Día de la Ansiedad Social: Reflexiones sobre la autonomía emocional.



Foto de Jeremy Bishop en Unsplash

El 1 de octubre representa una fecha significativa para aquellos que hemos enfrentado la ansiedad social en algún momento de nuestras vidas. Este día nos invita a reflexionar sobre una manera de interactuar con los demás que no es solo timidez, sino que ha restringido nuestras vidas y nos ha privado de la autonomía emocional necesaria para vivir plenamente.

Aún hoy, la ansiedad social, o fobia social, es un tema poco comprendido. La sociedad a menudo la considera un rasgo vergonzoso y menor, algo que no merece atención. Sin embargo, los que la sufrimos sabemos que sus ramifications son profundas.

La ansiedad social es un trastorno caracterizado por un miedo intenso a ser juzgado, criticado o rechazado en situaciones sociales, manifestándose en síntomas como sonrojo, sudoración, taquicardia, temblor en la voz, cefaleas, pensamientos catastróficos y autocrítica extrema. No obstante, considero que va más allá de una mera definición clínica, con un componente político significativo.

Esto significa que la ansiedad social no es solo un trastorno, sino una construcción de la identidad personal influenciada por una percepción de inadecuación y una dependencia del juicio externo. Este trastorno suele formarse en la infancia debido a vínculos afectivos deficientes y a un entorno cultural que valora la imagen y el éxito, dejándonos vulnerables durante la adolescencia.

Mi propia experiencia en la adolescencia y en la universidad fue de sufrimiento y dificultad para desarrollar autonomía ante los demás. Aún hoy, en ciertos contextos, lucho con el deseo de aceptación y la constante sensación de ser evaluado. Esto me lleva a vivir en «piloto automático», desconectándome emocionalmente, lo que actúa como una barrera para alcanzar mayor libertad y bienestar.

El desajuste entre mi autonomía emocional y mi necesidad de aceptación ha creado en mí una narrativa personal rígida. Me cuestiono frecuentemente mis capacidades para alcanzar metas, sintiendo una perpetua insuficiencia, lo que se traduce en evitar situaciones y en un aumento de inseguridad y baja autoestima.

A lo largo de mi vida, he sentido la necesidad de ser un buen hijo, estudiante, deportista, profesional, pareja, conductor y padre. A menudo he evitado enfrentar desafíos, eligiendo renunciar a oportunidades por miedo a no cumplir con las expectativas ajenas.

Por ello, la lucha de quienes padecemos ansiedad social es, en esencia, una búsqueda de autonomía emocional. Esto implica transformar una narrativa construida desde la infancia que, aunque en su momento fue protectora, se ha convertido en una carga. Es imprescindible avanzar hacia una mayor flexibilidad y adoptar nuevas visiones del mundo.

Como menciona Brené Brown, se trata de aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de ocultarla, algo que se nos ha enseñado a hacer, especialmente a los hombres. Tener el coraje de ser amables con nosotros mismos y practicar la empatía y la autocompasión puede ayudar a mitigar la vergüenza que proviene del temor a no conectar con los demás.

No obstante, esta lucha personal necesita ir acompañada de un cambio colectivo. Es vital construir sociedades que abandonen la obsesión por el éxito, la imagen y la competencia, legados de una masculinidad insostenible que, a través de burlas, insultos y exclusiones, agrava el sufrimiento de quienes son más vulnerables al juicio externo.

En conclusión, que este Día de la Ansiedad Social sirva no solo para visibilizar el dolor oculto de millones de personas, sino también para convocar a la sociedad hacia formas de vida más empáticas, compasivas y amorosas. En un mundo donde la conexión digital es omnipresente, pero la soledad y confusión prevalecen, este cambio es más urgente que nunca.

Con Información de pagina19.cl

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