Durante las elecciones de 1958, el equipo de campaña de Jorge Alessandri Rodríguez utilizó el eslogan “¿Le confiaría Ud. una locomotora a un niño?”, aludiendo a su edad de 62 años y comparándose con candidatos más jóvenes: el radical Luis Bossay Leiva tenía 46; el democratacristiano Eduardo Frei Montalva contaba con 47; y el socialista Salvador Allende Gossens, 50. Aunque Alessandri era el más viejo del grupo, sus oponentes no eran precisamente inexpertos.
En el debate sobre la edad adecuada para ser Presidente de la República, se suelen considerar aspectos legales —como las edades mínimas establecidas en las constituciones chilenas: 30 años en 1833 y 1925; 40 en 1980 y 35 en la actual— o biológicos —relacionados con la plenitud física y mental—. Sin embargo, rara vez se reflexiona sobre un elemento crucial para el ejercicio del poder: la madurez emocional.
Gobernar no solo es administrar; implica tomar decisiones bajo presión, manejar la crítica, sobrellevar la soledad del liderazgo y priorizar el bienestar colectivo antes que el interés personal. Esta capacidad proviene, más que del conocimiento técnico, de la experiencia de vida. La madurez emocional no es automática con la mayoría de edad, sino que se desarrolla a través de años de vivencias, fracasos y la conciencia de nuestra propia falibilidad.
En las últimas décadas, varios países han elegido líderes jóvenes, atraídos por la promesa de “cambio”. Figuras como Emmanuel Macron (39 años al asumir), Nayib Bukele (37) o Gabriel Boric (35) generaron entusiasmo inicial, pero también evidenciaron los peligros de la inexperiencia política: impulsividad en la toma de decisiones, dificultad para la autocrítica y una gestión reactiva en lugar de estratégica. No se trata de desestimar sus logros, sino de reconocer que la juventud, aunque llena de energía, a menudo carece del temple necesario para dirigir un Estado, que es la tarea más desafiante que se puede asumir.
La historia muestra que el poder en manos de quienes no han aprendido a gobernarse a sí mismos puede recaer fácilmente en abusos y errores. Gobernar implica manejar los límites del deseo —ya sea de poder, aprobación, fama o control—, y esta habilidad se adquiere con el tiempo, así como a través de derrotas y fracasos bien enfrentados y asimilados.
Un fenómeno contemporáneo adicional es el retraso de la adultez. Estudios sociológicos indican que los millennials alcanzan hitos de independencia —como formar una familia, alcanzar estabilidad económica y asumir responsabilidades cívicas— casi diez años más tarde que sus padres. Si la madurez psicológica y social se posterga, ¿sería razonable también reconsiderar la edad mínima para ocupar los más altos cargos políticos, volviendo a establecerla en 40 años para la presidencia o el senado?
En muchos países, la Constitución establece la edad mínima para ser presidente entre 35 y 40 años. Este umbral es resultado de una herencia histórica y de la sabiduría tradicional —la política debería ser ejercida por quienes han alcanzado la madurez de la razón (Platón)—, pero ha sido disminuido por las presiones de la efervescencia juvenil. Sin embargo, no hay duda de que se requiere haber vivido lo suficiente para poseer la prudencia necesaria para comprender las consecuencias de las acciones. En un momento en que la juventud prolongada es celebrada como virtuosidad, es importante recordar que el poder demanda discernimiento, moderación y resistencia emocional.
La democracia enfrenta un riesgo al dejarse llevar por mayorías momentáneas que, en su anhelo de renovación, confunden la energía con sabiduría. Entregar el control del Estado a aquellos que aún no han madurado individualmente no solo es una apuesta incierta, sino una forma de irresponsabilidad colectiva similar a la angustia sugerida por el eslogan de Alessandri en los 50.
La historia, desde Roma hasta hoy, nos ofrece ejemplos claros del peligro de ceder el poder a quienes confunden liderazgo con ambición. Lucio Sergio Catilina, un joven patricio romano de carácter ardiente y tumultuoso, creyó que su audacia era suficiente para tomar el poder. Su intento de conspirar contra la República en el 63 a.C. desató una de las crisis más serias de Roma y provocó la célebre respuesta de Marco Tulio Cicerón, en ese momento cónsul, quien replicó con las inmortales Catilinarias: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”.
