Sure! Here’s a rewritten version of the content with a similar narrative but in different words:
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El Último Llamado
Por Renato Garrido
Diciembre de 1973. El teléfono sonó con fuerza. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hizo, justo cuando los militares te arrestaron. ¿Lo recuerdas, papá? Por supuesto, lo recuerdas, fue en octubre. Te llevaron al Regimiento de Telecomunicaciones, conocido como el Tele, a pocas cuadras de nuestra casa en Iquique.
– Hijo, feliz cumpleaños –dijo tu padre. Esta llamada será breve, estoy en la fila de prisioneros, subiendo a unos camiones. Nos llevan a Pisagua. Un soldado me dejó usar el teléfono para despedirme. Recuerda que ahora eres el hombre de la casa, hijo, debes ser fuerte y seguir estudiando para convertirte en un profesional. Ayuda a tu madre y sé respetuoso con tu hermana. Te amo, hijito.
Nicolás solo pudo responder: “Te quiero, papá, y prometo que lo haré”.
– Pásame con Javiera y luego con tu mamá –ordenó su padre.
La hermana, al escuchar, comenzó a llorar. La madre, Lola Javiera, rompió a llorar al colgar. Se quedaron en largo silencio. Pisagua sería el destino de la muerte.
Pepe, el padre, le dijo a su mujer que Nicolás debía salir de la ciudad urgentemente. Era conocido que los niños presenciaban las torturas infligidas a sus familiares para extorsionar información de los detenidos.
Papá, iban al Tele a jugar fútbol con tu equipo del hospital. Lograste, como presidente del sindicato, un acuerdo que les permitía usar esa cancha, apartada de las instalaciones militares. Desde mis diez años, ya permitían que yo jugara con los adultos. Era un lugar especial: la cancha de asfalto se encontraba en un pequeño bosque, donde había casi la mitad de los árboles de Iquique.
Yo, en ocasiones, llegaba tarde, después de hacer mis tareas. A veces, pasaba a saludar al tío Manu. En cuestión de días, la cancha se transformó en un centro de torturas, y mi padre, de deportista alegre, pasó a ser un prisionero político.
Tu y Manu crecieron juntos, con sus madres cuidando de ellos mientras la otra trabajaba. De niños en el Club de Tenis Chile en Iquique, se volvieron los mejores tenistas de la ciudad. Cuando llegó el momento de trabajar, a ti te ofrecieron un cargo en el hospital y a Manu una carrera militar. Al nacer sus hijas, se hicieron compadres. Con Mikel, su hijo, mi gran amigo, hemos sido como hermanos desde los cinco años. Recorrimos todos los rincones del desierto, sus cuevas, caminos secretos y el mar. Nuestros padres decían que crecimos como hermanos de leche. Veraneábamos juntos en un campamento en la playa de Quinteros, a 50 kilómetros de Iquique. Nos enviaban a borrar huellas de neumáticos para que nadie supiera cómo llegar. Era fácil perderse, así que dejábamos señales. Esto tomaba días. La zona era mágica, el desierto se unía al mar. Quinteros fue escenario de mis primeras experiencias. Allí di mi primer beso y cazamos mi primera gilguilla. Nunca faltaron los ricos alimentos del mar. El tío Mikel, hermano de Manu, un socialista extrovertido, fue detenido poco después que papá y llevado al Tele. En ese tiempo, Manu estaba en el batallón logístico, los regimientos estaban conectados.
En julio de ese año, Nicolás decidió unirse a las juventudes comunistas. Era un desafío conocer nuevas personas y aprender sobre los cambios sociales que buscaba el presidente Allende. Fueron dos meses importantes, compartió y debatió con otros jóvenes idealistas. Lo que más ansiaba era la fecha de la celebración de su incorporación, donde recibiría el carnet de la juventud. De pronto, se dio cuenta de que, en solo días, pasó de ser un joven alegre a un enemigo del país por un decreto militar.
Las noticias sobre detenciones y muertes llegaban a través de bandos y comunicaciones militares. Se informaba de personas buscadas y se advertía que quienes conocieran a marxistas o simpatizantes de Allende debían denunciarlos o arriesgarse a ser arrestados. Estos bandos eran firmados por el comandante de la VI División del Ejército, Carlos Forestier Haensgen.
Se creía que mi padre fue detenido por ser presidente del sindicato médico.
–No tengo por qué ocultarme –decía– si esto sucede. No soy un delincuente, no he cometido un delito.
