Economistas a menudo nos inundan con cifras y datos, comunicándonos mediante un lenguaje compuesto de estadísticas que, para muchos, resulta incomprensible. Estamos frente a un escenario donde el sistema económico global, con todos sus engranajes, parece estar o estar a punto de colapsar, lo cual, para los propósitos de este texto, es indistinto. Las cifras reflejan realidades crudas como el hambre, enfermedades, conflictos bélicos y migraciones forzosas, todas expresiones de un incremento en la violencia, el padecimiento y el sufrimiento generalizado.
Se debate cuál será el fondo al que este sistema puede caer y cómo debemos posicionarnos frente a su inminente derrumbe, invitando a una reflexión sobre el asunto. Recientes actualizaciones en las estadísticas mundiales sobre la distribución de la riqueza indican un panorama de desigualdad extrema, donde el 1% de la población acumula más riqueza que el 70% más pobre a partir del año 2015, una tendencia que ha venido acelerándose y se prevé continúe en esta dirección.
Esto nos lleva a cuestionar la estructura del «sistema» global como tal, y no solamente aspectos aislados dentro del mismo. Hablamos de una humanidad interconectada que opera dentro de un sistema autocontenido que valora principalmente el poder y la riqueza, imponiendo sus reglas uniformemente, sin importar las diferencias geográficas o ideológicas.
Dentro de las interpretaciones de estas estadísticas, encontramos visiones que van desde aquellas que lo ven como una constante histórica de la humanidad, hasta quienes creen en la posibilidad de reforma del sistema para alcanzar un progreso inclusivo. Sin embargo, existe una perspectiva más crítica que ve en la actual situación el cierre de un ciclo histórico, marcado por el fracaso en resolver cuestiones fundamentales para el bienestar humano en una escala global.
Ante el imperativo de un cambio, se plantea que solo un rechazo contundente a los valores del sistema actual por parte de las nuevas generaciones podría impulsar la emergencia de un nuevo ciclo basado en principios como el humanismo, la no violencia, la compasión, y el respeto global por la diversidad cultural.
En este contexto, inspirados en las enseñanzas de Silo, se sugieren medidas personales y colectivas para contribuir a esta transformación, que van desde rechazar y denunciar la violencia en todas sus formas, hasta enfocarse en una coherencia de vida alineando nuestros pensamientos, sentimientos y acciones hacia la construcción de un mundo sin violencia y más humano, reafirmando la importancia del desarme y la solidaridad entre culturas diversas hacia la formación de una “Nación Humana Universal”.
En conclusión, aunque se podrían sugerir muchas otras acciones, estas son un punto de partida que refleja una manera de vivir radicalmente diferente a la impuesta por el sistema vigente, con potencial para transformar tanto nuestra realidad personal como la sociedad en su conjunto, superando así un sistema que se derrumba bajo el peso de su propia violencia y contradicciones.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2016/02/estadisticas-salvajes-en-un-sistema-social-cerrado-propuestas-humanistas/#comment-3660