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El Laberinto del Progresismo en América Latina
Actualmente, en medio de una ofensiva total de la derecha más conservadora, el progresismo y la izquierda parecen atascados en un laberinto, incapaces de actualizar su discurso y estrategias. Muchos gobiernos progresistas de este siglo en la región se han enfocado más en resguardar logros previos que en avanzar en los cambios necesarios y construir un futuro.
A inicios de este siglo, se notaba un vacío en el ámbito político, dominado por fuerzas conservadoras. En la actualidad, parece que los jóvenes, influenciados por la cultura del consumo y las redes sociales, han perdido de vista referentes políticos que defiendan el Estado, las políticas redistributivas, el desarrollo humano, el medio ambiente y los derechos humanos de las minorías.
Algunos críticos argumentan que uno de los fracasos del progresismo radica en utilizar diagnósticos obsoletos, propios del siglo XX, en sociedades que han experimentado transformaciones drásticas. Esto ha conducido, en ocasiones, a una defensa acrítica del Estado sin cuestionar qué tipo de Estado es necesario para afrontar las crisis contemporáneas. Este desencanto ha transformado la esperanza en un proyecto progresista en un rotundo fracaso, marcada por una crisis de propuestas políticas y una tendencia hacia la conservación.
Existen distintas interpretaciones sobre el surgimiento del progresismo, que muchos ven como un intento de desviar la atención de las ideas del chavismo y el bolivarianismo provenientes de Venezuela. Este modelo se buscó cooptar, contener o eliminar por parte de políticos y empresarios.
Es fundamental reconocer la limitada eficacia de los últimos gobiernos progresistas, que han dejado a sus países con escaso crecimiento económico y altos índices de descontento social. Aunque algunos mandatarios llegaron al poder por elecciones, pronto vieron disminuir su apoyo popular, evidenciado en fracasos destacados como el de Alberto Fernández en Argentina o Gabriel Boric en Chile, quienes se autodenominan embajadores del progresismo.
Recientemente, la nueva doctrina de seguridad estratégica de Estados Unidos ha intensificado la injerencia política y el intervencionismo militar en lo que Washington considera su “patio trasero”. El uso de la propaganda mediática ha creado un ambiente propicio para las ultraderechas regionales, que han renovado su fe en los mercados, especialmente tras el despliegue de tropas en el Caribe y la política a corto plazo del presidente estadounidense Donald Trump.
La crisis del progresismo radica, quizás, en su propio origen: surgió como una “salida de emergencia” ante el agotamiento de los sistemas políticos tradicionales y el descontento popular contra el neoliberalismo. Además de las políticas regresivas impuestas, la derecha busca un cambio cultural que desafíe los valores progresistas y los lazos de solidaridad formados en las últimas décadas. Para esta nueva derecha, el pensamiento crítico se convierte en un obstáculo para el progreso.
El colombiano José Honorio Martínez sostiene que el progresismo no logra consolidar avances sostenibles debido a su sometimiento a las inerciales impuestas por endeudamiento y financiarización (como en el caso argentino), o a los mandatos comerciales y extractivistas de la UE, como es el caso de Gabriel Boric, o al control judicial y militar que enfrenta el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.
Finalmente, el compromiso con los cambios y demandas populares se ve superado por la necesidad de conservación del régimen político y sus instituciones.
La democracia representativa, la propiedad privada, el eurocentrismo, y los partidos políticos son algunas de las «verdades reveladas» que han estructurado nuestra vida institucional desde el siglo XIX. Sin embargo, la crisis actual desafía tanto a la modernidad como al capitalismo, como señala Jorge Elbaum.
No se trata solo de reformar el Estado, sino de cambiar los paradigmas que sustentan su existencia y funcionamiento, deteniendo la ofensiva libertaria de la ultraderecha, bien financiada por Washington y Europa, que busca restaurar un control sobre América Latina acorde a la versión del siglo XXI de la doctrina Monroe.
Es crucial reavivar el pensamiento crítico (no el complaciente) y construir nuevas democracias desde la base. Simplemente acusar no es resistencia; la falta de ideas y objetivos entierra el ideario de la izquierda.
En Chile, se habla ampliamente de la manipulación política de la expresidenta Michelle Bachelet, que impulsó la candidatura de Boric y ahora se postula a la Secretaría General de la ONU tras presentar un informe sobre la situación de derechos humanos en Venezuela, similar al de la oposición venezolana.
Grupo de Puebla
El Grupo de Puebla fue establecido en 2019 para unir a líderes progresistas en un momento en el que algunas administraciones de derecha desmantelaban la UNASUR y la integración regional. Este grupo provocó un rechazo en la ultraderecha latinoamericana y española al proponer un capitalismo con rostro humano. Sin embargo, los fracasos del progresismo anteceden su formación y se deben a la falta de un proyecto de transformación radical en la región.
