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Desde RomanSpace, México
A pocas horas de que mi país se enfrente nuevamente a una elección presidencial, con un candidato reiterativo y de ultraderecha que revaloriza la dictadura, la pregunta crucial ya no es quién podría ganar mañana, sino ¿cómo llegamos aquí?
Esto no es simplemente un desliz electoral ni una anomalía pasajera. Es el resultado de una transformación más profunda y duradera: el aumento constante del costo de vida, la erosión del poder adquisitivo, y una sensación que crece cada vez más entre la población: trabajar y hacer las cosas “bien” ya no proporciona estabilidad, progreso ni previsibilidad. En este contexto, donde la dificultad económica se convierte en una cuestión política, surgen respuestas simplistas, discursos fuertes y nostalgias autoritarias.
Durante décadas, el conflicto entre capital y trabajo sirvió como lente para comprender el mundo, ayudando a identificar intereses, construir alianzas y reconocer adversarios. Sin embargo, cuando este eje se volvió insuficiente —incluso políticamente incorrecto— fue sustituido por una variedad de identidades fragmentadas: pueblos originarios, identidades de género, minorías culturales. Cada grupo ahora presenta sus propias demandas y lenguajes.
El problema no fue la ampliación de luchas, sino el reemplazo del conflicto material por la gestión simbólica de las diferencias. En lugar de pelear por la distribución del ingreso y el trabajo, se empezó a priorizar la política de reconocimiento que, si bien multiplicó “visibilidades”, disminuyó la capacidad de presión colectiva. Como ha señalado Daniel Bernabé, las llamadas “políticas de diversidad” no surgieron como una respuesta liberadora a la crisis del sujeto obrero, sino como una continuación funcional de un pensamiento progresista que desdibuja la realidad. La desigualdad persiste, pero se nos permite ser diferentes en muchos aspectos, sin que se traduzca en condiciones materiales equitativas.
Este cambio tuvo repercusiones tanto inmediatas como a largo plazo. A corto plazo, desarmó el conflicto colectivo al fragmentar la identidad y, con ello, la capacidad de presión que antes tenían los sindicatos. A largo plazo, erosionó la capacidad de amplios sectores sociales para reconocerse como parte de un bloque común con intereses compartidos.
Mientras la izquierda intentaba articular discursos, el capital avanzaba sin necesidad de ello. No tuvo que ganar el debate cultural: reorganizó el trabajo y precarizó los ingresos, trasladando riesgos e incertidumbres a los individuos. El conflicto dejó de manifestarse en fábricas y mesas de negociación, y se instaló en la vida diaria: en trabajos extendidos, contratos inestables y salarios insuficientes. La política debatía sobre identidades y la economía reconfiguraba la existencia.
El caso de Podemos en España no fue una excepción; se trató de un ejemplo emblemático de una tendencia general: alta densidad discursiva con baja capacidad de transformación material. Mucha construcción simbólica del “pueblo”, poca alteración de las relaciones de poder y del sistema que determina quién sufre el ajuste y quién se beneficia de ello. No es una crítica moral, sino una constatación política.
Así, la izquierda fue perdiendo no solo a su sujeto histórico, sino también la capacidad de disputar hegemonía en términos gramscianos. Sin un sujeto que se reconozca, no puede haber hegemonía, solo conversación. Mientras la política dialogaba, el capital gobernaba.
Cuantos más foros y encuentros proliferaban, más aumentaba la concentración del ingreso. La desigualdad ya no solo estaba en el porcentaje más alto de la población: la riqueza se acumuló de manera escandalosa en el uno por ciento. La política producía retórica; la economía optimizaba la distribución.
Con el debilitamiento del sujeto material, la política cambió su enfoque. Aquello que antes se debatía sobre trabajo y salarios, ahora se centraba en la representación. La política dejó de organizar grupos y empezó a gestionar símbolos. No se trató de un simple giro cultural, sino de una adaptación al nuevo orden económico.
