Por Claudia Molina B.| FACTOS – Opinión
Recientemente, Johannes Kaiser afirmó que la revolución no representa progreso, sino un retroceso a un pasado idealizado donde, según él, “las cosas eran mejores”. Para reforzar su punto, aseguró que Rousseau y los jacobinos son los padres intelectuales tanto del marxismo como del nacionalsocialismo, todos ellos unidos por el mito del “buen salvaje”. Esta afirmación es, sin lugar a dudas, un despropósito tanto histórico como conceptual. Sin embargo, como ocurre en muchas entrevistas entre ignorantes, solo se produjo un aplauso mutuo.
Lo alarmante es que esta conversación no fue conducida por un improvisado, sino por Julio Alvear, quien tiene un doctorado en Filosofía y Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, y posee un currículo académico extenso en filosofía política clásica, marxismo, neomarxismo y teología de la historia. Con dicha formación, resulta incomprensible que Alvear no haya corregido, matizado o al menos aclarado los conceptos erróneos que expuso Kaiser. Que un político desconozca la historia es reprochable; que un académico con tales credenciales la distorsione por omisión es simplemente una irresponsabilidad intelectual.
Es cierto que la palabra revolutio en latín se refería a un “giro” o “retorno” en un contexto astronómico. No obstante, en el ámbito político, desde el siglo XVII, este concepto adquirió un significado muy diferente: la transformación radical de la estructura existente. La Revolución Gloriosa en Inglaterra, la Revolución Francesa y las independencias de América Latina no fueron meros “retrocesos” a un pasado idealizado, sino rupturas fundacionales hacia un nuevo orden. Reducciones simplistas de la revolución como un movimiento regresivo confunden más de lo que aclaran.
Jean-Jacques Rousseau nunca describió al “buen salvaje” como lo caricaturiza Kaiser. Su argumentación fue que la sociedad, con su desigualdad y corrupción, había distorsionado la libertad natural del ser humano, y que era fundamental reconstituir el contrato social para garantizar la justicia y la soberanía popular. Los jacobinos, durante la Revolución Francesa, retomaron esas ideas no para “volver a la barbarie”, sino para regenerar la república sobre nuevas bases. Afirmar que Rousseau deseaba un regreso a las cavernas revela una ignorancia deliberada sobre su obra.
La confusión alcanza su máxima expresión cuando Kaiser relaciona indistintamente el marxismo y el nazismo como doctrinas “revolucionarias” derivadas de Rousseau. Quien haya consultado siquiera un manual de historia sabe que estas tradiciones ideológicas son diametralmente opuestas: una se basa en la lucha de clases y la emancipación, mientras que la otra se fundamenta en el nacionalismo racial y el totalitarismo. Para Kaiser, todo encaja bajo el paraguas de Rousseau y su ficticio “buen salvaje”. Una teoría que haría sonrojar a cualquier estudiante de primer año de historia.
El problema no se limita a Kaiser; también abarca la plataforma complaciente que se le brinda. Que en un medio como FNM TV, afiliado a Fundación Nueva Mente, un entrevistador con títulos de doctorado y un amplio currículo académico se limite a asentir y aplaudir, en lugar de enriquecer el debate con rigor, refleja lo mal que estamos. Si los académicos permanecen en silencio frente a falacias históricas, ¿qué tipo de conocimiento se está transmitiendo?
La revolución, entendida históricamente, implica ruptura, refundación y soberanía popular. Es libertad contra absolutismos, igualdad frente a privilegios y emancipación ante colonialismos. Resumirla a un regreso “salvaje” es una representación tan pobre como peligrosa, ya que banaliza uno de los conceptos políticos más significativos de la modernidad.
La historia y la filosofía merecen un tratamiento riguroso. Lo demás—lo de Kaiser, lo de Alvear, lo de FNM TV—no es más que ignorancia provechosa.
Con Información de factos.cl