Por Claudia Molina B.| FACTOS. Opinión
En la política chilena persiste una realidad que se ignora: en este país no siempre triunfan los mejores programas, ideas o candidatos. A menudo, la victoria se la lleva la narrativa, un conjunto de marcos, significados y miedos que se arraigan en la vida pública hasta convertirse en sentido común.
Como señala George Lakoff, “quien controla el marco controla el debate”. Las elecciones del pasado domingo 16 de noviembre ejemplificaron este fenómeno: el triunfo de un marco cuidadosamente cultivado durante años, el del “orden” amenazado por el “octubrismo delincuencial”.
Siento cada vez más firme la convicción de que este reencuadre moral, tal como lo describe Jonathan Haidt, donde las cuestiones políticas son vistas a través de una óptica moral, resultó ser el elemento decisivo en una elección que dejó a las encuestas desactualizadas y al país en estado de shock.
Del estallido social al estallido “delictual”: la pérdida del significado nacional
A partir de 2019, la derecha chilena lanzó una operación política prolongada: transformar el significado del estallido. Lo que comenzó como un estallido de descontento, desigualdad y cansancio fue resignificado —como diría Stuart Hall— a través de “una lucha por fijar un sentido dominante”.
De esta manera, el estallido dejó de ser social para convertirse en “delictual”, y quienes marcharon se convirtieron en “octubristas”: una etiqueta destinada a asociar toda expresión de descontento con un enemigo interno. Según Stanley Cohen, en su teoría del pánico moral, se crean “demonios populares” necesarios para consolidar una narrativa del miedo.
Esta es la verdadera operación: crear un enemigo moral, no político. Y en esta tarea, la derecha ha sido efectiva.
Lo que para generaciones fue parte de la cultura popular —llamar «pacos» a los pacos, cantar “el que no baila es paco”, protestar bailando y riendo— hoy se presenta como una amenaza seria a la seguridad pública. Alberto Mayol, en Big Bang, describe con claridad este proceso: el poder “se aferra a cualquier significante que permita desactivar el sentido político del malestar”.
Si toda expresión popular puede ser enmarcada como delincuencia, entonces toda protesta puede ser extinguida desde su inicio.
El progresismo sin relato: renuncia a su propia historia
El reverso de esta situación es igualmente crucial. La izquierda no supo —o no quiso— defender el sentido histórico y político del estallido.
Ernesto Laclau afirmaba que la política es una contienda por la hegemonía, por quién logra presentar su interpretación como sentido común. Sin embargo, el progresismo renunció a contar su historia. Se moderó, se culpó, se replegó, dejando vacíos en el espacio discursivo.
Como señala Manuel Antonio Garretón, la centroizquierda llegó al ciclo del estallido “desvinculada del mundo social que decía representar”. En esa renuncia narrativa, dejó el campo despejado. “Donde hay vacío —diría Chantal Mouffe— alguien lo ocupará”.
Las elecciones como plebiscito del miedo
El resultado del domingo debe interpretarse de esta manera: como la culminación de una larga disputa simbólica en la que el relato del miedo superó al relato del malestar.
No porque la inseguridad no sea real —es real— sino porque, como muestra Stuart Hall en Policing the Crisis, la inseguridad puede ser usada como dispositivo articulador para reconfigurar la percepción de la vida pública.
El éxito electoral reside no solo en propuestas, sino en la capacidad de instaurar un marco emocional. David Snow, experto en framing, lo resume así: “Los marcos son esquemas interpretativos que dan sentido a los acontecimientos y legitiman cursos de acción”. Lo que ganó fue el marco.
¿La imagen más representativa? José Antonio Kast cerrando su campaña detrás de un cristal blindado.
Un candidato que promete orden, literalmente aislado tras un escudo transparente del pueblo que dice representar.
No es un gesto de seguridad. Es un gesto político. Ese cristal no protege a Kast del país. Protege la narrativa del miedo: la noción de que él está en peligro porque el país está controlado por “los demás”.

Un país atrapado entre símbolos
Chile está poblado de gestos que solían ser parte de la identidad popular —las cacerolas, los cánticos, los bailes en la calle— que ahora son descritos por ciertas élites como signos de caos.
Como explica Ivonne Riffo-Pavón, el estallido generó una “batalla por los imaginarios” donde los sectores hegemónicos luchan por preservar su interpretación del país.
Este es el verdadero desafío: no solo las diferencias políticas, sino la contienda por la memoria social. Cuando un país pierde el derecho a interpretar su propia historia, queda a merced de quien cuente la mejor narración, aunque sea falsa.
El desafío que se avecina
Si el progresismo desea recuperar el poder real, tiene que retomar su relato. Nancy Fraser indicaría: abandonar la “melancolía del progresismo neoliberal” y reconectar distribución, reconocimiento y democracia.
No bastan diagnósticos técnicos ni programas que pocos leen. Es fundamental reafirmar —de manera clara y sin excusas— que:
- la protesta es un derecho,
- el malestar tiene causas estructurales, y
- criminalizar la cultura popular es una forma de violencia política.
Las elecciones del 16 de noviembre no fueron ganadas por una persona o un partido. Ganó una narrativa.
Y si esa narrativa no es desafiada, seguirá moldeando el país durante muchos años más.
Con Información de factos.cl