Deidad contemporánea en el entorno urbano.

Por Esteban Escalona

Ayer estaba charlando con Aurélie sobre la necesidad de adquirir un sillón nuevo. Anhelaba volver a mi rincón junto a la ventana, ese lugar donde la ciudad parece cobrar vida ante mis ojos. Desde aquí, contemplo a la señora que llega dos minutos antes del autobús exprés, a la barista que abre a las seis, y a los chicos africanos que se reúnen por la noche esperando el delivery.

Hace dos meses me deshice del viejo. Era sumamente cómodo; cuántas veces me quedé dormido mientras observaba a la gente correr bajo la lluvia intensa o a los vecinos limpiando la nieve en la 34th Street. Sin embargo, ya estaba desgastado. Lo dejé un jueves por la tarde en la acera, como quien se desprende de algo importante que ya ha cumplido su propósito. En esta ciudad, los objetos caen a la calle para que alguien los recoja y continúen su ciclo de vida urbano.

Para reemplazarlo, pensé en comprar uno nuevo en Ikea o tal vez uno de segunda mano en Craigslist, pero me detuve. En Nueva York, no siempre es necesario gastar dinero para conseguir un mueble. El dios de la ciudad provee.

Cuando llegué a este departamento —durante la pandemia— solo traía una mochila, mi cafetera de espresso y una maleta. El resto llegó de la forma en que suelen hacerlo las cosas en esta ciudad: inesperadamente. Primero apareció un sofá en forma de L, casi nuevo, que Pepe Grillo encontró en un departamento abandonado. Luego, una oficina vacía me brindó un escritorio de vidrio y varias sillas para mi comedor. Cuando necesité un soporte para el televisor, uno apareció por error frente a mi puerta. Durante la pandemia, las aceras estaban llenas de televisores, y hasta me di el lujo de quedarme con un Smart TV. Y en cuanto a los libros… hay tantos por las calles: Cheever, Hemingway, Orwell, Conrad. Ahora descansan en mi biblioteca, su nuevo hogar. Y todo ello lo he conseguido sin gastar un centavo; simplemente, las cosas aparecieron cuando las necesitaba.

Fue Marco Aurelio, en su libro Meditaciones —que leí con avidez durante la pandemia— quien me enseñó a pedirle al dios de la ciudad. Así que visualicé mi nuevo sillón, no tanto en detalle, sino en presencia y calidez. Algo que se acomodara a mi ventana como si siempre hubiera estado ahí; un nido donde acurrucarme durante las frías tardes de invierno con mi café. Le pedí a Pepe Grillo que estuviera atento, y él me enviaba fotos de hallazgos en sus recorridos por Manhattan. Pero ninguno me convencía del todo. Pasaron las semanas y estuve a punto de comprar uno que, aunque tenía un buen precio en Craigslist, no me entusiasmaba.

Ayer, al salir de un restaurante japonés, le comenté a Aurélie que ya era hora de comprar uno y le mostré el que había encontrado en el Marketplace.
—No lo compres —me dijo—. El tuyo ya llegará.

Y así fue.

Ayer, al salir de mi departamento rumbo a Trader Joe’s, lo vi justo enfrente, al cruzar la calle: un sillón verde esmeralda apoyado en la acera, como esperándome. No tomé en cuenta el tráfico. Crucé la 34th Street esquivando coches, con esa urgencia que siente uno al reconocer lo que le pertenece antes de tocarlo. Me senté para probar los resortes y sentir su tapizado. Era liviano, perfecto, justo lo que mi departamento necesitaba. Encontrar este sillón es la prueba de que el dios de la ciudad, ese ente urbano todopoderoso, aún me reconoce como uno de los suyos.

Ahora escribo esta crónica sentado junto a mi ventana, observando a la gente que camina bajo este sol tan cansado que congela. Pienso que la ciudad habla, y si uno está atento y escucha, responde. Recuerdo los días en que dormía donde podía, los techos que nunca fueron míos, y los amigos y el amor que llegaron cuando más los necesité. La ciudad me ha dado tanto; ayer fue un sillón, y mañana… quién sabe.

 Manhattan, 2 de diciembre de 2025

Imagen generada con DeeVidAI

 

 

 

 

 

Con Información de desenfoque.cl

Previous Post
Next Post
Advertisement