Este conflicto simboliza la tensión entre la impulsividad juvenil y la madurez del estadista. Catilina, incapaz de controlar su deseo de gloria, prefirió arriesgar la República antes que esperar su turno, mientras que Cicerón defendió la ley, el equilibrio y la razón ante la furia de un poder desenfrenado.
No existe una edad ideal para gobernar, pero sí una lección innegable: el poder sin madurez es una experiencia peligrosa, y las naciones no están para aprender a través del ensayo y error. Gobernar en el siglo XXI exige más que ideales nobles; demanda la capacidad de moderar el impulso, escuchar a los oponentes y resistir la constante presión del poder y la opinión pública.
En tiempos de descontento y desconfianza hacia los políticos tradicionales, la tentación de optar por “lo nuevo” puede parecer irresistible. Sin embargo, las democracias no deben confundirse: la renovación no implica inmadurez. El poder inmaduro, como demostró Catilina, tiende a volverse destructivo. Las naciones no están para ser campo de pruebas de las pasiones, sino para ser guiadas por quienes comprenden la seriedad del mandato que reciben.
Este contraste —entre impulsividad y mesura— también puede abordarse desde la psicología. Freud, al describir las fases de la maduración sexual del ser humano (oral, anal, fálica, de latencia y genital), observó que cada etapa representa un momento en el desarrollo emocional y en el control de los impulsos. Durante la fase sádico-anal, que se desarrolla entre los dos y cuatro años, el niño descubre el poder de retener o expulsar, dominar o desafiar; es un tiempo en el que la voluntad de control y la necesidad de afirmación pueden entrar en conflicto.
Cuando un individuo adulto no ha superado simbólicamente esta fase, tiende a reproducir patrones de control autoritario, obstinación y deseo de dominio. En política, esta inmadurez se manifiesta como rigidez ideológica, intolerancia a la crítica o placer en el ejercicio del poder como imposición, no como servicio. Busca el mando no para servir, sino para reafirmar su ego. Esta actitud es un terreno fértil para regímenes totalitarios o iliberales, donde el gobernante, incapaz de aceptar límites, confunde el Estado con su propio ser y la disidencia con traición. Esto representa un autoritarismo emocional disfrazado de liderazgo. La historia reciente muestra que muchos líderes jóvenes o emocionalmente inmaduros recurren al narcisismo político, creyendo que el apoyo popular equivale a legitimidad. De ahí a restringir libertades, controlar la prensa o manipular instituciones hay solo un paso. Conductas que, si se proyectaran en la curva de Gauss del comportamiento social, aparecerían como excepciones: reacciones extremas, desproporcionadas y, a menudo, destructivas.
En contraste, la madurez emocional —a la que Freud asocia con el desarrollo genital integrado— implica la capacidad de sublimar los impulsos, equilibrar el deseo de control con la empatía y transformar la energía vital en creatividad social. En términos políticos, es el punto donde el líder deja de gobernar por afirmación personal y comienza a hacerlo por convicción ética y servicio a los demás.
Así, la historia, la psicología y la política coinciden en una advertencia fundamental: el poder sin madurez no crea, impone; no gobierna, compensa; no lidera, desahoga. ¿No deberíamos reconsiderar también la edad y las condiciones psicológicas del liderazgo político?
Las democracias liberales, inherentemente frágiles, dependen de la madurez de sus líderes tanto como de la sensatez de sus ciudadanos. Un presidente emocionalmente inmaduro puede destruir en pocos años lo que una sociedad ha construido en décadas: la confianza institucional, la cultura del diálogo, la independencia judicial y los derechos humanos como límites éticos del poder, lo que lleva a la erosión del Estado de derecho y al retroceso de las libertades.
Por otro lado, es importante destacar que la juventud, en sí misma, no es un defecto, ni la edad una garantía. No obstante, la madurez política requiere más que entusiasmo: exige saber escuchar, aceptar errores, entender la complejidad del otro y reconocer que el poder no es posesión, sino responsabilidad. El peligro de nuestro tiempo no radica solo en la inexperiencia de ciertos líderes, sino en el culto social a la inmediatez y a la emoción, que confunde la espontaneidad con la autenticidad y la visceralidad con la virtud. El poder inmaduro no gobierna; domina; no dialoga; impone; no crea democracias; establece cultos personales. Cuando esto sucede, la libertad retrocede, llevando consigo los derechos que hacen a una nación verdaderamente humana. “¿Le confiaría Ud. una locomotora a un niño?”. (NP)
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