sistema opaco: cada problema vivido en soledad, cada ajuste tolerado como un destino personal, cada fracaso internalizado como una culpa propia. En ese terreno fragmentado, la ultraderecha no necesitó ofrecer soluciones; solo tuvo que señalar culpables.

El problema subyacente no es que la gente haya “votado incorrectamente” o “en contra de sus intereses”. La cuestión es que lo hizo dentro del único marco de acción que percibía como disponible. Cuando la política no logra organizar la experiencia compartida, el voto deja de ser una herramienta de cambio y se convierte en un gesto defensivo. No expresa un proyecto; expresa un límite.

Este texto se basa en esa incómoda realidad. No se trata de volver a denunciarla, sino de avanzar más allá. Si la tendencia ya está confirmada, insistir en las mismas respuestas no es coherencia; es inercia. Y cuando la inercia gobierna, otros —menos escrupulosos, pero más eficaces— se encargan de gestionar la realidad en su lugar.

Cuando la vida cotidiana se “escucha” pero no se organiza

Durante las últimas décadas, el progresismo ha desarrollado una habilidad que presenta como virtud política: aprender a escuchar. Ha incorporado el lenguaje del daño, afinado su sensibilidad hacia las formas contemporáneas de precariedad y perfeccionado una retórica de cercanía que, en contraste con el tecnocratismo frío de los años noventa, parecía un avance civilizatorio. Sin embargo, ese aprendizaje se detuvo a medio camino. Escuchar no se tradujo en organización; comprender no dio lugar a intervenciones. Y hay algo en ese desajuste que provoca incomodidad: la acción de escuchar ha sido progresivamente objetivada, convertida en un método, en una especie de tecnología política—la escucha—tratada como si pudiera garantizar corrección o legitimidad aunque no condujera a ninguna acción ni produjera consecuencias materiales.

Esta deriva coincidió con un cambio más profundo: la transformación de la vida cotidiana en un objeto narrado, pero no estructurado. Los costos de vida—salarios insuficientes, alquileres inasequibles, deudas persistentes, tiempo expropiado—se volvieron omnipresentes en el discurso político, pero siguieron ausentes como campo de intervención real. Se los describe con creciente precisión, pero se los aborda como una suma de experiencias individuales, no como un sistema que organiza ganadores y perdedores de forma estable.

La paradoja es clara. La vida cotidiana no necesita traducción ideológica: se impone por repetición. No requiere pedagogía porque ya es vivida. Y, sin embargo, esa experiencia compartida permanece fragmentada. Cada persona enfrenta lo mismo como una experiencia individual: la inflación como torpeza personal, el alquiler como un fracaso biográfico, la deuda como una culpa privada, el agotamiento como una incapacidad subjetiva. El triunfo más eficaz del neoliberalismo no fue convencer, sino individualizar el sufrimiento.

La política progresista, al escuchar sin reorganizar, acabó reforzando esta fragmentación. Al registrar el sufrimiento sin transformarlo en capacidad colectiva de acción, consolidó una forma de empatía que acompaña, pero no modifica; que valida, pero no desplaza poder. Así, la vida cotidiana quedó atrapada entre dos gestos estériles: la compasión simbólica de quienes no intervienen y la manipulación identitaria de quienes canalizan el enojo sin resolver nada.

Este es el núcleo del problema. Mientras la política trate la vida cotidiana como relato y no como estructura, el malestar seguirá generando enojo, pero no mayorías. Intensidad emocional, pero sin dirección. La empatía, desunida de la organización, no construye poder: lo posterga. Y ese vacío —entre lo que se vive y lo que se puede hacer con ello— se convierte en el terreno donde otros actores, más eficaces aunque más cínicos, aprendieron a operar.

