
La polarización política en Chile se ha convertido en uno de los principales obstáculos para el fortalecimiento de nuestra democracia. Los partidos han perdido la capacidad de generar consensos amplios y duraderos que prioricen el bien común por encima de intereses particulares o ideológicos. Esta situación no solo dificulta el debate necesario, sino que erosiona la confianza de la ciudadanía, desincentiva la participación y debilita la legitimidad de un sistema democrático ya de por sí defectuoso.
El reciente debate presidencial de Chilevisión, junto con el clima de confrontación entre los candidatos, evidenció esta realidad. En lugar de ser un espacio de propuestas y acuerdos, predominó la confrontación destructiva, la falta de una visión común y la ausencia de políticas que marquen un rumbo claro para el país. El tono y los insultos dirigidos entre los candidatos no solo van en contra del espíritu democrático, sino que también obstaculizan la convivencia y debilitan las instituciones. Si así actúan nuestros «líderes», ¿qué podemos esperar del ciudadano común?
Como profesor de Educación Ciudadana, en un ciclo de análisis de propuestas para las elecciones presidenciales de 2025, surgió con mis estudiantes de tercero medio una idea que consideramos fundamental: establecer consensos desde el inicio de cada ciclo presidencial. La propuesta consiste en realizar un plebiscito vinculante antes de cada elección, en el cual la ciudadanía defina las tres áreas prioritarias para el desarrollo nacional. Estas áreas, determinadas por los ciudadanos, se convertirían en políticas obligatorias para cualquier gobierno electo, independientemente de su color político, permitiendo al presidente o presidenta un mandato claro en torno a consensos fundamentales y asegurando estabilidad y continuidad, al tiempo que se permite un sello propio en otros aspectos de la gestión pública. Temas como economía, seguridad, salud, educación o pensiones podrían ser parte de estas prioridades. En esencia, se trataría de un mandato ciudadano que orientaría recursos y esfuerzos desde el inicio de cada gobierno.
Si realmente aspiramos a una democracia más robusta – y no simplemente a discursos populistas que buscan votos – necesitamos acordar desde el inicio cuáles son nuestras prioridades comunes, en lugar de reiniciar continuamente discusiones fundamentales. Solo de esta manera podremos superar las políticas de corto plazo y avanzar hacia un proyecto de país que trascienda los cuatro años establecidos por la Constitución vigente.
Que esta reflexión haya surgido en una sala de clases no es un detalle menor. ¿Por qué es relevante? Porque demuestra que los jóvenes comprenden la urgencia de establecer acuerdos a largo plazo y que su mirada crítica puede abrir caminos que la política institucional ha descuidado. Escuchar sus voces es, sin duda, una oportunidad para revitalizar y perfeccionar nuestra democracia desde las bases de la sociedad.
Dejemos de enfocarnos solo en la próxima elección; también pensemos en las futuras generaciones.
Con Información de www.elperiodista.cl