Ya había pasado más de un mes desde el Golpe.
Los constantes informativos en la radio generaban miedo. Se hablaba de intervenciones telefónicas, diseñado para desmantelar todas las redes de apoyo de quienes buscaban ayuda.
En casa, las llamadas telefónicas cesaron casi por completo. Yo tenía 15 años, y Javiera, 17. Junto a nuestra madre, notamos que algunos vecinos fingían no reconocernos. Era comprensible que algunos allendistas se aislaban para protegerse. Nos dolía que amigos y vecinos nos evitaran. La mayoría de nuestra familia dejó de visitarnos, y pronto nuestras redes de apoyo se fueron reduciendo. Sin embargo, había personas valientes que se manifestaron en solidaridad. Recuerdo siempre a mi padrino y a mi abuelo, por ellos siempre sentiré gratitud.
Mi padrino era un hombre afable, de rostro sonrosado y sonrisa amable. Era hijo del primer matrimonio de mi abuela con un marinero francés que se estableció en el norte de Chile. Sus hermanos eran inteligentes y bondadosos. Vivía en el centro de Iquique, trabajaba en la caleta de pescadores y tenía un bote de motor. A veces salía a pescar y regresaba al atardecer. Nos alegraba verlo y nos traía pescado en tiempos difíciles. Con mi padre preso, la economía familiar se veía comprometida.
Años después, volví a Iquique. Pasé a buscar a mi primo Federico para visitar a mi padrino. “¡Llegaron a tiempo!”, exclamó. Nos sirvieron en una galería del patio, donde la tía Tila estaba cocinando. Se preparó un festín, mientras recordábamos viejos tiempos. La tía iba sirviendo abundantes platos de pescado frito. Compartimos el banquete con pan y vino.
Mi abuelo fue el primero en visitarnos tras la detención de Pepe. Se enamoró de mi abuela viuda en Caleta Buena. Tuvieron tres hijos, con Pepe siendo el mayor. Él se dedicó a los movimientos obreros desde joven. La relación con mi abuela no duró y nunca supe por qué. De niño, acompañaba a mi padre a su pensión, donde trabajaba en la Caleta Riquelme, reparando redes de pesca. Él era conocido como un socialista trabajador y amable. Llegaba a casa con pequeños regalos y siempre se despedia con un suspiro. Su sufrimiento tras la detención de su hijo fue profundo. Nosotros le llevábamos regalos para papá en una romería diaria hacia el regimiento. Nunca supimos si llegaron a él.
Con el tiempo, mi abuelo se acostumbró a visitar a sus hijas semanalmente. Iquique se había transformado en una ciudad sin alegría ni encanto. Su rostro mostraba una profunda tristeza. Un lunes de septiembre de 1974, tras once meses de espera, sufrió un paro cardiaco y se desplomó en la calle. Lo vieron caer.
Casi a fines de octubre de 1973, fui expulsado del Colegio Don Bosco por mis ideas políticas. Los curas delataban a profesores de izquierda y ocultaron el asesinato de mi profesor, el sacerdote Gerardo Poblete.
Mi madre, mi hermana y yo comenzamos un ritual diario a las seis y media de la tarde, leyendo el Salmo 21 de la Biblia. Era una forma de unificar nuestras oraciones por nuestros seres queridos detenidos.
En las primeras semanas, un ruido extraño apareció en el techo de casa. Nos dimos cuenta de que ya nos habíamos acostumbrado. Un día, mi madre, al regresar de su trabajo, vio a un hombre agachado en el entretecho. Simuló no haberlo visto. Desde ese día, comenzó a dejarle comida y unos días después, encontró el plato vacío, con una muda de ropa enrollada y manchas de sangre. Ese ruido cesó, y supimos que algo extraño había ocurrido.
Casi 50 años después, volvimos al barrio. La calle estaba pavimentada, las casas pintadas. El almacén que conocíamos había cerrado. Pero la amasandería seguía abierta. Un hombre de nuestra edad salió y nos reconoció. Era Juan, quien nunca había jugado con nosotros. Nos dijo que, debido a la situación, sus padres dejaron pan en nuestro antejardín. Nos miramos entre nosotros y lloramos y reímos al mismo tiempo. Nunca supimos quién nos ayudaba.