El salto ontológico

En la crítica política contemporánea, existe un error recurrente: creer que ciertas empresas tecnológicas triunfan por su ideología explícita, por su cercanía con el poder o por la audacia moral —o inmoral— de sus fundadores. En el caso de Palantir, esta lectura resulta inadecuada. Palantir es más relevante por lo que revela que por lo que declara. No como un actor político en el sentido clásico, sino como un síntoma histórico de un desplazamiento más profundo: alguien comprendió antes que la política que el poder contemporáneo no se ejerce representando la realidad, sino modelándola para la acción.

Este entendimiento no es accidental ni puramente ingenieril. Alex Karp no proviene del linaje habitual del Valley. Su formación doctoral en la Universidad Goethe de Frankfurt dejó una huella más profunda de lo que generalmente se reconoce. Allí, dialogando con la tradición de la Escuela de Frankfurt, Karp trabajó en una tesis significativamente titulada Aggression in der Lebenswelt (2002), donde extendía el modelo de Talcott Parsons sobre la agresión, incorporando elementos freudianos y culturales: la jerga, la retórica comunitaria, las pulsiones agresivas que circulan en el mundo vivido. No se trataba de desviaciones individuales, sino de patrones sociales que se pueden leer si se sabe dónde mirar.

Este punto es clave. La Escuela de Frankfurt desarrolló estas herramientas para criticar la dominación, desmantelar la “jerga de la autenticidad”—como la llamó Adorno—y advertir cómo el lenguaje, la cultura y la racionalidad instrumental podían convertirse en vehículos de violencia simbólica. Karp hizo algo diferente con ese legado: lo reinstrumentalizó. Bajo la tutela inicial de Habermas y mamando de su formación con una perspectiva freudiana más cruda, desplazó la crítica emancipatoria hacia un uso técnico-sociológico del análisis cultural. No para liberar, sino para predecir.

Palantir nace de ese giro. Fundada en 2003 junto a Peter Thiel, la empresa adopta implícitamente esa ontología: los datos no son registros neutros, sino extensiones del Lebenswelt. El mundo social se aborda como un sistema de actores, relaciones, flujos, eventos y umbrales donde la agresión, el desorden o la disrupción no son anomalías morales, sino comportamientos que se pueden modelar. El software no persuade ni educa; ontologiza. Habilita la lectura de lo impredecible.

Aquí surge la diferencia decisiva con la política. Representar la realidad —el oficio clásico del progresismo— implica ordenarla a través de discursos, categorías interpretativas y marcos de sentido. Hacerla legible para la acción requiere algo diferente y más incómodo: identificar quién actúa sobre quién, cómo fluyen los recursos, dónde se producen cuellos de botella y cuándo un pequeño cambio desencadena efectos acumulativos. Es una diferencia ontológica, no meramente retórica.

Mientras la política perfeccionaba su sensibilidad y su lenguaje, otros construían sistemas capaces de intervenir en realidades complejas sin necesidad de un consenso previo. Mientras se debatía sobre la inflación, otros estaban modelando precios. Mientras se denunciaba la precariedad, otros diseñaban arquitecturas de endeudamiento. Mientras se invocaban derechos, otros reorganizaban flujos de tiempo, trabajo y renta. La política se quedó con la narrativa; otros se quedaron con el mapa.

Este abandono fue sutil, casi imperceptible. La política delegó la comprensión sistémica en expertos, consultoras, plataformas y aparatos técnico-militares, reservando para sí la dimensión simbólica: la legitimidad, la emoción, la representación. El resultado fue una división del trabajo letal: unos organizan el mundo, mientras que otros lo explican después.

El salto ontológico que es necesario en la actualidad comienza por reconocer esa derrota silenciosa. No para imitar modelos ni glorificar herramientas ajenas, sino para recuperar una capacidad que la política tuvo y dejó atrofiar: pensar la vida social como un sistema antes de intentar transformarla. Palantir no es la solución ni el enemigo central. Es el recordatorio incómodo de que quien define cómo se vuelve legible el mundo define, tarde o temprano, cómo puede ser gobernado.

