Claro, aquí tienes el titular reescrito de forma seria y objetiva: «Memoria: Un análisis en la página 19»

Claro, aquí tienes el contenido reescrito:



Foto de David Jones en Unsplash

Cerca de la terminal del Staten Island Ferry, al sur de Manhattan, transitan casi setenta mil personas diariamente. En su mayoría, son trabajadores que desembarcan rápidamente, desapareciendo por Withehall St., Water St. o State St., o zambulléndose como liebres en busca de las entradas del subway. Por las tardes, la escena se invierte: las liebres, visiblemente agotadas, emergen listas para abordar el ferry hacia la olvidada Staten Island.

Durante el verano, la situación cambia radicalmente. Los turistas dominan la terminal, formando largas filas llenas de entusiasmo en las puertas de embarque uno y tres. Las liebres, a una distancia segura, observan con indiferencia mientras se concentran en el vaivén del ferry, que opera las 24 horas. Las enormes estructuras anaranjadas llegan y parten del muelle, transportando las almas que alimentan la incansable ciudad.

En medio de esta vida fugaz, se oculta un verso de la poeta Edna St. Vincent Millay: “…all night on the ferry…” (de “Recuerdo”, 1920).

Supongo que pocos lo han notado. Y no los culpo. Se encuentra a unos cuatro metros de altura en el pasillo con vistas al Hudson. Está ahí, casi por casualidad, como muchas cosas improvisadas en esta ciudad que milagrosamente funcionan. No parece un homenaje, y no puede serlo, ya que se pierde entre la apresurada multitud.

Una mañana, di una rápida vuelta por la terminal en busca de la otra parte del poema, pero no insistí. La rutina me empujó hacia alguna salida, rumbo a mi trabajo en Washington Heights. En el trayecto del tren A, aproveché los breves momentos de los que disponía para buscar información sobre el poema y me cautivó. Recuerdo describe a dos amantes que pasan una noche yendo y viniendo en el ferry de Staten Island. Aunque enfrenten el frío o el ambiente “oloroso” de establos, para Edna esos momentos son inolvidables. La belleza reside en la simplicidad de lo cotidiano, en cómo la compañía de un ser querido transforma cualquier experiencia en algo poético.

Surgió, entonces, la inevitable pregunta: ¿Por qué se titula Recuerdo? Busqué más sobre Edna St. Vincent Millay y confirmé que no era un error: el poema fue publicado en 1919 en la revista Poetry: A Magazine of Verse, así titulado. Curioso, ¿no? En Wikipedia descubrí que Edna tuvo un amante latinoamericano.

El sábado de esa misma semana, regresé a la terminal. Sentía la necesidad de ver si había más versos escondidos. Me senté en la amplia sala de espera con un café, observando a un joven que patentaba un monólogo convulso. Vestido en harapos y semi desnudo, su presencia no incomodaba: los neoyorquinos, acostumbrados a la miseria urbana, ni se inmutaban. Los turistas, sin embargo, lo miraban atónitos, buscando respuestas que nunca entenderían. Una mujer vestida de bailarina rosa, con alas ridículas, cantaba Don’t Dream It’s Over de Crowded House, echando una mirada a su casi vacía caja de propinas. La canción me llevó de vuelta a mi hogar en Talcahuano, recordando las tardes en familia, el té de cedrón y canela, el pan hallulla y la mermelada de membrillo que hacía mi padre. Recordé la primera vez que estuve en esta terminal con mi hija, cuando me hacía reír diciendo “Estutua de la Libertad”. La canción terminó, y con ella, los aromas y el amor desaparecieron. Me encontré buscando más versos del poema, pero las puertas se abrieron y los pasajeros comenzaron a embarcarse. Me uní a ellos, rumbo a Staten Island, donde siempre me espera Aurélie.

