Implementar una reforma educativa como la que se llevó a cabo durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, en el contexto de la “Revolución en Libertad” (1964-1970), fue una tarea monumental.
“Chile en marcha” y “Educación para todos” fueron los lemas de la campaña. Era fundamental abrir las puertas y las aulas a miles de niñas, niños y adolescentes que no contaban con acceso a la educación primaria obligatoria.
La población rural, especialmente los hijos e hijas del campesinado chileno, no sabían leer ni escribir, y sus padres en su mayoría tampoco. Esta misma situación se repetía en las villas “callampas” que proliferaban en las regiones más urbanizadas del país.
Estos niños carecían de un futuro; para una sociedad clasista y explotadora, eran considerados una carga. Solo se utilizaban como mano de obra barata en el contexto de los grandes latifundios dominados por la oligarquía y el sistema feudal de la época.
El nuevo gobierno era consciente de que sin un cambio radical en el sistema educativo chileno, el país jamás podría superar la extrema pobreza y la desigualdad en la que se encontraba sumido.
Por lo tanto, las nuevas generaciones debían ser la prioridad. Para ello, fue necesario establecer un Ministerio de Educación, alineado con las directrices del Ejecutivo.
Los sectores conservadores, particularmente los terratenientes, pretendían mantener a sus “peones” alejados del conocimiento.
La falta de educación los hacía más manejables y conformes, en oposición a la apertura de nuevas escuelas.
Frei Montalva decidió entonces colaborar con una maestra excepcional, la señorita Viñas, quien estaba profundamente comprometida con los niños y niñas.
Inspirada por los versos de Lucila Godoy Alcayaga, la primera mujer latinoamericana ganadora del Premio Nobel de Literatura (1945), siguió el camino trazado en sus discursos, donde enfatizaba que los verdaderos privilegiados debían ser “ellos y ellas”.
El Estado no podía cerrar los ojos ante esta inmensa responsabilidad, lo repetía con insistencia angustiosa desde su cargo como Directora Nacional de Educación Primaria. Había que “revolucionar” el sistema, “cueste lo que cueste” y “duela a quien le duela”.
Se construyeron 6,000 aulas en 1,535 escuelas y se ofreció formación acelerada a 2,700 aspirantes a profesores de educación primaria. La ley 16.617 del 31 de enero de 1967 creó el Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas (CPEIP), donde más de 5,000 egresados de sexto humanidades pusieron en práctica las necesidades pedagógicas de un nuevo Chile en gestación.
La matrícula creció un 43.5% en seis años, pasando de 1,725,302 a 2,477,254 estudiantes. Un papel crucial fue desempeñado por la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB), que brindó apoyo a los escolares en situación de vulnerabilidad con alimentos, vestuario, útiles escolares, becas y otros beneficios esenciales para asistir al colegio.
Reneé, máster en Educación, consejera docente en la rectoría de Edgardo Boeninger en la Universidad de Chile, y luego jefa de gabinete del Dr. Jaime Lavados, quien fue el primer rector en democracia tras 17 años de rectores delegados, vivió para transformar la educación chilena. Nos dejó a los 97 años, habiendo cumplido su promesa: “educar es servir a la humanidad, para eso nací, y por eso morí”.
Es un orgullo que una mujer, una profesora dedicada a la enseñanza, haya logrado tocar el corazón de la gente con su mística, gestión y enorme paciencia. Su ejemplo debe ser seguido.
Chile debe agradecerle, aunque sea tarde.
Con Información de desenfoque.cl