La vida cotidiana como sistema operativo

Existen razones por las cuales herramientas como Palantir son tan efectivas en contextos donde la política ha fracasado: no operan sobre discursos, identidades o valores, sino sobre la vida cotidiana entendida como un sistema. No como experiencias subjetivas, sino como Lebenswelt estructurable. Lo que Palantir hace con datos—transformar lo disperso en legible, lo caótico en operable—es exactamente lo que la política ha dejado de hacer con la vida diaria.

Desde esta óptica, la vida cotidiana no se compone de experiencias privadas, sino de un sistema operativo. Una arquitectura de tiempos, accesos, dependencias, fricciones y umbrales que organiza el comportamiento social antes de que intervenga cualquier relato. Palantir parte de esta premisa: el mundo vivido puede ser modelado si se identifican actores, relaciones, flujos y puntos de quiebre. La política, en cambio, insistió en narrarlo.

Plantear la vida cotidiana como un sistema operativo implica un giro preciso. No se trata de preguntar qué siente la gente, sino qué hace, qué puede hacer, y qué se le impide hacer regularmente. Cuándo trabaja, cuánto paga, cuánto debe, cuánto tiempo pierde, qué decisiones posterga, qué riesgos evita. Esa regularidad—no la opinión—es el verdadero objeto de gobierno.

Dentro de este sistema, el costo de la vida juega un rol central. No es el único componente, pero sí el más disciplinante. Salarios que disminuyen en poder adquisitivo, alquileres que absorben ingresos totales, precios que se ajustan sin posibilidad de negociación, deudas pequeñas pero constantes: todo esto no solo encarece la existencia, la estructura. Palantir se referiría a esto como flujos y restricciones; la política lo describió durante años como “contexto económico”.

En este núcleo hay actores identificables. Alguien establece precios. Alguien captura renta. Alguien monetiza la precariedad. No como conspiración, sino como el funcionamiento normal de sistemas concentrados. Palantir no moraliza estos comportamientos: los registra. Los convierte en patrones visibles y repetidos, no en excepciones. La política, en cambio, prefirió describir los efectos sin intervenir en la lógica que los produce.

La monetización de la precariedad es un claro ejemplo de esta diferencia. El sistema financiero no necesita salarios altos; requiere ingresos inestables y necesidades constantes. La deuda cotidiana actúa como una tecnología de gobierno suave: integra sin empoderar, incluye sin liberar. Desde una ontología al estilo Palantir, esto no es una falla; es una solución sistémica. Desde la política tradicional, sigue siendo tratado como un problema social difuso.

Pero la vida cotidiana no se reduce al dinero. El tiempo es otro vector clave. Horas perdidas en transporte, trámites interminables, gestiones opacas, múltiples trabajos. El agotamiento no es una percepción: es un resultado del sistema. Palantir llamaría a esto fricción operativa. La política lo denominó “malestar”.

Aquí aparece la diferencia fundamental. Palantir no necesita convencer a nadie de que el sistema existe: lo hace funcionar mejor para quien lo controla. La política progresista, en cambio, intentó disputar el sentido del mundo sin recuperar antes la capacidad de modelarlo. Habló de justicia sin intervenir en los flujos que producen injusticia. Escuchó la vida cotidiana, pero no la volvió legible para la acción.

Tratar la vida cotidiana como un sistema operativo—en el sentido fuerte y ontológico—no es solo una metáfora tecnológica. Es recuperar una capacidad política que se ha vuelto a perder: identificar patrones, intervenir en nodos críticos y generar efectos acumulativos sin requerir adhesión ideológica previa. Mientras eso no suceda, el sistema continuará funcionando. Y otros seguirán gobernándolo.

Cómo se construye poder cuando la ideología ya no ordena la vida

Una de las explicaciones más comunes —y cómodas— del avance de la ultraderecha sostiene que amplios sectores sociales “votan en contra de sus intereses materiales”. Esta fórmula tiene la ventaja de eximir de responsabilidad a quien la pronuncia, pero falla en el diagnóstico. Lo que a menudo se percibe como irracionalidad política es, en realidad, una adaptación racional a un mundo sin coordinación colectiva.

