El éxito de Kast: análisis sobre la seguridad, el temor y la contienda en torno al sentido común.

Claro, aquí tienes una versión reescrita del contenido:


Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno
Crédito foto: Patricio Muñoz Moreno

La victoria de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales del domingo 14 no se puede considerar un evento aislado ni un simple giro temporal del electorado chileno. Los números son contundentes y no se puede recurrir a explicaciones tranquilizadoras. Kast obtuvo el 58,2% de los votos, superando a Jeannette Jara, quien alcanzó el 41,8%. Ganó en todas las regiones y en más de 300 comunas, con una participación cercana al 85% del padrón electoral. Esto lo convierte en el presidente más votado en la historia de Chile.

Este dato es aún más significativo al considerar el voto obligatorio, implementado nuevamente en el plebiscito de salida de 2022. Desde entonces, el electorado chileno ha votado repetidamente bajo este esquema. La ciudadanía que se expresó el domingo es en gran parte la misma que rechazó el primer proceso constitucional y que ha mostrado una creciente distancia respecto a las interpretaciones tradicionales del progresismo. Kast no triunfó porque Chile haya virado a la derecha, sino porque logró agrupar descontentos bajo una narrativa de protección y control.

Es fundamental señalar que José Antonio Kast no es un extraño en la política chilena. A diferencia de otros políticos similares en la región, su trayectoria no se ha forjado fuera del sistema, sino desde su interior. Fue diputado durante 16 años, entre 2002 y 2018, con una presencia constante en el Congreso y una profunda conexión con la derecha tradicional. Su separación de la UDI no fue un ruptura con la política institucional, sino una escisión estratégica que dio vida a Acción Republicana y luego al Partido Republicano, que hoy es una de las fuerzas más relevantes en el sistema político chileno. Kast supo interpretar mejor que otros el clima actual y creó una herramienta política eficaz para aprovecharlo.

Su triunfo, además, posee un carácter histórico innegable. Kast es el primer presidente electo no solo de la derecha más dura, sino que tampoco ha rompido con el legado de la dictadura de Augusto Pinochet. Ha incluso abierto la posibilidad de indultar a condenados por crímenes de lesa humanidad de esa época, lo cual introduce tensiones profundas en la democracia chilena contemporánea, tanto en términos de memoria histórica como en los consensos éticos que había estructurado la política transicional, con mayor o menor fragilidad.

La campaña de Kast fue, en términos estratégicos, notablemente más moderada que en elecciones anteriores. Su tono se suavizó, redujo la exposición a escenarios comunicacionales de alto riesgo y evitó debatir sobre posiciones incómodas. En cambio, instaló una narrativa simple y repetitiva: Chile enfrenta una emergencia en seguridad y control, que requiere respuestas excepcionales. La idea de un «gobierno de emergencia» resonó con la experiencia cotidiana de la ciudadanía: inseguridad y desamparo.

Las derechas radicales

Esta ambigüedad plantea una cuestión sobre el futuro gobierno que asumirá el 11 de marzo. ¿Estamos ante un proyecto verdaderamente excepcional, dispuesto a desafiar los límites institucionales en nombre del orden, o ante una administración que optará por una gobernabilidad más clásica? Esta pregunta no es retórica, ya que la tensión también se da dentro del propio Partido Republicano. No es un bloque homogéneo; coexisten sectores que impulsan una implementación radical y sin concesiones de su agenda, mirando experiencias como las de Milei, y otros que creen que el ejercicio del poder requiere gradualidad y pragmatismo. Cómo se resuelva esta tensión definirá el tono del gobierno y la estabilidad política del próximo período.

Sin embargo, más allá de las particularidades chilenas, la victoria de Kast se inscribe dentro de una tendencia más amplia de derechas radicales contemporáneas. Su éxito se basa en tres pilares claros: primero, un enfoque absoluto en seguridad y orden, relegando a un segundo plano debates sobre redistribución y derechos sociales; segundo, una narrativa de protección que presenta un Estado fuerte y control de fronteras como respuesta al caos; y tercero, una interpelación directa a sectores que históricamente apoyaron proyectos progresistas: trabajadores, clases populares y jóvenes que ya no se sienten representados por las promesas tradicionales de la izquierda.