La “visibilidad” sustituyó al poder, convirtiéndose en un fin en sí mismo. Ser visto y reconocido se volvió un objetivo. La proliferación de causas y marcos identitarios creó un escenario político lleno de relatos, pero progresivamente incapaz de generar transformación. El reconocimiento simbólico avanzó donde el conflicto material retrocedía, haciendo que la política se asemejara más a una expresión estética que a una práctica de intervención.
La nueva izquierda aceptó esta lógica. No necesariamente por cinismo, sino como una solución a un problema real: la fragmentación social y la pérdida de centralidad del trabajo industrial. El error no fue reconocer esta complejidad, sino limitarse a ella como estrategia. El lenguaje se tornó el campo de acción principal, mientras la economía se convirtió en un aspecto incómodo a evitar.
Este cambio es evidente en Chile después de la revuelta de 2019. La respuesta institucional a la insurrección, en lugar de ser insurreccional, fue institucional. Chile es el único caso donde se intentó, por diseño, una revolución marxista a través de la legislación. Salvador Allende no fue una rareza romántica, sino la culminación de una cultura política que confía en la ley, incluso al intentar subvertir el orden. La salida fue “salvar lo que se pudo” mediante una asamblea constituyente para redactar una nueva Constitución.
El experimento fracasó, no porque la revuelta fuera un asalto fallido, sino porque fue capturado por una lógica de múltiples identidades que desplazó el eje del conflicto. La disputa dejó de ser democracia versus dictadura y se fragmentó en reivindicaciones incapaces de articular un proyecto común, generando un nuevo realineamiento político: no hacia la transformación, sino hacia la disolución del campo popular.
En este contexto, la idea misma de hegemonía se reduce a una lucha narrativa. Se creyó que ganar el sentido común era lo mismo que ganar el discurso, pero la hegemonía, como sabía Gramsci, no se sostiene solo en la persuasión: requiere un anclaje material que permita ordenar intereses y disciplinar la sociedad. Sin base económica, el relato se disipa.
La contrapartida del accionar capitalista no solo fue brutal, sino también extremadamente eficaz. Mientras la política se perdía en detalles discursivos, las grandes empresas llevaban a cabo acciones concretas. Redefinieron cadenas productivas, externalizaron costos y normalizaron la precariedad sin pedir permiso ni hacer manifiestos. No buscaban reconocimiento, solo rentabilidad, y la obtenían sin distraerse con cuestiones simbólicas.
La estética política, en cambio, ofrecía pertenencia sin poder. Permitía identificarse y sentirse parte de algo, pero sin alterar las relaciones materiales. La política se transformó en un espacio de autoafirmación moral, dejando de lado la confrontación real. El conflicto se convirtió en gesto, la transformación en posicionamiento. Muchos relatos, poca capacidad de confrontación.
Así, se formó un escenario sofisticado pero estéril: una política colmada de lenguaje y una economía deliberadamente despolitizada. Cuanto más se refinaba el discurso, más opaca se volvía la estructura que decidía quién gana y quién pierde. La política discutía cómo expresarse, mientras el capital decidía cómo vivir. Y mientras una se miraba al espejo, el otro avanzaba sin ser cuestionado.
Si la política se refugió en la estética, el mercado ofreció compensaciones a través del consumo. Desde los años noventa, el capitalismo comenzó a vender identidades, no solo bienes. Esa transformación no solo amplió mercados, sino que también redefinió subjetividades. La pertenencia se pasó de construirse a través del trabajo a hacerlo a través del consumo.
Este desplazamiento resultó decisivo. El consumo prometía una posibilidad poderosa: dejar de ser lo que se es, ascender a la clase media “en tránsito”, aunque fuese de manera efímera. No importaba que esta promesa fuera improbablemente realizable; lo fundamental era su plausibilidad imaginaria.