Cuando la vida cotidiana está organizada por un sistema que nadie gobierna explícitamente, las decisiones políticas dejan de ser expresiones ideológicas y se convierten en estrategias defensivas. Se vota para castigar, bloquear, evitar lo peor, proteger una posición cada vez más frágil. No se elige un proyecto; se gestiona un riesgo. En este contexto, hablar de “intereses objetivos” resulta abstracto: lo que existe son trayectorias posibles dentro de un sistema que ya ha marcado sus reglas.

La hegemonía neoliberal no se sostiene porque convenza, sino porque estructura la experiencia diaria. No necesita adhesión doctrinaria; basta con organizar precios, tiempos, deudas y accesos de tal manera que cualquier alternativa aparezca como incierta o peligrosa. La política progresista ha intentado disputar esa hegemonía en el nivel discursivo sin haber recuperado antes la capacidad de intervenir en el sistema que la reproduce. El resultado era predecible: perdió la discusión antes de comenzar.

Este mecanismo se hace especialmente visible en las clases medias. Allí se concentra gran parte del llamado “pánico al populismo”, que se suele describir como miedo cultural o deriva conservadora. Esta lectura también falla en el blanco. El pánico de las clases medias no es una patología moral: es una respuesta sistémica a la pérdida de amortiguadores.

Las clases medias ocupan una posición singular dentro de la estructura de la vida cotidiana. No son las más pobres ni las más protegidas. Su estabilidad depende de umbrales específicos: continuidad laboral, capacidad de pago, acceso predecible a servicios, posibilidad de proyectar a corto plazo. Cuando esos umbrales se erosionan simultáneamente, el miedo no es ideológico: es funcional. No surge cuando la vida se vuelve más dura, sino cuando deja de ser planificable.

Aquí se produce una asimetría política crucial. La derecha populista puede implementar políticas regresivas sin ser percibida como tal, pues su narrativa se presenta como restauradora del orden. La izquierda, incluso al proponer cambios moderados, es vista como una amenaza si no demuestra capacidad operativa para controlar el sistema cotidiano. El populismo, desde esta perspectiva, no se define por su signo ideológico, sino por su efecto sobre la gestión del riesgo.

Por esta razón, una parte significativa de la clase media puede votar a la derecha “para evitar el populismo” sin percibir que en realidad está votando por una versión más eficaz del mismo fenómeno. No por engaño, sino porque reconoce —o cree reconocer— una promesa de previsibilidad. El populismo de derecha no triunfa por resolver problemas, sino por reordenar la percepción del riesgo, simplificando el mundo y desviando la culpa hacia actores visibles.

Este es el punto donde entra el laboratorio de mayoría, no como consigna ni utopía, sino como mecanismo político mínimo. Un laboratorio de mayoría es un entorno de intervención restringido donde se actúa directamente sobre las variables que estructuran la vida cotidiana y se observan efectos reales antes de generalizar cualquier promesa.

En ese laboratorio no se discuten valores; se modifican condiciones operativas. Precios clave, reglas de acceso, tiempos muertos, fricciones administrativas, circuitos de endeudamiento. Cada intervención, al tomarse aisladamente, parece menor. Sin embargo, articuladas como sistema, generan algo que la política ha perdido: previsibilidad.

La previsibilidad es el substituto material de la épica. Cuando los precios dejan de fluctuar de manera arbitraria, cuando el acceso se vuelve transparente, cuando los tiempos se reducen y las reglas se estabilizan, la vida cotidiana deja de ser una administración permanente de la emergencia. Ese cambio no requiere una narrativa heroica; se percibe en la experiencia directa.

El laboratorio de mayoría cumple una función esencial: demuestra. No promete. No convoca a creer. Muestra que otra organización del sistema cotidiano es posible y funcional. Y al hacerlo, reduce el pánico sin enfrentarlo discursivamente. La confianza no se impone: surge como efecto secundario de una vida más gobernable.

