Por Claudia Molina B.| FACTOS – Columna de Opinión
En Chile, los trabajadores parecen tener que hacer sacrificios extremos, incluso a riesgo de su vida, para que se les escuche. Mientras los mineros de El Teniente detienen sus labores y se manifiestan, la clase política, en el Congreso y en los programas matutinos, se enreda en disputas legales como si fueran meras servilletas usadas. Anuncian sus acciones con gran pompa, buscando notoriedad, pero raramente las llevan a cabo. Todo se reduce a ruido sin efectos tangibles.
Codelco, una institución que en su momento fue símbolo de orgullo nacional y soberanía, se enfrenta a su propio personal desde hace años, no por crisis externas, sino por la acumulación de abusos, despidos inexplicables y la prepotencia de una administración que parece haber olvidado que la riqueza de este país surge del trabajo arduo bajo tierra, no de las oficinas con aire acondicionado.
Y mientras los mineros alzan la voz, ¿qué hace la derecha política? Se desgarra entre ellos. Se acusan, se traicionan, se graban, se amenazan. Todo un espectáculo, aunque grotesco. Se disputan quién se queda con un trozo más de una torta que cada vez huele a corrupción. Dicen defender el orden, pero ni siquiera pueden manejar sus propias filas. Prometen demandas legales como si el sistema judicial fuera un chat de WhatsApp. El día que se tomen en serio su labor, quizás ya no haya nadie dispuesto a escuchar.
En otro extremo del espectro social, los estudiantes comienzan a movilizarse. No lo hacen al azar ni por aburrimiento. Lo hacen porque se dan cuenta de que las promesas de reforma y participación quedaron en el olvido. Para colmo, la Contraloría General de la República ha iniciado una ofensiva para restringir el uso del pase escolar, un derecho adquirido tras grandes movilizaciones estudiantiles en 2006 y 2011, que no debe eliminarse de un plumazo sin considerar las consecuencias que el país ya conoce. La educación sigue atrapada por intereses particulares, las infraestructuras se desmoronan y el Ministerio de Educación, junto a las autoridades, continúan avanzando con un desánimo habitual. ¿Y qué les ofrecen? Más discursos vacíos y «diálogos» que carecen de sustancia.
Todo esto ocurre simultáneamente. No son eventos aislados, sino síntomas de un sistema que ha perdido conexión con lo esencial. La política se ha transformado en una industria del espectáculo donde la forma prevalece sobre el fondo, y la ciudadanía se convierte en un público cautivo que ya no aplaude, pero tampoco puede abandonar la sala.
El descontento está volviendo a ocupar el centro del escenario. No es una amenaza, sino una advertencia. Y si quienes gobiernan y aquellos que aspiran a liderar no lo comprenden, lo que está en juego no será simplemente una elección, sino algo mucho más profundo: la escasa legitimidad de la democracia y el respeto por la historia de este país.
Con Información de factos.cl