Los analistas se cuestionaban si se trataba de una tercera vía o de una nueva socialdemocracia. Se planteaba un modelo de desarrollo solidario basado en seis ejes: la superación de la desigualdad, la creación de valor, una nueva política económica, la transición ecológica, la integración regional, y una nueva institucionalidad democrática, junto con reformas tributarias y una salud universal.
El Foro de Biarritz, iniciado por el expresidente colombiano Ernesto Samper a principios de los 2000, sirvió como un espacio para el debate y análisis de problemas comunes, reuniendo a líderes políticos y económicos. Samper fue un defensor del Grupo de Puebla.
Hoy, algunos intelectuales “progresistas” sugieren que no ha habido gobiernos verdaderamente progresistas y que la lucha actual se da entre dos tipos de derecha: una modernizante y otra oligárquica. Se argumenta sobre un neoliberalismo transgénico desde entornos académicos progresistas, usualmente apoyados por ONGs y fundaciones europeas.
Es desalentador ver que comunidades indígenas y trabajadoras sean manipuladas para votar por la derecha o la ultraderecha en lo que puede interpretarse como un intento de refundar movimientos de izquierda. Una de las carencias del progresismo latinoamericano, que explica sus derrotas, es la ausencia de una cultura popular de izquierda vibrante y alternativa, con nuevos ejes de organización.
Hace 27 años, Hugo Chávez se proclamó vencedor en las elecciones presidenciales de Venezuela, marcando un nuevo capítulo en la historia de América Latina y el Caribe, así como en las estrategias para contrarrestarlo. Curiosamente, la Internacional Socialista reconoció a Juan Guaidó, un golpista, como “presidente interino” de Venezuela.
Es cierto que no se puede estar bien con Dios y con el diablo, pero la historia ha mostrado que la socialdemocracia puede lograrlo. No debemos olvidar que muchos que participaron en la “primera ola progresista” a principios de siglo, incluyendo a Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Lula da Silva, Rafael Correa y Evo Morales, construyeron políticas de integración regional, como la UNASUR.
¿Tiene el progresismo algo que ofrecer a las nuevas generaciones? Lamentablemente, no se cultivó una ciudadanía activa. Aunque se lograron beneficios en inclusión y redistribución, estos suelen ser efímeros y escapan hacia quienes prometen más esperanza. El propósito de acceder al poder estatal debe ser derrotar a la clase dominante, no cohabitar con ella.
Desarrollar un proceso revolucionario implica transformar las indignaciones sociales en movilización popular. Esto requiere la formación de nuevos líderes, dejando atrás el enfoque moderno de depender de expertos en imagen para ganar elecciones. La clave es preguntarse para qué se desea ganar y para quién se administrará el poder.
Hoy enfrentamos un vacío político ocupado por fuerzas conservadoras. La juventud ha perdido de vista referentes que defiendan un Estado que garantice redistribución, desarrollo humano y derechos fundamentales. El progresismo, atrapado en diagnósticos del siglo XX, necesita revisar qué modelo estatal se requiere para resolver las crisis actuales.
Esta crisis se ha intensificado por un nuevo contexto geopolítico que restringe la capacidad de acción de los gobiernos progresistas, urgidos de realizar un análisis estratégico más profundo. En el instante en que el progresismo se vuelve complaciente, se convierte en un oxímoron, perdiendo su razón de ser mientras las masas insatisfechas buscan alternativas.
La hoja de ruta progresista actual sugiere abandonar el anacrónico modelo neoliberal extractivista, sin mencionar directamente al capitalismo, que ha generado severos impactos en el medio ambiente y una alarmante concentración de riqueza en la región, la más desigual del planeta.
Este “modelo” está lleno de buenas intenciones, pero es fundamental explicitar cómo se implementarán estas propuestas, quiénes serán los verdaderos agentes de cambio y qué resistencias enfrentarán. La falta de claridad sobre el poder de las transnacionales, del complejo militar-industrial y del imperialismo se convierte en un limitante para el progresismo.
Algunos argumentan que el progresismo en América Latina termina renovando el capitalismo, evidenciando contradicciones entre aquellos que provienen de posturas opuestas y que anteriormente se opusieron a las políticas estadounidenses.
Para erradicar los latifundios y la explotación, es esencial primero transformar nuestra manera de pensar. La liberación comienza con la mente; es necesario desaprender para reiniciar la reconstrucción. No se pueden repetir análisis y consignas obsoletas.
El poeta español León Felipe decía: «¿Quién lee diez siglos de historia y no cierra el libro al ver las mismas cosas siempre con diferente fecha? Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos y las mismas cadenas». ¡Qué pena que todo siga siempre igual!
Si necesitas algún cambio más específico, sólo házmelo saber.
Con información de https://www.pressenza.com/es/2025/12/el-progresismo-en-su-laberinto-no-encuentra-la-salida/