Autor: Vasco Moulián, panelista de Primer plano (CHV)
Las elecciones parlamentarias de este año han desatado un fenómeno curioso y cada vez más habitual: la aparición de rostros televisivos en las boletas. La política chilena, sumida en el desgaste y el descrédito, parece buscar la popularidad y cercanía que solo la televisión puede ofrecer. Pero, ¿realmente esto aporta algo positivo?
El caso de Pablo Herrera es emblemático. El panelista de Sin filtros estuvo al borde de quedar afuera, y reconoció que fue Evelyn Matthei quien lo rescató. Este gesto lo convirtió en un “mateísta”, aunque su inclinación política es más parecida a la de José Antonio Kast o Johannes Kaiser, conocidos por sus intervenciones duras y agresivas en televisión. ¿Qué tan beneficioso es un enfoque tan confrontacional en política?
Por su parte, Juan Pablo Sáez busca dar el salto. Reconocido por su trayectoria en teleseries y teatro, enfrenta un mayor reto: responder a cuestionamientos sobre su vida familiar, especialmente en temas de manutención y su lucha por la tutela de su hija. Una carga que podría opacar sus aspiraciones.
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Gonzalo Egas, recordado por su rol en programas deportivos y realities, se adentra en un campo inexplorado. Nunca ha estado en política, lo que puede ser tanto una debilidad como una virtud: llega sin vicios, pero también sin experiencia. Algo similar sucede con Doctor File (Cristián Contreras), aunque su enfoque filosófico podría enriquecer el debate, a pesar de su complejidad.
Javier Olivares, con su experiencia en televisión y radio en Estados Unidos, aporta un estilo diferente: dinámico, con una lógica comunicativa “gringa” que podría resonar en un Congreso chileno tan lento. Mientras tanto, Marlen Olivari intenta nuevamente el camino político, pero el desafío será conciliar su imagen mediática con un discurso político sólido.
Entre las mujeres, Carolina Julio, ex SQP, posee un encanto y sensibilidad que podría sorprender. Macarena Venegas, abogada y rostro televisivo, se destaca por su preparación y pensamiento crítico, a diferencia de otros. En cuanto a Felipe Vidal, su salto a la política ha desconcertado, ya que nunca había mostrado inclinación partidaria ni claridad en su discurso.
También figura Li Fridman, actriz cuya popularidad es cuestionable, generando dudas sobre si su candidatura responde al atractivo económico o a un verdadero proyecto político. Contrariamente, Ignacio Achurra muestra coherencia: siempre ha sido militante y ya tiene experiencia en la Convención Constitucional, otorgándole un respaldo a su candidatura. Asimismo, Felipe Ríos, quien además de actor, ha trabajado como gestor cultural, presenta una propuesta con un trasfondo auténtico.
El caso de Patricio Laguna genera simpatía, pero no está claro qué puede ofrecer más allá de su rostro familiar. Una incógnita similar plantea Pollo Valdivia, que llega a un partido en crisis como la Democracia Cristiana, con un futuro incierto.
Por otro lado, Carolina Herrera, médica que se convirtió en voz política durante la pandemia en matinales, cuenta con una experiencia que la legitima, aunque ahora deberá adaptarse a un nuevo escenario. Finalmente, Ariel Mateluna, conocido por su papel en «Machuca», ha mantenido coherencia al expresar sus opiniones políticas, lo que hace que su candidatura sea una evolución natural de su perfil.
Este panorama evidencia que la política chilena se abre cada vez más a los rostros mediáticos, en busca de popularidad y conexión con la ciudadanía. Algunos, como Achurra, Ríos o Venegas, llegan con causas claras, mientras que otros parecen más motivados por el beneficio económico o la fama. Será el votante quien decida si el Parlamento realmente necesita celebridades para recuperar legitimidad o si este cruce entre espectáculo y política solo profundiza la crisis existente.
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