
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista y magíster en comunicaciones
Cada día, lanchones son destruidos en el Caribe, supuestamente pertenecientes a narcotraficantes que transportan drogas a Estados Unidos. ¿Son realmente delincuentes? ¿Quién puede confirmar esto? Si lo son, ¿no tendrían derecho a un juicio justo, conforme a la justicia internacional y al estado de derecho?
Se logran acuerdos de paz, se intercambian prisioneros y algunos líderes aspiran al Premio Nobel de la Paz. Pero al amanecer, un nuevo bombardeo en Gaza cobra la vida de decenas de niños, ancianos y mujeres, no de terroristas o guerrilleros. La ciudad queda reducida a escombros. Y ante esto, nos conformamos con un desayuno diario proporcionado por UNICEF. Se habla de una nueva propuesta de paz para Ucrania y Rusia, pero esta se basa en la pérdida de territorio ucraniano, resultando en un acuerdo que solo beneficia al agresor. Esto evoca la ocupación nazi en los Sudetes en 1938. Mientras tanto, civiles que buscan refugio hacia el oeste mueren en los enfrentamientos de Donetsk y Lugansk.
En El Salvador, se practican torturas; en Nicaragua, se establecen dictaduras. En Cuba, la gente ruega por un trozo de pollo en medio de un apagón. Maduro festeja su cumpleaños en un estadio, rodeado de pancartas y gigantografías que lo exaltan, como un Buda, un Führer, o una estrella de Hollywood de los años 50. El presidente argentino grita descontrolado en un concierto de rock, mientras la ex presidenta es aclamada por sus seguidores en su balcón, como si fuese Evita o Néstor.
Los populismos nos acechan y las masas, enojadas, eligen a dictadores o simpatizantes de regímenes oscuros, nostálgicos de fuerzas de seguridad, que son presentados como «salvadores de la patria» por algunos, como si fueran inocentes abuelitas.
Los niños siguen muriendo en Haití y Afganistán; las mujeres son mutiladas en Sudán y Nigeria; los adolescentes caen en las garras de la demagogia religiosa; los africanos son perseguidos en Memphis y Atlanta; y los jueces supremos que viajan con sus financistas a Venecia y Saint Tropez, por pequeños sobornos que aparentemente no afectan a nadie.
Sin embargo, a nadie parece importar. No hay tiempo para estos temas; lo urgente es el día a día, mi salario a fin de mes para pagar el auto, el bienestar inmediato, los placeres rápidos, la serie de streaming que me adormece, el delivery del viernes lleno de basura, la banalidad de la existencia sin ideas ni conciencia, todo atado a la singular utopía del hedonismo individualista y el ensimismamiento.
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