Las plataformas sociales hicieron el resto. Instagram promovió una pedagogía de felicidad continua, donde los cuerpos cuidados y las vidas perfectas eran la norma. Una existencia editada donde el conflicto se borraba y la precariedad no existía. LinkedIn, en cambio, generó una épica profesional donde todos son emprendedores y todos “crecen”, incluso sin empresas ni capital reales. La autopromoción reemplazó la organización colectiva.
En este contexto, verse como trabajador se convirtió en un signo de debilidad. Mucho más atractivo es verse como capital en potencia, un proyecto individual en ascensión, aunque ese ascenso dependa de deudas exorbitantes. La conciencia de clase fue sustituida por expectativas personales que, a su vez, se convirtieron en deudas.
El crédito emergió como el principal disciplinador social de la época, más efectivo que cualquier represión. Permitió niveles de consumo insostenibles y trasladó el conflicto de lo público a lo íntimo. El miedo cambió de dirección: ya no era al empleo o al patrón, sino al banco y a las deudas. Endeudado, el individuo ya no protesta; calcula.
La desigualdad empezó a vivirse no como una estructura, sino como una falla individual. Si alguien no progresa, es porque no se esforzó lo suficiente. El mercado no prometía igualdad, sino oportunidades, y esa promesa resultó más eficaz que cualquier discurso político.
Por lo tanto, no sorprende que existan explotados que defiendan a sus explotadores. No por ignorancia, sino por identificación aspiracional. Defender el capital a menudo significa defender la ilusión de pertenecer a él. La política dejó de ofrecer una solución colectiva y el mercado tomó ese vacío con promesas personales a plazos.
En este contexto, el costo de la vida se torna no solo un indicador económico, sino una experiencia política y moral. No es solo que vivir sea más caro; es que sobrevivir requiere cada vez más esfuerzo para sostener una ilusión: la de avanzar, pertenecer, estar más cerca de un objetivo que rara vez se logra.
La promesa de ascenso social no falla por falta de esfuerzo personal, sino por ser inadecuadamente formulada. No porque sea imposible mejorar económicamente, sino porque confunde movilidad económica con pertenencia social. Pierre Bourdieu explicó de manera clara que el capital no es homogéneo ni se acumula de la misma forma. El capital financiero puede crecer rápidamente, el cultural requiere tiempo y herencia, y el simbólico, el más excluyente, no se compra ni se transfiere, se concede.
Esta distinción es lo que el discurso aspiracional intenta borrar. Instagram y LinkedIn simulan capital simbólico con eficacia, pero la simulación no equivale a la incorporación. La élite no se define solo por lo que posee, sino por lo que reconoce como propio, y este reconocimiento es muy restrictivo. El dinero puede abrir puertas, pero no elimina el origen ni asegura pertenencia.
Por ello, es revelador observar a quienes, al acceder súbitamente a grandes volúmenes de capital financiero, se dan cuenta de que el capital simbólico no se hereda. Incluso una viuda que recibe una gran fortuna pronto descubre el límite: el capital simbólico es un privilegio que no se transfiere. Aunque pueda imitar estilos de vida, su acceso seguirá siendo precario.
Este mecanismo se visualiza aún más en casos aparentemente opuestos. El profesional chileno que deja México por miedo al “populismo” no es un excepción, sino un reflejo revelador. No huye por razones económicas, sino porque siente amenazado su sueño aspiracional. Lo que está en juego no es una pérdida material, sino una promesa simbólica.
Formado en el sistema público, su carrera es producto de un esfuerzo redistributivo que facilitó su ascenso. Aun así, su temor no se dirige hacia la desigualdad que lo rodea, sino al desorden político que asocia con el “populismo”, que para él representa el riesgo de ser devuelto a su lugar de origen. Escapa, no por la economía, sino por lo que el relato le impone.
