José Miguel Insulza (82) es, sin duda, uno de los políticos con mayor recorrido en la historia reciente de Chile. Abogado de la Universidad de Chile y con estudios de posgrado en la Universidad de Michigan, comenzó su vida pública en los años sesenta como parte del mundo académico y de la militancia socialista. El golpe de Estado de 1973 lo obligó al exilio, primero en Roma y luego en México, donde desarrolló una extensa carrera docente en instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Esa etapa marcó su perfil de intelectual político, con un énfasis en las relaciones internacionales y la institucionalidad democrática.
Con el retorno de la democracia, Insulza se incorporó al servicio público en 1990. En la Cancillería ocupó diversos cargos hasta que en 1994 asumió como ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Durante esos años lideró negociaciones clave como la inserción de Chile en Mercosur y la participación del país en foros multilaterales de creciente relevancia. Fue también el rostro visible de Chile en la organización de la Cumbre Iberoamericana de 1996, celebrada en Viña del Mar, donde la región porteña fue escenario de encuentros entre jefes de Estado y de Gobierno de todo el continente.
En 1999, a poco de terminar el gobierno de Frei, pasó a encabezar la Secretaría General de la Presidencia, cargo de coordinación política que lo proyectó hacia el círculo más cercano del poder ejecutivo. Ya en 2000, durante la administración de Ricardo Lagos, asumió como ministro del Interior, puesto que mantuvo hasta 2005. Desde allí se enfrentó a complejas coyunturas de seguridad pública, conflictos sociales y desafíos de gobernabilidad, consolidando su imagen de político firme y de carácter fuerte, que le valió el apodo de “El Panzer”.
Ese mismo año fue elegido secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), convirtiéndose en el primer chileno en alcanzar ese cargo. Su elección fue vista como un reconocimiento al peso de Chile en la política continental y a su propia capacidad de articular consensos en escenarios de alta tensión. Durante una década, Insulza encabezó la OEA en medio de procesos tan desafiantes como la crisis política en Honduras tras el golpe de 2009, las tensiones en Venezuela y la compleja situación en Haití. Su sello fue el del diálogo, la institucionalidad y la búsqueda de acuerdos entre gobiernos de signos ideológicos muy distintos.
De regreso en Chile, en 2018 fue electo senador por la Región de Arica y Parinacota. Desde el Congreso continuó participando en comisiones clave, especialmente en materias de relaciones exteriores y seguridad. Su voz ha sido una de las más escuchadas en debates sobre política internacional, integración regional y defensa de la democracia.
Hoy, su trayectoria vuelve a ser mirada con atención en la Región de Valparaíso, circunscripción estratégica para la política nacional. Para algunos analistas, la experiencia acumulada en ministerios y en la OEA lo posiciona como una figura capaz de darle proyección internacional a una región que combina puertos, corredores bioceánicos y un enorme potencial económico. “Insulza representa la política de Estado, con visión de largo plazo y conocimiento del escenario global”, señalan desde sectores académicos.
La carrera del “Panzer” es también una historia de resiliencia personal. Tras su reciente episodio de salud, que obligó a implantarle un marcapasos, respondió con un mensaje que rápidamente se viralizó: “Todavía hay Panzer para rato”. Esa frase resume el espíritu de un político que, tras más de cinco décadas de servicio público, sigue siendo protagonista del debate nacional.
En un país donde la fragmentación política y la falta de liderazgos estables son parte de la conversación diaria, la figura de José Miguel Insulza aparece como un recordatorio de la importancia de la experiencia. Desde las aulas universitarias en México hasta las negociaciones más tensas en la OEA, su recorrido internacional y nacional lo ha convertido en una voz con autoridad y conocimiento, atributos escasos en la política actual.
La Región de Valparaíso, que enfrenta desafíos estructurales en agua, transporte, vivienda y seguridad, observa con atención cómo esa trayectoria puede traducirse en propuestas y gestiones concretas. Más allá de coyunturas electorales, la pregunta es cómo el bagaje de un político con cinco décadas de historia puede contribuir a resolver los problemas urgentes de una de las regiones más complejas y diversas de Chile.