Cuando el debate político se transforma en confrontación agresiva

Participar en una campaña política hoy en día va más allá de discutir ideas, cifras o programas. Implica aprender a transitar un terreno complicado, a menudo hostil, donde el debate se desvanece y el ruido prevalece.

Durante semanas, fui víctima de constantes ataques en redes sociales. No me refiero a críticas contundentes —que son parte del trabajo y a veces enriquecen—, sino a algo diferente. Cuentas recién creadas, perfiles sin historial, nombres genéricos y fotos de stock aparecían solo para lanzar insultos, acusaciones vagas y frases repetidas. Era como un eco artificial interminable.

Al principio intenté dialogar, responder con datos, calma y buena fe. Pero pronto comprendí que no había nadie al otro lado. No se trataba de una conversación real, sino de herramientas operando.

Lo más alarmante no fue la agresividad —que, lamentablemente, se ha vuelto habitual—, sino la sensación de estar ante algo organizado y coordinado. Parecía que alguien había decidido que la mejor manera de hacer política no era convencer, sino desgastar. No se trataba de ganar argumentos, sino de agotar al otro hasta que dejara de hablar.

Y eso funciona.

Porque al abrir mi teléfono y ver múltiples mensajes que me ridiculizaban, distorsionaban mis palabras y me atribuían intenciones que nunca tuve, mi cuerpo lo siente. Aunque sepa que son bots y entienda el mecanismo, la ansiedad surge de igual manera. El desgaste también.

Además, hay un daño menos visible pero más profundo. Este tipo de ataques no solo busca afectar a quienes están en la primera línea, sino enviar un mensaje al resto: “mejor no te involucres”, “mejor no opines”, “es mejor que te quedes callado”. Y muchas personas, con razón, optan por el silencio.

Ahí es donde el problema deja de ser personal y se convierte en un asunto democrático.

Cuando la conversación pública se inunda de gritos, mentiras repetidas y campañas coordinadas, la gente común se aleja. ¿Quién querría participar en un debate si sabe que será atacado por un enjambre de perfiles anónimos? ¿Quién se expondría si el costo es la humillación constante?

Las redes sociales prometían dar voz a todos. Pero, en la práctica, muchas veces acaban premiando al que grita más fuerte en lugar de al que argumenta mejor. Aquel que provoca en lugar de quien explica. Y en ese entorno, la mentira no necesita ser convincente, solo necesita distribuirse.

También hay algo que rara vez se menciona en voz alta. Detrás de cada ataque hay una persona real leyendo esos mensajes. Alguien cansada, con dudas, con una vida más allá de la pantalla. Normalizar esta violencia digital como “parte del juego” es una manera cómoda —y bastante cobarde— de desviar la mirada.

No se trata de pedir censura ni de proteger a nadie de la crítica. La crítica es vital, incluso cuando incomoda. El problema surge cuando el desacuerdo es reemplazado por desinformación y la discusión se transforma en destrucción personal. Cuando el adversario deja de ser alguien con una visión diferente y se convierte en un enemigo que hay que eliminar, aunque sea simbólicamente.

Aquí también hay responsabilidades claras. Los partidos, líderes y comandos que se benefician de la labor sucia de bots y trolls —aunque no lo admitan públicamente— cruzan una línea ética grave. Y las plataformas digitales, honestamente, han estado demasiado tiempo haciendo la vista gorda mientras sus algoritmos amplifican campañas de acoso evidentes.

Pero no todo es ajeno. Cada vez que compartimos un ataque, amplificamos una denuncia evidente “solo para señalarla” o reaccionamos con rabia, alimentamos la misma máquina que decimos criticar.

Después de vivirlo en carne propia, tengo claro que los bots y trolls no ganan elecciones por sí solos. Pero logran algo igualmente grave: empobrecen la conversación pública a diario. La tornan más áspera, más cínica y más injusta.

Cuando hablar da miedo, el debate se extingue. Y sin debate, la democracia se vacía, lentamente, casi sin que lo notemos.

Imagen CNN

Con Información de desenfoque.cl

Previous Post
Next Post
Advertisement