La generalización política no proviene de la persuasión, sino del efecto demostración. Cuando una forma de organizar la vida cotidiana disminuye la incertidumbre de forma sostenida, se vuelve replicable. La mayoría no se construye apelando a convicciones profundas, sino acumulando evidencias prácticas.

un resultado estructural.
No se gana convenciendo a la gente para que no tenga miedo, sino haciendo que ese miedo sea innecesario. Cuando la vida vuelve a ser planificable, el voto deja de ser defensivo. Y cuando deja de ser defensivo, la hegemonía neoliberal pierde su principal apoyo: la gestión privada del riesgo colectivo.

Esa es la mayoría que importa. No la que repite consignas, sino la que, en su experiencia cotidiana, reconoce que el sistema ha dejado de jugar siempre en su contra.

Después de la derrota

Las contundentes derrotas electorales tienen una virtud incómoda: obligan a dejar de fingir. Cuando la derrota es clara, no es suficiente atribuir el resultado a errores de campaña, climas desfavorables o malentendidos comunicacionales. Algo más profundo falló. Y lo que falló no fue la falta de buenas intenciones, ni siquiera una ausencia de ideas correctas, sino la incapacidad para convertir esas ideas en una forma organizada de afrontar la vida cotidiana.

Este texto no proviene del lugar del poder, pues ese lugar —en muchos países— ya no existe para el progresismo. Surge desde la perspectiva de la oposición derrotada, que es hoy el único espacio intelectualmente honesto. Desde España hasta Estados Unidos, pasando por América Latina, la escena se repite con leves variaciones: fuerzas progresistas que mantienen el lenguaje, diagnósticos y sensibilidad, pero que han perdido algo más decisivo —la capacidad de generar previsibilidad en el día a día de mayores colectivos fragmentados.

La reacción típica ante estas derrotas es defensiva. Replegarse en identidades, alertar sobre los peligros del autoritarismo, denunciar la irracionalidad del electorado o esperar que el adversario se desgaste.Conducente y comprensible, pero insuficiente. Porque ninguna de esas respuestas actúa en la esfera donde se decidió la elección: la experiencia cotidiana de desorden, riesgo e incertidumbre.

Desde la oposición, la tarea ya no puede ser “explicar mejor” o “convencer con más fuerza”. Tampoco ofrecer promesas abstractas que para muchos suenen como amenazas adicionales. La única alternativa real es reconstruir la capacidad política en aquellas áreas donde aún se puede actuar sin pedir permisos: en la organización concreta de la vida cotidiana, en espacios acotados, verificables, replicables. No para resistir simbólicamente, sino para demostrar que hay otra forma de ordenar el sistema que reduce el miedo que hoy motiva el voto.

Esto es aplicable a la izquierda española, que observa cómo el temor de las clases medias las empuja hacia la derecha en nombre del orden; al progresismo mexicano, que confunde el apoyo popular con la estabilidad futura; y a los demócratas estadounidenses, que han perdido contacto con una clase media que vota contra Trump por miedo, pero no necesariamente a su favor. En todos los casos, el problema es el mismo: la política habla de valores mientras la vida cotidiana se organiza sin control.

Desde la derrota, entonces, la pregunta no es cómo recuperar el poder, sino cómo volver a ser útiles antes de regresar a la credibilidad. Cómo intervenir en precios, accesos, tiempos y fricciones sin control estatal total. Cómo sanar la incertidumbre sin un aire épico. Cómo construir mayorías sin convertir ideologías.

Si el progresismo no logra responder a esta pregunta, continuará perdiendo elecciones y explicando por qué ha fracasado. Si logra hacerlo, la victoria no llegará como redención moral, sino como un efecto secundario de algo más básico: haber vuelto a hacer gobernable la vida de quienes ya no creen en promesas.

No hay garantías de éxito.
Es la única alternativa tras una derrota que ya no permite excusas.

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Con Información de desenfoque.cl

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