Andrés Kogan Valderrama, Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
En el contexto del debate sobre la crisis de natalidad en Chile —un tema que ha sido notablemente ignorado en los debates presidenciales, que se centran en delincuencia, migración y empleo—, considero que merece ser una prioridad en la agenda del próximo presidente o presidenta que asuma en diciembre de 2025. Este problema estructural y a largo plazo requiere atención inmediata dados los datos actuales.
La tasa de fecundidad en Chile ha descendido a 1,03 hijos por mujer, siendo la más baja de América Latina y una de las más bajas del mundo. A esto se suma el acelerado envejecimiento de la población; se estima que para 2050, uno de cada cuatro chilenos tendrá más de 65 años. Las implicaciones de este fenómeno serán significativas en diversas áreas: pensiones, salud, mercado laboral y la sostenibilidad del modelo de desarrollo.
En respuesta a esto, los candidatos presidenciales han presentado soluciones parciales. Algunos, como Jeannette Jara, destacan el avance en el Senado hacia la implementación de una sala cuna universal, proponiendo una visión más integral que subraya la necesidad de fomentar una sociedad del cuidado y una mayor corresponsabilidad parental. Por otro lado, José Antonio Kast ha planteado incentivos económicos y bonos para las mujeres con el fin de aumentar la natalidad; una propuesta que parece estar anclada en la idea de la familia tradicional, excluyendo a los hombres de la ecuación.
En otras palabras, Jeannette Jara aborda la crisis de natalidad desde una perspectiva de género, evidenciando que la mayoría de las tareas de cuidado recaen desproporcionadamente en las mujeres, al igual que el trabajo doméstico no remunerado. En contraste, Kast parece perpetuar roles de género tradicionales que obstaculizan cualquier cambio positivo.
No obstante, aunque la perspectiva de Jeannette Jara es más amplia y actual que la de José Antonio Kast, la crisis de natalidad no se limita a un problema de cuidado: también es una consecuencia de una construcción histórica de la masculinidad que denomino «masculinidad de la muerte». Este modelo incapacita a los hombres no solo para involucrarse en el cuidado de sus hijos, sino también en su propio autocuidado y en el cuidado del planeta.
Se pueden implementar políticas de cuidado y corresponsabilidad ambiciosas —como las de Suecia, Francia, Finlandia, Noruega o Islandia, con licencias de paternidad largas y obligatorias, conciliación real entre trabajo y vida familiar, y un modelo integral de bienestar social—, pero no serán efectivas sin cuestionar y transformar el mandato cultural que considera el cuidado como una «tarea de mujeres» y como algo opuesto al progreso y desarrollo.
Basta con observar quiénes cuidan hoy a niños, ancianos, personas con discapacidad, enfermos crónicos, animales y la naturaleza: en su mayoría son mujeres. Por el contrario, los hombres hemos sido educados para pensar que ser «más hombre» implica ser racional, arriesgado, independiente, exitoso y acumulador de riqueza sin límites.
Por ello, no es suficiente con motivar a los hombres a participar más en las tareas del hogar y en el cuidado de los hijos si no se conecta esa participación con una crítica profunda al modelo económico-social y ambiental insostenible que se ha forjado precisamente a partir de esta masculinidad de la muerte: una masculinidad desvinculada de lo emocional, lo corporal y lo natural, y que nos ha llevado a una crisis climática sin precedentes.
En otras palabras, más allá de políticas de corresponsabilidad parental para afrontar la crisis de natalidad y de cuidados en Chile, lo que realmente necesitamos —tanto en el país como a nivel global— son políticas de masculinidades. Políticas explícitas en los ámbitos político, familiar, educativo, laboral, social y mediático (tanto tradicional como digital) que ofrezcan alternativas y cuestionen abiertamente un modelo de masculinidad que causa estragos en múltiples áreas.
Existen, por supuesto, resistencia y oposición. Algunos quieren preservar el statu quo o incluso retroceder a roles de género tradicionales, como propone José Antonio Kast. Sin embargo, no podemos seguir justificando la violencia, las guerras, el extractivismo destructivo, las violaciones, los homicidios y los suicidios masculinos afirmando que «así son los hombres» o que «está en su naturaleza». Esa justificación es una parte del problema, no la solución.
Es momento de construir masculinidades que valoren y cuiden la vida en todas sus formas.
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