Aquellos rumores de muerte y detenciones continuaban. Yo asumí un rol práctico en casa, consolando a mi madre y hermana que sufrían por la ausencia de papá. En el Tele, dejábamos paquetes y recibíamos cartas de él, marcadas con un timbre que decía “censurado”. Las guardamos como un tesoro, esperando que futuras generaciones conocieran nuestra historia.
José Garrido estuvo detenido dos meses en el Tele. Los interrogatorios comenzaron desde el primer día. Reconoció a sus torturadores y recordó el dolor que sufrió. Un oficial le pasó un revólver y le retó a dispararse. José le respondió que necesitaba algo que sirviera. Sus torturadores lo golpearon como castigo.
Ese 21 de diciembre de 1973, Nicolás cumplía 16 años. Él y su familia habían regresado del Tele. Las mujeres estaban ocupadas en la cocina. Justo antes de comenzar su ritual, el teléfono sonó. Nicolás, emocionado, escuchó la voz de su padre.
Al día siguiente, su abuelo les sugirió que Nicolás debía salir de Iquique. Buscaron opciones para escapar; les informaron que era difícil. El abuelo, con un plan, propuso enviar dinero a Santiago para comprar ropa y hacer que Nicolás se presentara como un niño pituco. Decidieron que él viajaría el 24 de diciembre.
Nicolás no podía partir sin despedirse de Mikel. Caminó, nervioso, hacia la casa de su amigo, pero no pudo entrar. Mikel lo llamó y le dijo que no podía entrar. Se despidieron con tristeza. La tarde antes de viajar, Mikel apareció en casa y le entregó una foto carnet con un mensaje escrito: “Para mi amigo”. Se dieron un fuerte abrazo.
Con el golpe, el entrenamiento del equipo juvenil de fútbol se interrumpió. Nunca volvieron a citar a los chicos. Nicolás se enteró por la radio de que su entrenador había sido buscado. Intentó encontrarse con él, pero su madre lo alertó de que estaba en problemas.
Al siguiente día, ella le entregó una carta del profesor, que su madre le consiguió. Nicolás partió con su trofeo en la mano.
En los preparativos, su hermana y él se rieron mientras trataban de darle estilo al cabello de Nicolás. Su madre le proporcionó un atuendo y se coordinaron para que su tía lo recibiera en el aeropuerto. En el aeropuerto, su tía lo recogió con amor y cuidado. No pudo evitar el miedo al ver a los militares. La azafata lo tranquilizó y lo cuidó con esmero.
A su llegada a Santiago, su madrina abrió las puertas de su hogar. En los meses siguientes, Nicolás se matriculó en el liceo. En ese ambiente, buscó la oportunidad de mostrar su talento en fútbol y se presentó para unirse al equipo juvenil de Colo-Colo.
La lluvia los acompañó mientras recordaban con nostalgia su vida en Iquique. Sin noticias de su padre tras esa llamada, la vida continuó de manera incierta, hasta que un camión llegó a casa con sus muebles. Eran unos allegados a su nuevo hogar. Nicolás recordaba la promesa hecha a su padre: estudiar y cuidar a su madre y hermana.
En 1974, se adaptó al Liceo San Agustín de Ñuñoa. Fue un año difícil, marcado por la falta de noticias sobre su padre. En septiembre, recibió la triste noticia de la muerte de su abuelo, sin poder despedirlo. Su padre, por años, compartió con ellos fragmentos de su experiencia como prisionero, pero muchos detalles quedaron ocultos. Nicolás comprendía y respetaba esos silencios.
Conoció historias sobre la radio que los prisioneros habían hecho y cómo supieron de la muerte de su abuelo, pero las vivencias dejaron una marca indeleble en ellos. En octubre de 1974, Pepe fue liberado y, junto a su familia, comenzaba un nuevo capítulo de sus vidas. Veinte años después, Nicolás se reunió con su tío Manu, quien le confesó haber intentado ayudar a su padre. Agradeció su esfuerzo, rescatando la solidaridad que aún persistía.
Papá, no puedo decir que el Golpe arruinó mi vida. Sin embargo, me dejó con un miedo persistente. Te honro con mi deseo de construir un mundo mejor y quedándome con tu alegría como testamento.
Pepe cambió de nombre por temor a ser detenido nuevamente. En 1984 le compartió a Nicolás acerca de su tiempo con la CNI y el impacto que eso tuvo en su vida. En sus últimos días, habló con orgullo de sus decisiones de vida.
Pepe falleció en su hogar en Santiago, rodeado por su familia, el 25 de febrero de 2014. Tenía 85 años.
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