Autor: Vasco Moulián, panelista de Primer plano (CHV)
La tragedia de Avellaneda, acontecida ayer, no solo fue un reto para la televisión abierta chilena, sino también un reflejo de sus fortalezas y debilidades al enfrentar emergencias informativas. En momentos de crisis, la televisión sigue siendo el medio de referencia para millones de chilenos. Lo que observamos en pantalla destacó la discrepancia entre quienes comprenden su responsabilidad como servicio público y aquellos que parecen ignorar que, frente al dolor colectivo, no se debe desviar la mirada.
Mega fue el primero en romper su programación, interrumpiendo brevemente su parrilla para informar en el momento preciso en que la noticia emergió. Aunque carecieron de imágenes y detalles, Mega logró lo fundamental: comunicar al país, sin demora, que algo grave estaba sucediendo en Argentina. Esta rapidez, a menudo criticada por ser superficial, tiene una enorme relevancia: es el primer aviso, la señal que nos pone en alerta.
Posteriormente, Canal 13 optó por un enfoque más detallado, con un despacho bien estructurado y un esfuerzo significativo en contextualizar los hechos. No solo compartió la noticia, sino que hizo un esfuerzo por explicarla, acercándose a la audiencia a través de imágenes y testimonios, pasando de un simple «algo pasó» a «esto está ocurriendo y aquí están los datos que tenemos.» Esto representó un avance en la calidad de la cobertura.
Sin embargo, fue en Chilevisión donde la información alcanzó su mejor desarrollo. Rodrigo Vera se convirtió en una figura clave, ofreciendo un relato que combinó inmediatez, claridad y profundidad. No se trató de llenar tiempo al aire, sino de crear un relato periodístico riguroso, donde cada palabra contaba. Vera evitó caer en el dramatismo o la especulación; su tono sobrio y sereno fue un ancla para quienes, desde sus hogares, buscaban entender lo sucedido.
Asimismo, Chilevisión marcó la diferencia al establecer contactos internacionales cruciales. Primero, con el embajador de Chile en Argentina, José Antonio Viera-Gallo, quien brindó información directa desde Buenos Aires en medio del desconcierto. Además, mantuvieron contacto con la Embajada de Argentina en Chile, ampliando la cobertura a una dimensión diplomática y oficial, entregando certezas y voces de autoridad. Este despliegue recordó lo que debe ser el periodismo en momentos de crisis: un puente entre la información y la ciudadanía.
Por el contrario, lo que sucedió con otros canales fue vergonzoso. TVN decidió no interrumpir su señal abierta. La noticia se transmitió, sí, pero únicamente en sus canales de cable, a los que no toda la población tiene acceso. Este es el problema: cuando un medio concesionado decide priorizar solo sus plataformas de pago, renuncia a su responsabilidad social. La televisión abierta debe estar disponible para todos, especialmente para quienes no pueden costear cable o streaming, y en este caso, TVN abandonó a esa audiencia. Un error inaceptable.
Lo que hizo TVN, el canal de todos los chilenos, fue aún más doloroso. Mientras el mundo entero hablaba de Avellaneda, y Mega, Canal 13 y Chilevisión ya estaban informando en vivo, TVN no hizo ningún despacho especial. No hubo interrupciones en su programación, ni siquiera una mínima reacción en su señal principal. Es alarmante que el canal público, que debería ser el primero en apoyar a la ciudadanía en momentos de conmoción, optara por el silencio. TVN no puede permitirse ser un espectador pasivo ante una tragedia de tal magnitud.
Lo que sucedió ayer deja una lección: la televisión abierta chilena sigue siendo un espacio de referencia, pero debe reafirmar su compromiso con la inmediatez y la profundidad informativa. Mega fue el primero, Canal 13 aportó contexto, Chilevisión destacó con un despliegue internacional y un periodista que estuvo a la altura. En cambio, TVN falló de manera estrepitosa: primero, al limitar la noticia al cable; luego, al no hacer nada en absoluto. Vergüenza ajena.
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