Un análisis sobre la disminución de la hegemonía y el deterioro de la democracia

Desde el supuesto «fin de la historia» hasta el amanecer de una contradicción emergente, se analiza el fenómeno de cómo un individuo con ideales pinochetistas logró captar la atención y el apoyo de un electorado que, en realidad, no representa sus intereses. El derrumbe del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética al principio de los noventa no solo señalaron el cese de la Guerra Fría, sino que también dieron inicio a una era de indiscutible dominio occidental, comandado por los Estados Unidos. Este período fue visto por muchos como la consolidación final de la democracia liberal, llegándose a proclamar incluso el «fin de la historia» ideológica. Sin embargo, contra todo pronóstico, este tiempo no fortaleció el concepto de democracias liberales estables mundialmente; por el contrario, descubrió una paradoja profunda: la disolución del equilibrio bipolar y los cambios geopolíticos que motivó han generado las condiciones para el deterioro de la misma democracia representativa que aspiraba a universalizar.

Este análisis sostiene que la falta de un contrapeso soviético desató una serie de dinámicas —geopolíticas, económicas e ideológicas— que, en combinación con las debilidades innatas del sistema democrático liberal, han propiciado un ascenso global de la democracia iliberal. Este modelo híbrido, que conserva una cáscara electoral mientras socava el Estado de derecho y las libertades civiles, no es una anomalía, sino el indicador de una crisis sistémica que enlaza el fin de la bipolaridad con el malestar contemporáneo.

La desaparición de la URSS eliminó también el gran equilibrio ideológico que proporcionaba cohesión y una misión civilizatoria al bloque occidental, llevando a una expansión desmedida y trivialización del modelo democrático. En ausencia de un adversario existencial, la promoción de la democracia se transformó frecuentemente en una herramienta de política exterior simplificada, descuidando la formación paralela de instituciones liberales sólidas. Este «fetichismo electoral» permitió el surgimiento de «regímenes híbridos» que, aunque utilizan las urnas para legitimarse, una vez en el poder, evaden sistemáticamente los límites a su autoridad.

La democracia iliberal, lejos de ser una dictadura tradicional, mantiene una relación compleja y paradójica con las formas democráticas, rechazando el pluralismo liberal en favor de una ideología excluyente. Este ensayo también argumenta que el proyecto iliberal encuentra suelo fértil en un contexto de descontento global, donde la promesa de la globalización liberal ha dejado de convencer ampliamente.

Finalmente, se concluye que estamos en una encrucijada histórica. La emergencia de la democracia iliberal no simboliza un retorno al totalitarismo del siglo XX, sino una adaptación autoritaria al siglo XXI, que aprovecha las libertades formales para socavar la esencia liberal, emplea el legalismo para subvertir el estado de derecho y manipula el descontento legítimo para establecer un poder excluyente. La defensa de la democracia liberal exige una urgente reconexión entre la legitimidad procedimental (las elecciones) y la legitimidad sustantiva, atendiendo a la justicia social, la seguridad ecológica y una vida digna para las mayorías, asegurando así una representación auténtica en un diálogo social participativo con el poder.

Con información de https://www.pressenza.com/es/2025/12/la-posguerra-fria-y-el-surgimiento-del-orden-iliberal-un-ensayo-sobre-el-declive-hegemonico-y-la-erosion-democratica/

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