Aquí se cierra la trampa. El origen social no desaparece con el ingreso; puede ocultarse, maquillarse, financiarse, pero nunca se elimina. El capital cultural requiere generaciones para acumularse; el simbólico, aún más. Por eso el ascenso individual, cuando ocurre, no perturba la estructura, la valida. Permite excepciones visibles que mantienen en pie la regla.
La consecuencia política es dañina. Aquellos que se ven a sí mismos en tránsito hacia la élite dejan de considerarse parte del trabajo. Y quienes dejan de identificarse con el trabajo, dejan de reconocer intereses comunes. Así se explica que haya profesionales en condiciones precarias que se opongan a políticas redistributivas, trabajadores endeudados que defienden el sistema financiero, y sectores populares que prefieren el orden antes que la justicia.
En este punto, el costo de la vida se transforma de una presión económica en un dispositivo social de control. No solo obliga a trabajar más o a endeudarse; también transforma la forma de pensar. A ver a los demás no como compañeros de fragilidad, sino como raíces del riesgo individual. La política pierde fuerza porque la lucha ya no se siente colectiva, sino individual.
Sería sencillo concluir culpar a ciertos actores. La lista es conocida: González, Blair, Lagos, y hasta mi propio mentor, Flores. Una socialdemocracia que se originó en los sindicatos y terminó en los directorios; una generación que confundió gobernabilidad con administración y modernización con privatización.
La traición existió y tuvo repercusiones duraderas: desarmó a la izquierda, despolitizó la economía y despojó de contenido las promesas redistributivas. Pero detenerse allí sería cómodo y superficial. No son los únicos responsables. El problema se encuentra en el terreno que dejaron: una sociedad fragmentada, apresurada, llena de estímulos y con capacidad de atención reducida a la duración de un video. En esta realidad, pensar la política únicamente en términos de capital y trabajo resulta no solo anacrónico, sino incomprensible.
El conflicto no ha desaparecido; ha cambiado de forma. Ya no se presenta como una contradicción abstracta entre clases, sino como una experiencia cotidiana. Se llama costo de la vida, no llegar a fin de mes, trabajar más para mantener el mismo nivel de vida. La lucha se ha vuelto una cuestión de supervivencia que atraviesa identidades.
Sobre este malestar, la ultraderecha construye su efectividad. No ofrece soluciones económicas, sino designa culpables visibles. El migrante, el necesitado, el beneficiario de políticas sociales. Cuando la vida se encarece, el temor necesita rostros, y la ultraderecha es experta en ofrecerlos. No discute salarios ni precios; habla de invasiones y decadencia.
La inseguridad juega un papel central. No solo como fenómeno delictual, sino como experiencia subjetiva amplificada. La inestabilidad se convierte en norma, y cuando todo es inestable, la promesa de orden —aunque sea autoritario— aparece atractiva. El miedo no requiere lógica; demanda alivio.
El error constante de la política democrática ha sido interpretar este cambio como un desafío cultural o comunicacional. Creer que se puede combatir con mejores argumentos o campañas más empáticas. Pero el miedo nace del deterioro material. Nadie teme al migrante cuando llega a fin de mes; nadie culpa al pobre cuando la vida es predecible. El temor aparece cuando la vida se convierte en una serie de riesgos encadenados.
Por eso, el costo de la vida es hoy el verdadero campo de lucha política. No como un indicador económico, sino como una experiencia compartida. Mientras la política debate valores y relatos, la ultraderecha traduce el descontento en enemigos concretos, y lo hace con una brutal eficacia, porque habla desde el dolor.
Quizás eso explique cómo llegamos a este punto. No por una conversión ideológica repentina, sino porque durante demasiado tiempo, la política habló de todo, excepto de lo que realmente organiza la vida social. El problema no es que las personas hayan cambiado, sino que vivir se ha vuelto excesivamente caro, incierto y frágil. Cuando la vida se torna insoportable, el miedo deja de ser irracional y se convierte en un argumento político.
Espero que esta versión se ajuste a lo que buscas.
Con Información de desenfoque.cl