Cop30: La amenaza recae sobre la humanidad, no en el planeta.

Hoy inició en Belém do Pará la COP30, la conferencia climática más crucial del mundo, en un contexto simbólico y apremiante: el corazón de la Amazonía. Más de 50 mil personas, incluyendo delegaciones oficiales, científicos, líderes sociales y jefes de Estado, buscarán llegar a un consenso para frenar el aumento de la temperatura global y, con ello, evitar que el planeta se vuelva inhabitable.

Treinta años después de la primera COP en Alemania, el balance es claro y preocupante: hemos avanzado mucho en diagnósticos, pero poco en acción. Las promesas abundan, los discursos se repiten y los compromisos se diluyen. Mientras tanto, los incendios consumen, los océanos hierven, los glaciares se desvanecen y las sequías provocan hambre en millones de personas.

El cambio climático ya no es una mera hipótesis científica: es una realidad visible, cotidiana y medible. Sin embargo, persisten quienes lo niegan o minimizan. Estos negacionistas —sean políticos, empresarios o comunicadores— deben ser excluidos del debate público como lo que son: una amenaza a la supervivencia colectiva. La discusión científica se cerró hace tiempo; lo que falta ahora es voluntad política y una transformación económica profunda.

Belém no es un lugar cualquiera. Es la puerta a la selva amazónica, un ecosistema vital para el clima de la Tierra que hoy sufre por la deforestación, la minería ilegal y los incendios. Reunir ahí a los líderes mundiales no es solo un gesto simbólico: es una advertencia.

La humanidad no tiene margen de error. El presidente de la COP30, André Lago, lo subrayó: “Las COP son un proceso que se perfecciona, pero también reflejan el pensamiento económico y científico sobre el impacto climático”. La ciencia ha hablado: hay que reducir drásticamente las emisiones y abandonar los combustibles fósiles ya. Cada año de inacción será una condena para las generaciones futuras.

Por ello, esta cumbre debe representar un antes y un después. No se trata solo de financiar proyectos ambientales o de reciclar buenas intenciones. Se trata de transformar la estructura del poder y la economía global, que continúa recompensando la destrucción ambiental como si fuera desarrollo.

Las potencias más contaminantes —China, Estados Unidos y la Unión Europea— todavía no han cumplido sus propios compromisos. Se congratulan en las cumbres, mientras siguen subsidiando el petróleo, comprando carbón o destruyendo selvas ajenas para sustentar sus industrias.

Los países del sur, que sufren las consecuencias más severas del desastre, apenas pueden adaptarse o exigir justicia climática. No obstante, son ellos quienes deben liderar ahora. Brasil lo sabe: si la Amazonía se colapsa, el planeta también lo hará.

Por eso, esta COP30 debe ser la de los compromisos vinculantes, la que aísle a los negacionistas, la de la transparencia en los fondos y la de la acción concreta. No más promesas vacías ni declaraciones de buenas intenciones. El tiempo se ha agotado.

El periodismo tiene una misión urgente: exponer lo que está en juego sin relativismos ni eufemismos. No se trata de una “discusión ambiental” ni un “tema técnico”. Se trata de vida o muerte.

Defender el clima es defender la verdad, y quienes manipulan o distorsionan este debate merecen el mismo escrutinio que los corruptos o los criminales. Negar la emergencia climática es un crimen moral y político.

Belém será recordada como un punto de inflexión o como una oportunidad desperdiciada. Las futuras generaciones no evaluarán los discursos, sino las decisiones.

Si esta COP30 fracasa, no habrá una segunda oportunidad en la próxima década para corregir el rumbo. El planeta ya está cobrando su precio, y no acepta prórrogas.

El mundo debe comprenderlo, sin matices ni excusas: no es la Tierra la que está en riesgo, somos nosotros.

Con Información de www.elperiodista.cl

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