Hernán García Moresco, Magíster en Ingeniería Informática de la USACH y diplomado en Big Data.
Diplomado en Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Católica y en Geografía por la Universidad de Chile. Licenciado en Educación Matemática y Computación de la USACH.
José Orellana Yáñez, Doctor en Estudios Americanos por el Instituto IDEA-USACH, Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Chile, y Geógrafo y Licenciado en Geografía por la PUC de Chile.
Integrante del Centro para el Desarrollo Comunal Padre Hurtado.
Los resultados de la última elección presidencial han replanteado diversas perspectivas políticas, incluido el análisis de las derechas. La disparidad entre los pronósticos y el resultado electoral exige examinar a fondo los factores que explican este desenlace, sobre todo aquellos aspectos que pudieron ser ignorados o desestimados.
Una hipótesis inicial, confirmada, se relaciona con el ‘efecto de contagio global’ vinculado a la consolidación de proyectos políticos de derecha, que abarcan desde posturas conservadoras hasta variaciones ultraconservadoras, visibles en la región americana, con ejemplos en Estados Unidos, El Salvador, Argentina, Ecuador, Bolivia y, más recientemente, Honduras. Este contexto crea un marco referencial significativo, siendo el caso de El Salvador uno de los más representativos por su eficiente combinación de discursos sobre delincuencia y seguridad pública, que ha influenciado el panorama político en Chile, adoptado sin ambigüedades por José Antonio Kast.
Además, existe una clara cercanía con el proyecto político de Javier Milei en Argentina, que se manifiesta en símbolos —como la “motosierra”— y en una narrativa que ataca la corrupción estatal como un requisito indispensable para el desarrollo individual. Este mensaje, más allá de su ideología, resuena en amplios segmentos del electorado chileno, apoyado por la influencia discursiva de Johannes Kaiser.
La figura de Kaiser es significativa al dirigirse a un electorado que valora el golpe militar de 1973, expresando opiniones como: “apoyaría un golpe de Estado si las circunstancias fuesen similares a 1973”. A ello se suman propuestas como la prohibición del Partido Comunista o la eliminación del Ministerio de la Mujer, consolidando el apoyo de un sector que, hasta 2021, no participaba activamente en elecciones. Ahora, bajo el sistema de voto obligatorio, están obligados a acudir a las urnas, lo que revela una relación crítica con la democracia representativa en Chile.
En este contexto global y regional, amplificado por las redes sociales, ha surgido la percepción de que “Chile se está desmoronando”, vinculada a problemas como la corrupción, la delincuencia, la migración irregular y la violencia delictiva. Esta narrativa ha creado una «joya arquetípica» que sustenta una retórica de «sentidos comunes», alineada con el discurso del presidente electo en su reciente campaña, además de las declaraciones del partido republicano en el congreso. Desde esta perspectiva, la apelación al Estado de Emergencia se presenta como una solución lógica, cuyos efectos deben ser monitoreados cuidadosamente.
La noción de “joya arquetípica” se ha arraigado en procesos sociopolíticos recientes, como el estallido social —reinterpretado como un fenómeno delictivo— y el proceso constitucional, especialmente el plebiscito de 2022. Estos eventos han contribuido a establecer una voluntad popular que, a pesar de los avances en áreas como pensiones, jornada laboral, copago cero en salud y mejoras en la seguridad —incluyendo la macrozona sur—, no ha reconocido plenamente los logros del actual gobierno.
Este escenario puede ser analizado a través de la teoría de los clivajes sociopolíticos de Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, que sostiene que las estructuras políticas nacionales se organizan en torno a grandes fracturas sociales, políticas y económicas. En el caso chileno, el clivaje dictadura vs. democracia, que organizó gran parte del espectro político durante décadas, hoy es cuestionado por nuevas dicotomías como orden vs. estallido social o orden vs. delincuencia, crimen organizado y migración. Estas divisiones no operan de manera aislada; por el contrario, se combinan y se refuerzan entre sí, influyendo en el ciclo político actual.
Otro aspecto crucial es la dimensión territorial del fenómeno político. La penetración ideológica y electoral ha estado históricamente asociada al territorio, no solo como espacio físico, sino también como construcción social y cultural. A mayor presencia territorial, mayores posibilidades de influencia política. Sin embargo, esta relación se complica hoy con la interacción de los territorios físico y virtual, moldeados por las redes sociales, donde coexisten discursos falsos —como el colapso total del país— y problemáticas tangibles, como la corrupción, privilegios e inseguridad.
En la reciente elección presidencial, caracterizada por el voto obligatorio, las derechas —en especial las corrientes republicanas y libertarias— lograron capitalizar este contexto territorial, tanto en su dimensión física como digital, planteando un reto a las fuerzas oficialistas para recuperar el espacio político mediante estrategias innovadoras.
Por último, la estrategia de campaña del candidato ganador, aunque austera, resultó efectiva al centrarse en un número limitado de clivajes, especialmente los vinculados al orden, la delincuencia, la migración, el estallido social y la crisis económica. La decisión de restringir las intervenciones públicas del candidato minimizó el riesgo de inconsistencias argumentativas, evidentes en debates como los de ARCHI y ANATEL, sobre todo ante las preguntas de Jeannette Jara. Las responsabilidades del oficialismo, a nivel de coalición y gobierno, merecen un análisis aparte, aunque ya son evidentes en algunas opiniones.
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