Debates presidenciales: Análisis sobre la cobertura mediática y la percepción de ganadores.

Cada vez que se lleva a cabo un debate presidencial, se repite el mismo patrón. Los candidatos se expresan, intercambian opiniones, a veces responden y, en muchas ocasiones, evaden preguntas. Al finalizar el programa, los periodistas y comentaristas no analizan realmente lo verbalizado; en cambio, se enfocan en determinar un «ganador» o «perdedor» del debate.

Curiosamente, la ciencia política ha advertido durante décadas lo evidente: no hay pruebas empíricas que respalden la idea de que alguien «ganó» un debate y que eso alteró la carrera electoral. Lo que realmente se puede medir son percepciones fluctuantes, encuestas rápidas con metodologíasdiversas y, sobre todo, los titulares elegidos por cada medio.

Esto refleja más un reflejo del inconsciente editorial (incluyendo el medio, su dirección, su equipo editorial, sus reporteros y los sesgos implícitos de sus analistas) que una verificación científica. Los medios no muestran quién ganó realmente, sino quién desean que gane, fijando la agenda y determinando los criterios con los que la ciudadanía evaluará a los candidatos (efecto priming).

Por lo tanto, los debates se convierten menos en un campo de batalla electoral y más en un reflejo de cómo cada medio construye su propia narrativa política.

La ironía radica en que la verdadera victoria no corresponde a ningún candidato, sino al periodismo que logra hacernos creer que lo político se disputa como un partido de fútbol, una contienda de gladiadores o una carrera de caballos.

Desde hace mucho, la cobertura mediática de los debates presidenciales va más allá de informar; configura qué es relevante (agenda setting) y qué criterios se aplicarán para evaluar a los candidatos (priming).

Esto sustituye la verificación científica por un enfoque editorial de framing, como ocurrió en los debates Nixon-Kennedy en EE. UU. (1960). Los medios declararon vencedor a Kennedy, basándose en su percepción televisiva (joven, fresco, seguro), mientras que Nixon apareció demacrado y desaliñado. Estudios posteriores mostraron que no hubo un efecto causal directo en los votos, sino una amplificación mediática del contraste visual.

Por lo tanto, la pregunta pertinente no es quién ganó el debate, sino qué narrativa logró imponer la prensa al presentarnos su relato como si fuera una verdad científica.

Por otro lado, el formato rígido de debate televisivo limita cualquier posibilidad de profundizar en los temas y de mantener un verdadero diálogo, haciendo que los entrevistadores asuman un rol que prioriza ser agresivos e inquisidores en cuestiones que, muchas veces, solo interesan a los reporteros políticos y a los medios, lejos de las inquietudes y la capacidad de análisis de las audiencias que ven estos programas, mayormente para reafirmar sus propias creencias en lugar de transformarlas.

Con Información de www.elperiodista.cl

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