En una era dominada por la virtualidad, los enfrentamientos armados nos recuerdan que los asuntos de la política internacional se libran en el ámbito concreto: en territorios, en las vidas de las personas, y en la pugna por los recursos. Para América Latina y el Caribe, esta realidad no implica resignación ante el poder de los más fuertes, sino una defensa firme del valor estratégico de la paz.
Con el transcurso de las últimas décadas, se había afianzado la percepción de que estábamos avanzando hacia un mundo cada vez más inmaterial. La digitalización parecía estar borrando las fronteras tradicionales; las economías operaban mediante flujos financieros invisibles, la comunicación se había desplazado a las pantallas, y nuestra memoria colectiva parecía resguardarse en espacios virtuales. Este nuevo paradigma sugirió que las antiguas disputas por territorios quedarían atrás y que, en una era marcada por el dominio de un orden liberal sustentado en instituciones globales, la violencia entre estados se convertiría en algo obsoleto.
No obstante, la realidad actual nos muestra un escenario internacional donde las guerras han vuelto a ser protagónicas. Los acontecimientos en Ucrania, en el Cáucaso, o en Medio Oriente nos recuerdan que los asuntos mundiales siguen estando fuertemente anclados a lo concreto: al control de territorios, a recursos estratégicos, a vías logísticas y a poblaciones. Surge entonces la pregunta de por qué, en este momento histórico, se evidencia un retorno de los conflictos entre naciones.
La explicación más convincente se encuentra en la estructura del sistema internacional actual. Tras el fin de la Guerra Fría, la hegemonía estadounidense pareció disminuir los incentivos para conflictos directos entre las grandes potencias. Las guerras ocurrieron, ciertamente, pero a menudo involucraron a actores no estatales en confrontaciones desiguales. Sin embargo, la estabilidad relativa ofrecida por un poder hegemónico unipolar empezó a cambiar debido a crisis financieras y al surgimiento de potencias como China y Rusia, reconfigurando el panorama hacia una competencia multipolar.
John Mearsheimer, profesor en Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago, destaca en su obra «War and international politics» (2025), que ahora habitamos un mundo donde la rivalidad entre grandes potencias se intensifica. Además, la concentración del poder ya no recae exclusivamente en los estados; entidades como corporaciones transnacionales, plataformas digitales, y redes de crimen organizado, también influyen en la estabilidad global. En este contexto de poder fragmentado, donde ninguna entidad tiene capacidad para imponer un orden estable, resurgen los conflictos interestatales.
Los Estados atacan porque se presentan oportunidades para lograr ventajas estratégicas a costos reducidos, y las inconsistencias en la aplicación de las normas internacionales normalizan este comportamiento, socavando la idea de un orden mundial fundado en reglas estables.
El auge de la digitalización reforzó el concepto de un mundo político más etéreo, donde lo físico parecía perder importancia frente a algoritmos y mercados sin ubicación fija. Sin embargo, la lucha por semiconductores, la pugna tecnológica, el control de rutas marítimas, y el acceso a recursos energéticos, evidencian que lo tangible sigue siendo central para la seguridad y el poder. La digitalización añade herramientas, pero no reemplaza la importancia de las geografías en la política internacional. La guerra nos recuerda brutalmente que la historia no avanza únicamente hacia la intangibilidad. Mearsheimer lo sintetiza así: «La política internacional es un deporte de contacto, competitivo y potencialmente letal». Ningún desarrollo tecnológico o red digital puede erradicar esta realidad.
Para naciones como Chile y, en general, para toda América Latina y el Caribe, el resurgimiento de lo tangible plantea un desafío significativo. La región, que históricamente optó por la diplomacia, la cooperación, y el derecho internacional en vez de la confrontación armada, debe enfrentar el debilitamiento del orden internacional y el retorno de un realismo basado en la fuerza. Persistir en la importancia del derecho internacional, en la resolución pacífica de conflictos, y en la cooperación regional, entonces, no es una opción ingenua, sino una necesidad vital.
América Latina y el Caribe tienen ante sí la misión de mantener vivo el espíritu de concertación política, reforzando su postura colectiva en favor de la paz y fortaleciendo sus lazos con un sistema multilateral en crisis, a partir de su experiencia de convivencia pacífica. La región, que ha evitado conflictos interestatales durante buena parte del último siglo, puede demostrar que la seguridad no depende exclusivamente de la fuerza bruta, sino también de la voluntad política de priorizar la cooperación sobre el enfrentamiento.
Este momento histórico nos enseña que la violencia interestatal no ha desaparecido, sino que solamente estaba en pausa bajo un orden transitorio. En un contexto de guerras y desplazamientos renovados, América Latina y el Caribe tienen la oportunidad de recordarle al mundo que existen alternativas. La región ha mantenido, casi por un sigente, una coexistencia pacífica entre sus estados y una diplomacia activa para evitar la escalada de conflictos. Desde el papel de mediadores de países como México y Chile en crisis recientes, hasta la creación de plataformas como la CELAC y el Grupo de Contadora, América Latina ha mostrado que la paz también se construye mediante una política exterior comprometida, diálogo e instituciones. Revalorizar este legado es crucial en un tiempo donde la guerra y la deshumanización amenazan con normalizarse.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2025/11/los-espejismos-de-la-guerra/