He reflexionado sobre el poema Recuerdo y el poder transformador de la compañía. Esos instantes con mi familia y amigos en Chile, caminando con mi hija por las bulliciosas calles de Nueva York o explorando negocios llenos de curiosidades. Siempre atentos, siempre sorprendidos por una ciudad que no deixa de darnos algo a cambio.

Caminar es recordar

Esta lección, la aprendí de mi padre, quien me llevaba a recorrer los cerros de Talcahuano cada fin de semana. Recuerdo que solía hablarme sobre su padre, compartiendo su vida en la cordillera y el dolor de su muerte temprana. Ahora, esa costumbre de caminar y observar se ha transmitido a mi hija, pero en un contexto urbano, sumando “historias locas” que inventamos para reír juntos. Es hermoso ver cómo parte de mi padre perdura en la mirada traviesa de mi niña.

Desde que descubrí ese verso olvidado, propuse a Aurélie realizar el viaje nocturno en el ferry, como Edna y su amante. Comprar vino francés, quesos, aceitunas y poner algunas canciones de Dina Washington y Ella Fitzgerald en Spotify. Pensé que sería una aventura mágica. Pero por cansancio, olvido o simple pereza, nunca lo hicimos.

Hasta la noche de un sábado de marzo.

Cerraron inesperadamente a la una de la madrugada el Village Works, una librería que normalmente cierra a las dos. Fui a Ray’s Pizza a comer algo y evitar dormir con el estómago vacío. Eran alrededor de la una y media cuando, buscando una servilleta, vi a una pareja enamorada que me recordó el ferry de Staten Island.

Decidí hacer el recorrido solo.

Creo que eran las dos y media cuando subí al ferry John A. Noble. Era tan pequeño que pude contar a los pasajeros: setenta y dos personas algo pasadas de copas. Me senté junto a la ventana, sintiendo el movimiento del viejo barco; pensé que podría desarmarse en el camino. Al adentrarnos en la bahía, las conversaciones se apagaron y, pronto, todos nos quedamos dormidos.

Al llegar a Staten Island, alguien de la tripulación me despertó. Bajé rápidamente para tomar el ferry de regreso a Manhattan. Esta vez, caí en un sueño profundo antes de contar a las personas a mi alrededor. Al llegar a Manhattan, desperté por el golpe del barco contra el muelle, decepcionado por la experiencia. Desembarqué junto a unos veinte pasajeros, todos visiblemente cansados. Esa noche, salimos por el pasillo con vista al East River. Al mirar hacia el puente de Brooklyn, preparándome para cubrirme con la capucha, encontré otro verso del poema:

we were very tired, we were very merry- we had gone back and forth…

Estaba a unos cinco metros de altura en un letrero descolorido. Sentí una alegría cansada, como quien descubre un secreto que ya no desea compartir. Tomé algunas fotos, pero nadie más se detuvo para leerlo.

Desde entonces, cada vez que salgo de la terminal de Staten Island, me detengo a leer esos versos. Se ha convertido en un ritual literario, una forma de honrar a Edna y a la memoria. A veces, pierdo mi tiempo esperando ver las miradas sorprendidas de otros al descubrir ese verso, pero siempre es lo mismo. A nadie parece interesarles. En otras ocasiones, creo que hay más versos ocultos en la terminal y exploro todos los rincones. Recuerdo un verso de Whitman que dice: “Nada se pierde realmente, ni puede perderse…” y es verdad. Tal vez los versos de Recuerdo están ahí solo para quienes, como Edna, alguna vez se atrevieron a observar la ciudad con asombro o nostalgia.

Mientras escribo todo esto, recuerdo a mi hija y solo deseo abrazarla. Preguntarle cómo fue su día, oler su cabello, hacerla reír o simplemente caminar de la mano por la ciudad. Con el paso de los años, los recuerdos se transforman en actos inciertos, a veces inapropiados. Surgen cuando deseo simplemente dejarme llevar por el sueño, pensando en el futuro.

Si necesitas más cambios o ajustes, no dudes en decírmelo.

Con Información de pagina19.cl

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