Es precisamente aquí donde resulta evidente observar el contrapunto. La izquierda y el progresismo llegaron a esta elección con una candidata popular y reconocida. Jeannette Jara articuló una coalición amplia y coherente, representando para muchos una figura cercana con experiencia de gestión. No obstante, su candidatura quedó fuera de lugar ante un escenario que cambió rápidamente. Kast llegó a su tercera contienda presidencial aprendiendo de sus fracasos anteriores, ampliando su base electoral y convenciendo a un electorado más diverso que en sus primeras incursiones. Jara, por su parte, no logró expandir su apoyo más allá del núcleo duro del progresismo.

A esto se añade un elemento que sigue siendo potente en el imaginario colectivo: el anticomunismo. Este sigue siendo un factor movilizador en amplios sectores del electorado y actuó como un límite efectivo para la candidatura de Jara en el balotaje. No fue el único factor, pero sí relevante en un contexto de alta tensión política.

Sin embargo, reducir la derrota de la izquierda únicamente a factores externos sería un error. Hay responsabilidades internas que no se pueden ignorar. La principal es una mala interpretación del clivaje central de estas elecciones. Mientras una parte significativa de la ciudadanía basó sus decisiones en torno a la seguridad y la economía, la izquierda mantuvo un discurso centrado en derechos sociales y cambios estructurales que, aunque importantes, no lograron conectar con las urgencias del día a día. Es fundamental no abandonar esos principios, sino reconocer que dejaron de ser suficientes como eje articulador de mayorías.

Explicando las derrotas

Desde la derrota del primer proceso constitucional en 2022, la izquierda ha enfrentado una crisis prolongada en su comprensión de la realidad. Tiende a explicar sus fracasos como consecuencias de desinformación o miedo, sin reconocer que su forma de entender el país ha fallado. La dificultad no radica solo en el mensaje, sino en las categorías de análisis aplicadas al malestar social. Mientras la izquierda abordó la cuestión como derechos, un segmento creciente de la población lo hizo desde la óptica de la seguridad. En política, cuando no se nombra adecuadamente lo que la gente vive, otros lo harán.

La derrota de este domingo es, en esencia, una derrota epistemológica y un rechazo a los principios progresistas. No fue por falta de ideas o renuncia a convicciones históricas, sino por crecientes dificultades para producir interpretaciones del presente que organicen de manera convincente la experiencia social. Kast no ganó porque ofreciera mejores soluciones estructurales, sino porque logró articular un marco que dio sentido a miedos y percepciones de desprotección en un contexto de urgencia y control.

Este marco no surge de la nada. Existen crisis reales en seguridad, economía y cohesión social que han sido amplificadas por un relato efectivo de las derechas, especialmente de la derecha radical, que ha implantado la idea de un país en crisis y, con ello, la necesidad de un “gobierno de emergencia”. El gobierno de Gabriel Boric ha tenido que lidiar con un escenario complejo, enfrentándose a dificultades para disputar el marco interpretativo desde el cual se analizan esas crisis, más que ser su causa exclusiva. La disputa perdida fue por el sentido, no solo por la gestión.

En este vacío interpretativo, la izquierda identitaria tiene una responsabilidad que no se puede ignorar. Al priorizar una política centrada en la afirmación de identidades fragmentadas y en gramáticas morales cada vez más complejas, debilitó su capacidad de articular un horizonte común. No se trata de desestimar las luchas por el reconocimiento, sino de reconocer que, al desconectarlas de las condiciones materiales y de experiencias compartidas, la izquierda comenzó a hablar un lenguaje que se distancia de la vida cotidiana de amplios sectores. Esa desconexión erosionó la posibilidad de construir relatos integradores en un contexto marcado por el miedo y la incertidumbre.

La victoria de Kast, por lo tanto, debe entenderse no como una derechización homogénea del electorado, sino como el resultado de una disputa narrativa que favoreció a quien logró ofrecer una lectura simple y emocionalmente efectiva de la realidad. Si la izquierda no asume con seriedad esta crisis epistemológica, reconstruyendo su capacidad interpretativa para abordar lo común sin renunciar a la complejidad, seguirá enfrentando no solo derrotas electorales, sino la incapacidad de influir en cómo el país entiende sus propias crisis y, por ende, su futuro político.

Espero que esta reescritura cumpla tus expectativas. Si necesitas más ajustes o un enfoque diferente, házmelo saber.

Con Información de pagina19.cl

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